Quién está ejerciendo violencia en EE.UU. (y a qué candidato puede beneficiar)

A menos de dos meses de las elecciones presidenciales, Estados Unidos se halla sumergida en una espiral de protestas y violencia callejera; o al menos ésa es la sensación que transmiten los medios generalistas desde el inicio de las manifestaciones a raíz del asesinato de George Floyd, a finales de mayo. El pasado 23 de agosto dichas protestas se reavivaron cuando otro hombre afroamericano, Jacob Blake, fue asesinado por la Policía en Kenosha, Wisconsin, lugar en el que, tres días más tarde, un joven de 17 años vinculado a la extrema derecha disparó contra tres manifestantes, acabando con la vida de dos de ellos. Como no podía ser de otra forma, el asunto ha ocupado ya el epicentro de la campaña electoral, generando una pugna entre Joe Biden y Donald Trump en torno a la responsabilidad por la violencia y la forma de enmarcarla.

Saqueos, ‘Boogaloo Bois’ y ‘Antifas’: quién es quién en la violencia callejera

La primera muestra de violencia civil en torno a las protestas tiene que ver con los saqueos y el vandalismo que una minoría de participantes ha llevado a cabo en varias ciudades. Dicha violencia ha sido criticada por la propia familia de George Floyd, y condenada tanto por miembros del movimiento Black Lives Matter como por activistas por los derechos civiles como Andrew Young por considerarla inapropiada, además de contraproducente, en tanto le facilita tanto a los republicanos como a los medios la estigmatización de las protestas.

Sea como fuere, prestar una atención desmesurada a los saqueos más allá de lo sensacionalistas que puedan resultar las imágenes sólo puede ser el resultado de cierta intencionalidad política. Esto es, quien frente a unas protestas masivas que parecen resistir al paso del tiempo de forma notoria y ponen sobre la mesa políticas públicas concretas como reducir (y redistribuir) los presupuestos policiales, opta por poner el foco en vídeos de vidrieras rotas y personas robando, ha tomado una elección tan evidente como arbitraria.

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Pero hay otro tipo de violencia, no espontánea sino deliberada y a veces planeada, que es la que en estos momentos ha tomado protagonismo: la de militantes políticos (tanto derechistas como izquierdistas, aunque no necesariamente afiliados a un partido u organización) que a menudo poseen armas de fuego (y viven en un país que generalmente consiente portarlas en lugares públicos) y acuden a las manifestaciones y contra-manifestaciones con la intención o expectativa de participar en trifulcas, ya sea de forma defensiva u ofensiva.

Trump hizo hincapié en uno de estos grupos, aunque en realidad se trata más bien de una suerte de movimiento heterogéneo y descentralizado: Antifa. Pese a la intención del presidente de incluirlo en la lista de grupos terroristas (tarea difícil dado que, insistamos, no se trata de un grupo delimitable), es un movimiento que lleva a cabo acciones generalmente defensivas y de enfrentamiento contra la Policía y contra grupos ultraderechistas (que nunca han dado como resultado la muerte de nadie, si bien algunos integrantes son partidarios de la violencia, generalmente inspirados por teorías anarquistas sobre la acción directa. Con todo, el ejemplo de Michael Forest Reinoehl, quien acabó con la vida de un manifestante pro-Trump en el contexto de un enfrentamiento entre grupos y fue abatido por la Policía, muestra que, en un contexto de escalada de la violencia, ésta provenga de la izquierda está lejos de ser imposible.

De entre los grupos de extrema derecha, generalmente simpatizantes de Trump aunque a menudo desde posturas posibilistas, destacan sin duda los Boogaloo Bois. Se trata de una milicia de extrema derecha que nace en torno a principios de la década pasada en foros como 4chan, donde activistas radicales suelen fantasear con la llegada de una guerra racial (race war) y postear memes y comentarios abiertamente racistas y violentos. Su nombre viene del film Breakin 2: Electric Boogaloo, del cual sacaron sarcásticamente la proclama Civil War 2: Electric Boogaloo. Suelen llevar camisas hawaianas junto con ropaje militar y usan símbolos como unicornios con ametralladoras e iglús (por la homofonía entre boogaloo y big igloo), reproduciendo esa tensión entre entrega política genuina y (a menudo conveniente) distancia irónica que ya caracterizaba a la ya venida a menos alt-right.

Tan alarmante como la presencia de estos grupos armados en las protestas son los vínculos de algunos milicianos con la Policía (difícilmente podría ser el caso de los Boogaloo Bois, pues en principio son activistas anti-gubernamentales). Ésta, por su parte, se ha excedido en más de una ocasión de sus funciones, llevando a cabo lo que sólo puede calificarse como actos de violencia deliberada y gratuita, y en ocasiones directamente contra periodistas que cubrían las protestas. Algunos de sus representantes sindicales no han dudado en hacer público su apoyo a la postura del actual presidente.

