Se busca líder de la derecha

Con las elecciones andaluzas que se celebrarán el 2 de diciembre se abre un ciclo electoral que probablemente cerrará el período de transformación de la política española vivido en el último lustro. Cerrar no significa recuperar la estabilidad ni que el escenario político no siga cambiando. Pero tras estos cinco años, estamos en disposición de comprender mejor adónde nos ha llevado el trepidante tsunami que se produjo en 2013-2014. Se clarifica el escenario. Qué ha cambiado y qué consecuencias nos ha traído para la representación de los ciudadanos y para la gobernación de las políticas públicas. Es cierto que quedan algunas incógnitas pendientes: eso es lo que aclararán las urnas andaluzas.

Ahora se observa mejor lo que ha cambiado: una representación más plural de partidos en todos los niveles, lo que ha conllevado mayor fragmentación de los parlamentos y también más polarización. Ahora ya ningún partido busca la mayoría absoluta (sólo resiste la de Galicia), pero tampoco trata de no asustar a los votantes más alejados. Si antes la denostada política de las estrategias catch-all consistía en tratar de no ofender a casi ningún votante, hoy se aseguran muchos puntos entre los votantes propios mediante la ofensa o el desdén a todos los demás. Esa polarización tan elevada desincentiva los intentos de tejer alianzas entre adversarios ideológicos.

Y eso nos evidencia lo que no ha cambiado: la política parlamentaria del Congreso sigue estructurada en torno a los bloques de izquierda y derecha, con escasas variaciones, donde la mayoría la acaban decantando los partidos de los nacionalismos periféricos vasco y catalán, este último ahora mutado en independentismo. Así, en la izquierda la contribución de Podemos ha acabado consistiendo en recuperar del riesgo de la anti-política a algunos millones de ciudadanos que se habían desconectado del PSOE, sin que ello haya sido suficiente para remplazarlo como partido principal. Es cierto que esa división hizo peligrar la capacidad de la izquierda para recuperar el Gobierno central (aunque eso no fue un obstáculo para el PSOE volviera a numerosos gobiernos autonómicos). Pero el cisne negro de la moción de censura y, muy particularmente, del error de Rajoy en la gestión de ese momento devolvieron a la izquierda la iniciativa y el poder. Un poder más frágil, pero igualmente efectivo.

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Desde esta perspectiva, la gran novedad política de este período de cambio (aparte de la mutación independentista del nacionalismo catalán) ha sido la fragmentación parlamentaria del espacio político de la derecha, aunque con un desenlace aún por resolver. Y ésa es la incógnita que las elecciones andaluzas comenzarán a esclarecer: ¿será Ciudadanos capaz de conseguir aquello que Podemos no pudo obtener, el sorpasso electoral, y con ello avanzar hacia el predominio en el bloque de la derecha?

Una de las imágenes más recurridas en los últimos años se ha referido a la derechización de Ciudadanos. En ese sentido, los últimos sondeos dibujan una inusual deriva de la percepción que los electores tienen de esta formación hacia posiciones escoradas claramente a la derecha. Lluís Orriols matizó esa deriva, que se da principalmente entre aquellos que no piensan votarles. ¿Hasta qué punto ha habido esa derechización y qué implicaciones tiene eso para el futuro del espacio político de la derecha en España?

Aunque Ciudadanos se crea con algunos mimbres del centro-izquierda catalán, como ya se ha explicado en otras partes, sus opciones para convertirse en un partido importante en la arena española difícilmente provenían de los votantes de izquierda. Tanto la elevada aversión de sus seguidores a entenderse con Podemos como su posición hipercrítica con la evolución de la descentralización autonómica (incluso entre sus ex votantes del PSOE) sugerían, más que su programa político, una orientación ideológica concreta.

