¿Se puede revertir la muy baja fecundidad en España?

España, con un nivel de fecundidad en torno a 1,3 hijos por mujer desde 2011, se sitúa entre los países con una fecundidad más baja, tanto en Europa como en el contexto mundial. Aunque la tasa de fecundidad experimentó un modesto ascenso a principios de este siglo, que se vio truncado con la llegada de la crisis económica, ya lleva tres décadas por debajo de 1,5 hijos por mujer. Si observamos la descendencia final de las mujeres que han completado su etapa reproductiva, constatamos que el descenso de la fecundidad ha sido también muy pronunciado desde una perspectiva generacional. Mientras que las mujeres que nacieron en 1935 tuvieron una media de 2,7 hijos a lo largo de su vida, las nacidas en 1970 han tenido 1,5 hijos. El 24% de estas mujeres ha tenido un solo hijo y casi una de cada cuatro no ha tenido hijos.

Si bien el envejecimiento de la población es inevitable e irreversible en las sociedades avanzadas, la persistencia de una muy baja fecundidad acelera este proceso en la población española –cada vez más longeva–, y supone un reto importante para nuestro Estado de bienestar, estructurado sobre la base de la solidaridad intergeneracional. Asimismo, nos revela un déficit de bienestar individual y colectivo. España se encuentra entre los países que registran una mayor distancia entre el promedio de hijos que se tienen (1,3) y el promedio de hijos que se desean (2,1). Esta brecha apunta a la existencia de una serie de barreras en la sociedad que frustran las aspiraciones reproductivas de muchas personas. Los datos de encuesta revelan que el 93% de los individuos entre 25-34 años considera que la principal razón por la que se tienen pocos hijos en España es la falta de medios económicos.

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El descenso de la fecundidad guarda una estrecha relación con el retraso progresivo del nacimiento del primer hijo. En el periodo 1980-2017, la edad media a la hora de tener el primer hijo ha aumentado de 25 a 30,9 años entre las mujeres y de 30,1 a 34,2 años entre los hombres. La edad en la que se concentran más nacimientos se sitúa entre los 32-34 años y los nacimientos entre las mujeres de 35 o más años representan el 30% del total (47% en el caso de los hombres). La proporción de primeros nacimientos de las madres “tardías” (40+) ha pasado de 0,9% en 1996 a 6,6% en 2016 (17% en el caso de los hombres). Un rasgo distintivo de la tardía maternidad en España es que se ha generalizado a todos los estratos sociales, no sólo a las mujeres con un mayor nivel educativo y un mayor potencial de ingresos.

El retraso reproductivo tiene importantes consecuencias. En primer lugar, la postergación de las decisiones reproductivas por encima de ciertas edades conlleva un riesgo de infecundidad biológica. El 8,6% de los niños nacidos en España lo hacen ya con ayuda de técnicas de reproducción asistida. No obstante, estas técnicas tienen sus limitaciones y sus probabilidades de éxito también disminuyen con la edad.

En segundo lugar, el aplazamiento de las decisiones reproductivas puede desembocar en la decisión consciente y voluntaria de seguir llevando a cabo un proyecto vital sin hijos. Con todo, se estima que las mujeres españolas que deciden de forma consciente, meditada y definitiva no tener ningún hijo no supera el 5%.

En tercer lugar, disminuye el número total de hijos de los individuos que sí los tienen, ya que se reduce el tiempo disponible para tener segundos o terceros hijos. De hecho, la baja fecundidad española está muy asociada a la difícil transición al segundo hijo. Esto contrasta con lo que sucede en países como Francia, Holanda o Suecia, que presentan edades similares de entrada a la maternidad –en torno a los 30 años– y, sin embargo, compensan este retraso con una progresión más rápida a nacimientos de orden superior.

¿Qué factores socioeconómicos, institucionales y culturales subyacen a este escenario  de muy baja fecundidad? Empezamos destacando la expansión educativa y el “sorpasso” educativo femenino. Menos del 5% de las mujeres nacidas a finales de los años treinta tuvieron acceso a la educación universitaria. Hoy en día, el porcentaje de mujeres de 30-34 años con estudios superiores es de 46,6%, superando a los hombres en más de 13 puntos porcentuales. Por un lado, la rápida expansión de la educación universitaria entre las mujeres ha elevado el coste de oportunidad de las interrupciones en la carrera profesional derivadas de la maternidad. Por otro, ha dificultado la formación de pareja, modificando las pautas tradicionales de homogamia educativa.

El progreso en la educación de las mujeres ha ido acompañado de su incorporación al mercado laboral. En la actualidad, la participación laboral de las mujeres adultas jóvenes es similar a la de sus coetáneas en el centro y norte de Europa. El modelo familiar del “varón sustentador” ha dejado de ser el patrón mayoritario y está siendo sustituido a un ritmo rápido por el modelo de “doble sueldo”. Ahora bien, la investigación empírica demuestra que la creciente participación laboral de la mujer no tiene por qué conducir necesariamente a una fecundidad muy baja. En contextos institucionales y sociales que facilitan la conciliación de la vida laboral y familiar, tanto el nivel de estudios como la participación laboral de la mujer se asocian incluso con una mayor fecundidad.

