Réplicas del terremoto político alemán

El proyecto de Angela Merkel ha fracasado. Su objetivo era impedir una guerra de sucesión, garantizar que la transición no fuera traumática. Su carta era Annegret Kramp-Karrenbauer: un cuadro político joven, con éxitos electorales en su haber, con una impronta moderada. Algunos la llamaron la pequeña Merkel. Sin embargo, Kramp-Karrenbauer no soportó la presión y, tras el terremoto de Turingia, decidió renunciar. Su partido, la CDU, había votado junto a la ultraderecha de esa región del este de Alemania para la investidura de un líder liberal; un despropósito se mire como mire.

La renuncia de Kramp-Karrenbauer es un triunfo de los ultraderechistas de Alternative für Deutschland (AfD). Su interés nunca fue participar en la formación de Gobierno. Saben que no lo tienen permitido, al menos por ahora. Su verdadero objetivo era más sutil, más estratégico, y constaba de dos partes. La primera ponía el foco en lograr ser reconocidos como un partido del espectro conservador, es decir, lograr su legitimación. Para ello necesitaban una invitación al club, que llegó cuando liberales y democristianos decidieron participar de la jugada política para quedarse con el poder.

La segunda parte, y posiblemente la más importante, era erosionar la confianza en los partidos identificados como tradicionales. La cooperación con la ultraderecha, aunque haya sido indirecta, se convierte en un estigma difícil de borrar. Con ello, han dañado la credibilidad de esos partidos, especialmente la de la CDU. Y ése era el problema que debía solucionar Kramp-Karrenbauer; el problema que nunca pudo solucionar.

Una líder débil

El impacto en la opinión pública fue inmediato. Hubo manifestaciones en diversas ciudades, los titulares de los periódicos fueron lapidarios y las marchas y contramarchas de los dirigentes democristianos y liberales no hicieron más que aumentar el descontento. Según las mediciones del instituto alemán Infratest dimap, más del 60% de los alemanes se alegraron con la renuncia del fugaz Ministerpräsident (gobernador) liberal. Sólo el 24% lo consideró un error. Sin embargo, la dimisión no fue suficiente y el descontento al interior de la CDU parecía no aplacarse. Al contrario, aumentó cuando Merkel, apenas llegada de Sudáfrica, le pidió la renuncia a un secretario de Estado por haber felicitado al líder liberal vía Twitter.

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La iniciativa de la canciller contrastaba con la indecisión de Kramp-Karrenbauer. Ella quedó atrapada en la confusión general. Primero, exigió nuevas elecciones; luego viajó a Erfurt, capital de la región y epicentro del terremoto, habló con sus colegas de la CDU-Thüringen y regresó con otra idea: tal vez era mejor volver a elegir a un Ministerpräsident

El mensaje no era claro y la respuesta fue contundente: ninguno de los vicepresidentes del partido salió a respaldarla. La dejaron sola. Las columnas y editoriales de los periódicos más importantes destacando sus carencias para el liderazgo fueron un vaticinio. Sus horas al frente del partido estaban contadas.

La doble grieta

El fracaso de Kramp-Karrenbauer es también el de Merkel. Y la primera consecuencia de ello es la cristalización de una grieta en su partido. La Unión Demócrata Cristiana (CDU) está dividida. Y nadie lo puede negar. 

No se trata sólo de diferencias ideológicas internas, como las que siempre han existido entre el ala más social y el ala más conservadora. Se trata de una grieta más compleja que tiene dos rasgos fundamentales: el primero está relacionado con el rechazo a Merkel. Hasta hace muy pocos años, la figura de la canciller era intocable. Apenas un puñado de diputados díscolos, indignados por la política de rescate financiero, se atrevía a insinuar algunas críticas en voz baja. Ese grupo creció cuando, en 2015, la llegada de cerca de un millón de refugiados dio un espaldarazo crucial a una ultraderecha que estaba en declive. Allí se comenzó a consolidar un sector conservador muy reacio a la canciller dentro de la CDU.

Pero, además, existe otra fisura aún más profunda: el este y el oeste. Pese a los 30 años que han pasado desde la reunificación alemana, la diferencias siguen presentes. En las últimas elecciones regionales del este, más de dos tercios de la población manifestaban sentirse “alemanes de segunda clase”. Alemania oriental se siente olvidada por la política de Berlín. Y esa decepción no tiene que ver con la mera cuestión económica, que evidentemente es mucho mejor que durante la dictadura de la RDA. El problema es que no es tenida en cuenta.

