Quien esté libre del virus, que tire la primera piedra

La Unión Europea afronta su segunda crisis económica sistémica en poco más de una década. Lo que en teoría veríamos cada siglo, en el peor de los casos, a nuestra generación le ha tocado vivirlo ya por partida doble. De la experiencia anterior, el europeísmo salió claramente maltrecho. Centrándonos solo en países relativamente grandes, el Reino Unido ha abandonado la Unión, Italia ha sido gobernada por una coalición populista y el resultado de las decisivas elecciones presidenciales francesas estuvo en el alero casi hasta la misma fecha de su celebración. Justa o injustamente, en el imaginario colectivo de muchas sociedades europeas, la Unión ha terminado viéndose como una parte de los problemas que padecieron, en vez de la mano amiga que ayudó generosamente en las dificultades. Por eso, esta vez no existe margen alguno para el error.

Las medidas más urgentes son las sanitarias. Es necesario dar una respuesta común y que se visualice nítidamente como tal: compartir existencias de mascarillas, respiradores, incluso personal médico y hospitales. La primera reacción europea fue, por desgracia, caótica y deficiente, con cierres unilaterales de fronteras y prohibiciones a la exportación de material. Contrastaron dolorosamente con los hábiles envíos propagandísticos de material sanitario chino. Es cierto que tales medidas fueron tomadas por los gobiernos nacionales, y que la Comisión Europea ha logrado después reconducir la situación, organizando compras y actuaciones comunes. Los enfermos de zonas fronterizas francesas han sido atendidos en Alemania y otros países. Sin embargo, en este tipo de crisis la velocidad es importante. De la misma forma que leemos un titular sensacionalista, aunque sea falso, para después raramente enterarnos del posterior desmentido en letra pequeña, cabe temer que lo bueno posterior haya quedado eclipsado en la conciencia colectiva por lo malo inicial. Los incentivos, a menudo perversos, de los medios de comunicación no ayudan: la noticia siempre es el único tren que descarrila, nunca los millones de trenes que llegan puntuales.

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El segundo bloque de políticas han de ser aquellas dirigidas a proporcionar liquidez a las familias y empresas, mientras dura la hibernación de las economías. Es aquí donde la actuación de las instituciones europeas ha sido más acertada hasta ahora. No se trata de una coincidencia, pues es precisamente en este ámbito donde existe una institución verdaderamente federal dentro de la eurozona: el Banco Central Europeo. Tras las desafortunadas declaraciones iniciales de su presidenta, las medidas han sido espectaculares y correctas. En particular destaca el nuevo programa temporal de compra de bonos públicos y privados por la pandemia, de 750.000 millones de euros. En él se eliminan los límites que obligaban a diversificar las compras entre todos los países de la eurozona, para poder así concentrarse, si es necesario, en los más vulnerables. Con el conjunto de las medidas que ha adoptado, el BCE actúa como respaldo de los masivos programas de avales y garantías emprendidos por los gobiernos nacionales, modera las primas de riesgo y proporciona liquidez a los sistemas bancarios. En términos de imagen, sin embargo, bancos centrales y asuntos monetarios existen completamente al margen de la consciencia de la inmensa mayoría de los ciudadanos. Y nadie agradece lo que no sabe que hicieron por él.

En consecuencia, el terreno de juego decisivo en esta batalla por la opinión pública y el relato va a estar en el ámbito de la política fiscal. El gasto público, los impuestos, la deuda son temas cercanos y comprensibles para todos. Por desgracia, es en este ámbito en el que el edificio de la Unión está más inacabado. Lo que se ha hecho hasta ahora ha consistido en utilizar los escasos mecanismos existentes: flexibilizar el Pacto de Estabilidad para que los gobiernos nacionales puedan sobrepasar los objetivos de déficit y reasignar algunos de los escasos recursos del minúsculo presupuesto común europeo. Si esto fuese todo, equivaldría a abandonar a cada país a su propia suerte. España, con una deuda pública cercana al 100% del PIB, probablemente sucumbiría (no digamos Italia, con un porcentaje actual del 135%).

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Teóricamente, la mejor solución consistiría en emitir eurobonos, es decir, títulos de deuda pública común, respaldados por la garantía conjunta de los diversos países. Los recursos así obtenidos podrían repartirse entre todos para hacer frente a gastos directamente relacionados con los efectos de la pandemia. Esto enviaría una fuerte señal a los mercados financieros y, no menos importante, a las familias y empresas que hoy sufren angustiados en toda Europa. Se trataría de una emisión en principio única, por una razón justificada, que afecta a todos los Estados miembros a la vez. Podría ser el precedente de futuras emisiones para otros fines, o no, pero ese debate se puede ahora mismo aplazar.

Existe una vía alternativa para hacer algo parecido, más rápida y sencilla jurídicamente, pues utilizaría una herramienta ya existente (el Mecanismo Europeo de Estabilidad), aunque alterando sus normas y su uso. El MEDE permite movilizar hoy unos 400.000 millones de euros (que podrían aumentarse). Los títulos de deuda que emite son en la práctica eurobonos, ya que disfrutan de una garantía conjunta. La dificultad reside en que, con las normas actuales, estos fondos sólo se pueden conceder a países que solicitan un rescate, porque padecen una crisis de deuda pública y se cierran los mercados a sus emisiones. La ayuda va unida a una fuerte condicionalidad, conllevando el estigma de haber tenido que pedir un rescate y aceptar ser intervenido.

En consecuencia, solucionar los problemas actuales por esta vía requeriría cierta audacia y flexibilidad. Los recursos deberían ponerse a disposición del mayor número de países (para evitar estigmas) y concederse con condiciones meramente testimoniales. No debería descartarse (aunque jurídicamente sea complicado) ir un paso más allá, permitiendo al BCE comprar esa deuda, monetizarla y aliviar así la carga de las deudas públicas nacionales.

Aunque una solución de compromiso que siga el esquema arriba bosquejado resulte posible, el Consejo Europeo celebrado el pasado jueves no permite albergar demasiadas esperanzas de que se alcance. Alemania, a veces abiertamente, más a menudo escondiéndose tras alguno de sus satélites (especialmente Holanda), se opone a avanzar por este ramal del camino. Esto resulta preocupante, porque el ramal alternativo encaminaría a la Unión Europea hacia la impopularidad, gobiernos anti europeístas en países clave, el estancamiento y tal vez la desaparición.

Alemania no debería dar por sentadas las enormes ventajas que le proporciona la existencia de la Unión Europea. En una Europa fragmentada y proteccionista, sus enormes superávit comerciales dejarían de estar garantizados. El acceso a los mercados va unido al uso de una moneda común, el euro, que no tiende a apreciarse tanto como lo habría hecho el marco alemán de haber seguido existiendo. Eso por no hablar del estatus mundial del que goza como líder de la Unión (que le pregunten a Trump) o el lavado de su pasado histórico que le proporciona. Paradójicamente, el país que desencadenó dos guerras mundiales para liderar Europa, se niega hoy a asumir el liderazgo que le corresponde y la mayoría de sus socios le imploran.Por su propio interés, ya que no por sentimientos más nobles, los países “frugales” deberían evitar sus desagradables lecciones de injustificada superioridad moral y recordar que en España e Italia viven tantos europeos como en Alemania y Holanda. ¡Tienen el mismo derecho a ser escuchados! Esta vez las sirenas de las ambulancias suenan en nuestras ventanas transportando a los muertos.

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