Sin embargo, la inestabilidad laboral y las dificultades de conciliación en España sitúan muchas veces a los adultos jóvenes, y sobre todo a las mujeres, ante el dilema de apostar por una carrera profesional de calidad o formar y disfrutar de una familia. Destacan los altos niveles de desempleo y temporalidad de los contratos. Por ejemplo, el porcentaje de empleados con un contrato temporal asciende al 39% de los hombres y al 40% de las mujeres de 25-34 años, precisamente el tramo de edad donde se suelen tomar las decisiones reproductivas. Otros obstáculos son las largas jornadas laborales y el desajuste entre los horarios laborales y los escolares. Casi la mitad de los progenitores empleados tienen turnos partidos con largas pausas para comer, y sólo una minoría declara tener control sobre sus horarios de trabajo.

Las mujeres trabajadoras se enfrentan, además, a otro obstáculo que inhibe la procreación en nuestro país: la desigualdad de género en el ámbito familiar. Las mujeres ocupadas con hijos dedican 37,5 horas semanalmente –16,7 horas más que ellos– al trabajo no remunerado, una cifra incluso superior a la del número de horas dedicadas al trabajo remunerado. Una abundante literatura científica muestra que la (des)igualdad de género en el reparto del trabajo doméstico y de cuidado de hijos tiene una influencia importante en las decisiones reproductivas.

Volvamos ahora a la pregunta que nos planteábamos al inicio: ¿se puede revertir la muy baja fecundidad en España? Siendo realistas, no es previsible que nuestro país remonte el umbral del reemplazo generacional a medio o largo plazo. Ahora bien, con una mejora del nivel de empleo y de la estabilidad laboral, con los apoyos institucionales necesarios para conciliar trabajo-familia y una mayor “desfamilización” del cuidado, sí debería ser posible pasar de un nivel de fecundidad muy bajo a otro moderadamente bajo, y reducir así la brecha entre la fecundidad deseada y la alcanzada. Mientras que las preferencias reproductivas se mantengan en torno a los dos hijos, sigue habiendo margen para aumentar la fecundidad en nuestro país. Pero esta ventana de oportunidad no tiene por qué durar indefinidamente.

Aunque no hay “recetas mágicas” para incentivar la fecundidad, sí podemos aprender de la experiencia de otros países de nuestro entorno. Encontramos una fecundidad más alta en aquellos países que han desarrollado políticas sociales enfocadas a facilitar la emancipación de los jóvenes, así como a redistribuir la responsabilidad de la crianza entre las familias y el Estado, y equitativamente entre ambos progenitores, a través de permisos de paternidad, un sistema de educación infantil universal y medidas eficaces de conciliación y de corresponsabilidad en los cuidados.

En este sentido, abogamos por una reorientación de las políticas públicas en nuestro país para redistribuir de forma más equitativa la responsabilidad pública y privada de la crianza de los hijos. Es necesario avanzar en las políticas de conciliación de la vida laboral, familiar y personal, evitando dirigirlas sólo a las mujeres e incorporando plenamente a los hombres. El reto es aunar la conciliación a la corresponsabilidad, y para ello es necesaria una organización más flexible del tiempo de trabajo. Hay que incidir en la importancia de que el permiso de paternidad sea de igual duración que el de la madre, intransferible y remunerado plenamente para establecer patrones de parentalidad compartida desde el inicio y promover la corresponsabilidad. Una vez finalizados los permisos de maternidad y paternidad, las familias deberían tener garantizado el acceso a una escuela de educación infantil de calidad, asequible económicamente y que garantice la igualdad de oportunidades a todos los niños y niñas. Mientras que a partir de los 3 años la escolarización es prácticamente universal, sólo el 34,8% de los niños y niñas de 0-3 años asiste a un centro de educación infantil.

No existe ningún indicio de que la muy baja fecundidad española deba interpretarse como un rechazo a la maternidad y la paternidad o una menor valoración de la infancia. De hecho, la crianza de los hijos nunca ha implicado tanta inversión en tiempo, dinero y afecto. Para aumentar la fecundidad, es esencial reconocer que los niños no sólo son un bien para los padres sino también para la sociedad, y por tanto hay que abordar su cuidado y bienestar como una responsabilidad colectiva. Aunque la decisión de tener hijos se toma a nivel individual o de pareja, las políticas sociales pueden y deben facilitar que las personas puedan hacer realidad sus preferencias reproductivas, redistribuir los costes de tener y criar hijos, y minimizar la inseguridad económica de las familias con hijos. Una sociedad avanzada que piense en su futuro y sostenibilidad debería considerar los recursos movilizados para este fin no como un gasto, sino como una inversión de futuro, el nuestro y el de nuestros hijos.

Esta artículo es un resumen del capítulo “El desafío de la baja fecundidad en España” publicado en el INFORME España 2018 / Cátedra José María Martín Patino de la Cultura del Encuentro, gracias a la colaboración de las autoras en el marco del proyecto del Plan Nacional de I+D+i Lowest-Low and Latest-Late Fertility in Spain: Here to Stay? [CSO2017-89397-R]. Se puede acceder a los contenidos completos del Informe desde aquí.

Autoría

1 Comentario

  1. Rosa
    Rosa 02-11-2019

    Muy interesante

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