Ilko-Sascha Kowalczuk, en su libro ‘Die Übernahme’ (2019, C H Beck), explica que sólo uno de cada 10 jueces en Alemania proviene del este, y en las administraciones públicas de esa región apenas una cuarta parte de los funcionarios nació allí. Basta con observar la conformación del Gabinete actual: sólo una ministra del este; sin contar a Merkel, que en realidad nació en Hamburgo. 

Esa fisura se replica en la política. Las organizaciones regionales de la CDU poseen altos contingentes de dirigentes y militantes descontentos con el Gobierno de Merkel. Muchos simpatizan con AfD. Algunos lo dicen; otros, la mayoría, prefieren callar. El caso de la CDU Thüringen votando con la ultraderecha es un síntoma. Y la negativa a obedecer las exigencias de Berlín, apenas un correlato. 

¿Quién puede suceder a Merkel?

La grieta en la CDU se reflejará en la competencia por el puesto de Kramp-Karrenbauer. Ha anunciado que pretende resolver la cuestión el próximo verano y, con ella, la candidatura a canciller para el año próximo. En otras palabras, quien se imponga en esta interna tiene grandes chances de ser el sucesor de Angela Merkel.

El candidato cantado es Friedrich Merz, quien fuera derrotado por la propia Kramp-Karrenbauer hace poco más de un año por apenas dos puntos de diferencia. Ésa es precisamente su fortaleza ya que, en teoría, cuenta ya con casi la mitad de los delegados. Merz es un representante del pensamiento neoliberal. Fue presidente de la Junta Directiva de Blackrock, lugar al que llegó después de abandonar la política a inicios de los 2000, tras una pelea con la propia Merkel. Su falta de carisma ya lo ha hecho trastabillar varias veces en sus intervenciones públicas, algo que puede jugar en su contra; especialmente si debe competir contra alguien como Armin Laschet.

Laschet, Ministerpräsident de Nordrhein-Westfallen (NRW) y segundo en discordia, sería el candidato de la continuidad, aunque al mismo tiempo trae su propia impronta. Su carisma frente a las cámaras y su trato con el periodismo es un gran punto a favor. Además, se ha presentado como un conciliador cuando la CDU tuvo otros momentos de discusión interna. Por otra parte, cuenta en su haber con un gran triunfo electoral frente a los socialdemócratas. Con él recuperó NRW y demostró sus capacidades para ganar elecciones, algo que también le falta a Merz. Un último elemento interesante es que, en sus tiempos de diputado, ha tenido contacto con representantes del partido verde, algo que en el contexto actual puede ser de gran valor. Las encuestas indican que el partido verde y la CDU están en condiciones de formar Gobierno con mayoría absoluta.

El tercer candidato es alguien que no perteneces a la CDU, sino a su partido hermano, la Unión Social Cristiana de Baviera. Se trata del conservador Markus Söder, Ministerpräsident de Baviera. Söder logró en 2018 un triunfo electoral en su región, pero sufriendo una fuerte merma de más de 10 puntos. Tanto verdes como ultraderechistas se beneficiaron de su errónea estrategia electoral: pensaba que, endureciendo el discurso, se blindaría frente a AfD. Sucedió todo lo contrario, fortaleció la agenda ultraderechista y defraudó a sus votantes más moderados.

Hoy ha adoptado un discurso más conciliador y mesurado. Ya no habla contra el Islam, sino que incorpora temas ambientalistas. En la carrera por ser el candidato de la centro-derecha tiene la ventaja de ser un outsider. Podría ser justamente quien, por venir de fuera, sea capaz de reducir la polarización.

Resta esperar el movimiento de Merkel. La canciller puede optar por su vieja táctica de esperar hasta el último momento antes de posicionarse. Aunque tal vez no sea la táctica idónea en un momento de tanta incertidumbre política. Lo que queda claro es que ninguno de estos tres hombres eran parte aquel plan inicial de Merkel. Lo que no sabemos es si desde un principio la canciller tenía un plan B. ¿Y si ese ‘plan B’ es la propia Merkel? No sería completamente descartable.

Autoría

1 Comentario

  1. Pepe
    Pepe 02-10-2020

    Felicidades por el análisis. Son estas páginas las que hacen la diferencia en un periódico, en la época de internet en la cual la noticia no dura más de cinco horas.

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