¿Se puede ser un buen presidente y no salir nunca del país?

El activo más importante de un presidente es el tiempo. A su vez, el resurgimiento en todo el mundo de políticas exteriores aislacionistas suscita el interrogante de si los gobiernos que se concentran y dedican su tiempo a los asuntos domésticos pierden o dejan pasar oportunidades en el exterior.

Tomando el caso de las tres mayores economías de América Latina, la importancia que sus presidentes le han asignado a los viajes internacionales ha variado a lo largo del tiempo. Si vemos cuántos días han transcurrido desde la asunción presidencial hasta el primer viaje al exterior de los máximos responsables de Argentina, Brasil y México, podemos observar que los mandatarios han tardado entre dos (Temer) y 491 días (Carlos Salinas de Gortari) en realizar su primera visita oficial al exterior.

Asimismo, el tiempo que los presidentes han dedicado a viajes internacionales ha variado de Gobierno a Gobierno. Por ejemplo, en el caso argentino, Cristina Fernández de Kirchner pasó durante su segundo mandato un total de 153 días en el extranjero, mientras que Mauricio Macri estuvo 98 días fuera del país. Además, la distribución de los destinos ha sido diferente. Actualizando los datos de Andrés Malamud y Octavio Amorim Neto, durante los dos mandatos mencionados, ambos hicieron hincapié en países y regiones distintos: la primera apostó por los países latinoamericanos, mientras el segundo estrechó lazos con Europa y Asia.

Durante su última campaña, el presidente mexicano Andrés Manuel López Obrador (AMLO) declaró que preferiría realizar viajes domésticos antes que al extranjero, ya que para él “la mejor política exterior es la interior”. Al finalizar la primera parte de su mandato, casi 450 días después de asumir la Presidencia, López Obrador todavía no ha salido de México.

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Las diferencias que hay entre los presidentes sobre el momento en que se realizan los primeros viajes y los días dedicados a la diplomacia nos llevan a preguntarnos: ¿es posible ser un buen presidente y no hacer viajes oficiales al exterior? Para poder contestar esta pregunta, es necesario, primero, preguntarnos qué sería ser un buen presidente, entender qué pueden aportar estas visitas de Estado y señalar las alternativas a esta política.

Ser un buen presidente puede significar varias cosas: mantenerse en el poder, en el sentido de terminar exitosamente el mandato; lograr la reelección (en los países que la permiten); generar crecimiento económico, o mayores niveles de vida para su población. Dependiendo de cómo juzguemos su desempeño, los viajes al extranjero pueden, o no, afectar a su calidad: ¿realizarlos permite aumentar su popularidad? ¿Se abren oportunidades comerciales y de inversión al realizar viajes al exterior? ¿Cuál es el impacto de éstos en los estándares de vida de la población?

Cuando un presidente sale del país está cumpliendo con compromisos asumidos por éste (asistencia a conferencias internacionales de líderes de Estado) o buscando nuevas oportunidades comerciales o políticas con otros países. En el primer caso, los viajes presidenciales no parecieran estar vinculados al éxito del presidente discutido previamente. Sin embargo, Andrés Malamud ha mostrado cómo en América Latina la diplomacia presidencial (cumbres políticas entre jefes de Estado) ha sido central para mantener proyectos de integración económica como el Mercosur. Estos proyectos, a su vez, pueden ser claves para la inserción económica internacional de un país y para generar mayores estándares de vida de los ciudadanos. Por otro lado, también pareciera haber indicios de que potencian la popularidad del presidente.

En el segundo caso, los viajes presidenciales pueden generar nuevas oportunidades comerciales o de inversión a partir de negociaciones con otros líderes y encuentros con potenciales inversores en el extranjero. Esto, a su vez, pudiere traer mejoras significativas en el nivel de vida de la población.

Así las cosas, pareciera que los viajes oficiales son una herramienta atractiva para el éxito presidencial. Pero, dado que el tiempo de un presidente es valioso, es necesario que nos preguntemos si estos beneficios pueden o no obtenerse por otros medios. Por ejemplo, ¿es necesario que el presidente viaje al exterior para conseguir apoyos políticos o acuerdos económicos, o este rol puede desempeñarlo el canciller, un ministro dedicado a tiempo completo a los asuntos internacionales? 

En septiembre del año pasado, AMLO afirmó que tiene «toda la confianza» en su secretario de Relaciones Exteriores y que se siente “muy bien representado” por él, por lo que no siente la “necesidad de ir a los organismos internacionales o a otros países”.

La confianza en emisarios es fundamental para el desarrollo de los asuntos exteriores. Sin embargo, la que genera negociar un acuerdo con un emisario no es la misma que la que se deriva de conversaciones con la persona que tiene la última palabra en las decisiones políticas en un país. Si bien estos contactos se pueden realizar telefónicamente, la empatía entre líderes es generada por encuentros personales. Todd Hall, profesor de la Universidad de Oxford, ha analizado cómo los encuentros entre presidentes han permitido, a lo largo de la historia, generar simpatía, confianza, así como reducir los riesgos de conflicto; lo que, a su vez, ha incrementado las oportunidades comerciales y de inversión. 

El análisis anterior no debe ignorar que la decisión de un presidente de realizar viajes oficiales también está condicionada por factores domésticos. Ian Ostrander y Toby Rider han mostrado cómo los presidentes estadounidenses viajan con mucha menor frecuencia al comienzo de sus mandatos, centrándose más en cuestiones internas.

Lo que sí queda claro es que los viajes al exterior ofrecen oportunidades tanto para el presidente como para la sociedad a la cual representa. Sin embargo, no solamente es relevante viajar, sino adónde, y encontrar un buen balance entre el tiempo dedicado a los asuntos domésticos y los externos. En otras palabras, la posibilidad de delegación permite a los presidentes un equilibrio entre ambas políticas, pero los beneficios que la confianza y la simpatía entre líderes generada por encuentros personales no pueden ser delegados. Además, los viajes al exterior son beneficiosos en tanto la asignación de destinos sea estratégica.

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