De hecho, su contraejemplo siempre debió de ser UPyD: un partido que reivindicaba el centro, con una oferta programática no muy distinta de Ciudadanos, aunque basó su ascenso en un importante amasijo de votantes de izquierda desencantados. No obstante, cuando vino el tsunami esa base electoral demostró ser muy volátil y nada fiel, debido a la elevada competencia que tienen los votos en el centro-izquierda.

En cambio, Ciudadanos (que en Cataluña ha venido recogiendo votos por igual del PP, del PSC y de otras formaciones) saltó a la arena española en 2014 provocando un boquete en el impenetrable electorado de centro-derecha del PP. Se ha hablado tanto de la gesta de Podemos que se aprecia menos el acierto de Ciudadanos en ese aspecto. ¿Hasta qué punto esta evolución sesgada hacia el centro-derecha fue planificada por sus dirigentes o forzada por el tipo de votantes atraídos inicialmente? Es difícil responder aún pero, en cualquier caso, Ciudadanos descubrió pronto fuertes incentivos para competir prioritariamente con el PP. De entrada, debía evitar la ‘tragedia de los partidos de centro’, que ya comentamos en un texto anterior: para evitar sucumbir a la vulnerabilidad del centro cuando baja la polarización, Ciudadanos debía anclarse con fuerza en el centro-derecha, allí donde el PP estaba sufriendo mayor pérdida de legitimidad debido a sus problemas de corrupción, su desgaste de gobierno y su gestión de la cuestión catalana. Desde finales de 2016, ésa es una estrategia clara del partido que ratifica en su congreso de enero de 2017, con la retirada de su definición socialdemócrata.

La evolución posterior en las encuestas confirma el acierto de esa estrategia: Ciudadanos ha subido a costa del PP en los espacios del centro-derecha, como se observa en los gráficos adjuntos. En ellos se compara la intención de voto en cada una de las posiciones del eje ideológico en tres puntos del tiempo: tras las elecciones generales, antes de la moción de censura de 2018 y después de esa moción. Con ello se constata que Ciudadanos se ha hecho con buena parte del votante de centro que se disputaba con el PP, especialmente en la posición más nítida de centro-derecha (6), en la que Ciudadanos se afianza a medida que pasa el tiempo.

Ocupación del PP y de Ciudadanos los espacios ideológicos en julio de 2016 (arriba), de abril de 2018 (centro) y de septiembre de 2018 (abajo)

Sin embargo, la inesperada llegada de Pedro Sánchez al Gobierno ha puesto en evidencia el coste de esa estrategia: desde abril a septiembre de 2018, Ciudadanos ha perdido más de 10 puntos de intención de voto entre los electores de centro (posición 5), donde el PSOE se recupera hasta casi empatarle, después de 10 años perdiendo progresivamente el apoyo electoral de esos electores moderados. Un reflejo de ese coste es también la percepción de derechización mencionada, aunque ese cambio en la imagen se dio sobre todo en los primeros meses de expansión del partido, cuando muchos electores no sabían ubicarlo en el eje ideológico.

¿Qué podrán decirnos las elecciones andaluzas sobre la evolución de esa competición entre PP y Ciudadanos? De entrada, aclararán si se confirman las expectativas de ‘sorpasso’ en la derecha que ya se ha dado en Cataluña. De producirse, el salto podría propagarse a otras regiones donde Ciudadanos lleva meses reforzando su organización territorial, consciente que la absorción electoral de parte del PP debe sostenerse sobre una absorción organizativa del partido. Así, a lo largo de 2018 se ha venido produciendo un reguero de noticias locales sobre cuadros y representantes del PP que se han pasado a la formación ‘naranja’.