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Es por ello que hay quien no se ha visto sorprendido al conocer los ‘flirteos’ (que no excluyen la existencia de tensiones) entre el cuerpo policial y las milicias de extrema derecha que acuden de forma amenazante a ‘vigilar’ las protestas, que en realidad llevan años siendo documentados. Las imágenes de Kyle Rittenhouse tras disparar contra tres manifestantes, aproximándose tranquilamente a un grupo de policías (que previamente le habían dado agua y habían charlado con él) mientras empuña su fusil de asalto difícilmente ayudarán a paliar la sospecha sobre estos vínculos.

Biden y Trump frente a las protestas

Ante este panorama, Trump ha elegido embarcarse de lleno en un discurso basado en ‘law and order’, un marco clásico de la derecha radical de ayer y hoy (al lector más familiarizado con la realidad española que con la estadounidense le vendrá a la mente la obsesión de Vox con señalar el aumento de la criminalidad o las okupaciones), tal y como señala Cas Mudde en su reciente The Far Right Today. Además, esto le ayuda a correr un velo sobre su nefasta gestión de la pandemia del coronavirus y la situación económica. La idea es la siguiente: existe una situación de caos y violencia y solo un líder fuerte e implacable puede resolverla; presumiblemente uno que, al contrario que sus rivales, no tenga reparos en usar mano dura. Es difícil no comparar esta posición con la estrategia de Richard Nixon en 1968, cuando se presentó como el candidato del orden (Law and Order fue, de hecho, uno de sus lemas de campaña, incluido en carteles, anuncios y pins) y de la mayoría silenciosa frente a las protestas juveniles.

Trump acusa a su rival no sólo de ser demasiado débil y senil y, por ello, incapaz de acabar con la violencia (lleva meses dedicándole apelativos denigrantes como «sleepy Joe« o «slow Joe«) sino, además, de que ésta, en última instancia, está secundadas por simpatizantes y miembros de su propio partido; el cual, según el presidente, se habría escorado radicalmente hacia la izquierda. Lo cierto es que, pese a que efectivamente los demócratas simpatizan mayoritariamente con las protestas, no lo hacen con los episodios de saqueo; y si bien hay un ala del partido que es hoy más izquierdista que hace unos años (especialmente compuesta de jóvenes blancos con estudios), la propia candidatura de Biden es síntoma de que se sigue tratando de un partido que prefiere orbitar en torno al centro, especialmente ante unas elecciones en las que es necesario atraer al votante republicano moderado desencantado con Trump.

Biden también apela al orden, pero en lugar de hacerlo desde una perspectiva ‘punitivista’ y autoritaria, opta por un discurso que subraya el civismo y la unidad de los americanos, según él corroída por culpa de Donald Trump y su afán por polarizar. El candidato demócrata prefiere presentarse como el representante del retorno a la normalidad después de la anomalía, con un discurso taimado y una estrategia de perfil bajo frente a un electorado que afirma que entregarle su voto implica en primer lugar no dárselo a Trump. No puede sorprender, por lo tanto, que su reacción frente a la violencia haya sido condenarla en cualquiera de sus formas y sin importar el bando de quienes la lleven a cabo, en contraste con el actual presidente, que defendió al ya mencionado Kyle Rittenhouse.

Resta una pregunta clave: ¿a quién benefician, en términos electorales, estas violencias? En primer lugar, habría que señalar que como tales no benefician ni perjudican a nadie, pues es en torno a los marcos y las construcciones de sentido (no a los hechos ‘crudos’) como se gana o se pierde en política. Y, en segundo lugar, hay que señalar que pese a lo que señalan algunos comentaristas liberales, temerosos de que las protestas se asocien con la izquierda y den un soplo de aire fresco a la campaña de Trump, lo cierto es que éste continúa en una situación poco favorable en los últimos sondeos en estados clave, lo cual podría indicar que jugárselo todo a la carta del law and order pudiera ser una estrategia errada; especialmente porque opinan que el Partido Republicano no va a ser más eficaz atajando los crímenes violentos (uno de los temas más importantes para los norteamericanos).

Sólo queda esperar hasta noviembre, pues pese a que el candidato demócrata está a estas alturas mejor posicionado que su predecesora Hillary Clinton, la clave estará en los estados en disputa, no en la ventaja porcentual tomada en abstracto, dados los mecanismos territorialmente desiguales del sistema electoral estadounidense.

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