¿Hasta qué punto se trata de casos testimoniales? Es muy difícil recoger datos que permitan responder a ello, pero he tratado de fabricar un índice de ‘sorpasso’ organizativo, impresionista pero ilustrativo mientras no haya nada mejor, basado en la relación entre el número de afiliados que pagan cuota de Ciudadanos y el número de inscritos a las primarias del PP de julio pasado. Su fiabilidad depende de la que tengan los datos ofrecidos por los partidos. Como se observa, hay comunidades donde el sorpasso parece conseguido (particularmente Cataluña, ya que Navarra y País Vasco reflejan más bien la debilidad social de ambas organizaciones), frente a otras donde el PP sigue teniendo unas bases mucho más sólidas (Galicia, ambas Castillas y las zonas cantábricas). En medio, algunas regiones ofrecen muy buenas expectativas para los naranjas, como Madrid, Murcia, Aragón o Andalucía.

‘Sorpasso’ organizativo estimado Ciudadanos vs PP

Esta distribución geográfica sugiere una visión más matizada de lo que puede suceder tras las elecciones andaluzas, especialmente en el caso de sorpasso: no tanto una debacle general del PP, sino la posibilidad de una fractura territorial del espacio electoral de la derecha. Que el PP resista en sus feudos más cuidados y pierda ante Ciudadanos aquéllos donde se encuentra más débil; no por casualidad los territorios más urbanizados y poblados.

La otra incógnita, que también empezará a visualizarse en Andalucía, será la esterilidad para la derecha de esas victorias en términos gubernamentales. Al igual que le podría haber sucedido al PSOE (aunque al final eso solo ocurrió a nivel municipal), el PP pudiera enfrentarse al dilema de favorecer una alternancia con gobierno de Ciudadanos o dejar que sea la izquierda quien, en su defecto, se haga con el poder. Lo segundo podría debilitarle aún más, pero lo primero puede matarle.

Por su parte, esta competencia restaría todos los incentivos a Ciudadanos para cooperar parlamentariamente con el PSOE. Una vez que dejó de aspirar en 2016 a ser partido bisagra y optó por ser el partido mayor de la derecha, sus opciones de coaliciones con un programa socialdemócrata se hicieron inviables, a pesar de que los numerosísimos aspectos que Ciudadanos y PSOE comparten.

Si las elecciones andaluzas confirman este escenario, las implicaciones para el próximo ciclo electoral serán muy significativas, y ya podemos intuirlas. Si la división de la izquierda permitió a Rajoy mantenerse en el poder durante dos años más, la posible división electoral y territorial de la derecha que pudiera derivarse de este ciclo podría favorecer a Pedro Sánchez (y a Susana Díaz) mantener el Ejecutivo a pesar de la debilidad electoral socialista. De la frustración que ello pudiera acarrear entre diversos grupos de electores surge la verdadera amenaza de un caldo de cultivo para la anti-política: no hay que olvidar que, mientras otros indicadores han mejorado sustancialmente en los últimos meses, especialmente tras la llegada de Sánchez a la Presidencia, persiste una elevada percepción de los partidos y los políticos como problema, para cada casi uno de cada tres ciudadanos. Una derecha dividida e impotente podría favorecer el voto estatégico a favor de PP o de Ciudadanos, o bien podría convertirse en fuente de voto gamberro a favor de una opción políticamente incorrecta.

De todo ello se deducirían dos consecuencias para la gobernación de los próximos años. Por un lado, el papel del independentismo catalán seguirá siendo decisivo para la conformación de mayorías parlamentarias en el Congreso. Una fuente, sin duda, de incentivos para que todos los actores implicados traten de volver a posiciones pragmáticas y de entendimiento, al menos bajo la mesa. Y por otro, los gobiernos, y sus presidentes, tendrán razones de sobra para utilizar los recursos a su alcance para que la precariedad parlamentaria no ahogue la eficacia en la acción del gobierno. En ese contexto, el recurso al decreto-ley, la apelación directa del presidente a los ciudadanos como política de comunicación y la subordinación del partido gobernante (y de su grupo parlamentario) al Gobierno serán pautas comunes de la política estatal y en muchas autonomías. Sería una paradoja fenomenal que, al final de este período de cambio de la política española, los nuevos partidos hubieran contribuido a debilitar aún más la acción del Parlamento y a reforzar con ello la inercia de los gobiernos a ir por libre.

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