Ser pobre…

…es una mirada. Una mirada de quien se mira pobre, y de quien mira a otra persona como pobre.

Partiendo de esa idea, en Ser Pobre (La Huerta Grande), Borja Monreal nos invita a cambiar la forma de aproximarse a la pobreza. Hace unos días presentaba el libro ante una audiencia al principio incrédula y finalmente entregada. Borja comenzó hablando del lenguaje. De cómo la definición de lo que es la pobreza no es inocente. ¿Es el umbral de 1,9 dólares lo que separa realmente a un pobre del que no lo es? Según el Banco Mundial, en 2015 había 736 millones de personas bajo el umbral de la pobreza, y la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) calculaba que ese mismo año 793 millones de personas no tenían suficiente comida para llevar una vida sana y activa. ¿Qué sucede con esos 57 millones de personas de de diferencia? ¿Son pobres o no? ¿Cómo puede ser que, según las estadísticas oficiales, haya personas no pobres que, sin embargo, también de acuerdo con datos oficiales, padezcan hambre?

Si las definiciones determinan la realidad, y si el ser pobre es verse como tal, la lucha contra la pobreza ha de empezar por el lenguaje. Hay que huir de definiciones y teorías que cosifiquen al pobre, que lo conviertan en el otro. Eso es, creo, lo que pretende Borja con este libro.

Entretejiendo historias de personas que se ha encontrado por el mundo, con análisis sobre la pobreza que ha leído y pensado, Borja ofrece algunas claves para redefinir y repensar la pobreza. En su libro nos lleva desde la casa de Rubén, un guajiro de la provincia de Pinar del Río, hasta el barrio de Boa Vista en Luanda pasando por otros lugares del mundo, principalmente africano. Las historias de esas mujeres y hombres, algunos que se definen como pobres sin serlo y otros que no lo hacen pudiendo serlo, dan pie a algunas reflexiones críticas sobre los trabajos de gurús de la economía del desarrollo como Jeffrey Sachs o William Easterly.

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Al leer críticamente a estos autores, Borja deconstruye la pobreza en sus dos elementos constitutivos: la escasez y la precariedad. La escasez limita la capacidad, demasiado ignorada por los análisis mayoritarios de la pobreza, de tomar decisiones racionales. Sin entender cómo el estrés provocado por escasez empuja a una visión de túnel, todas las teorías sobre las decisiones de los pobres se desmoronan como frágiles castillos de naipes. Muchos de nosotros, cuando vamos con prisa tomamos decisiones sin tener en cuenta el coste-beneficio de nuestras acciones, que pueden acabar en una fatalidad si, por ejemplo, nos saltamos un semáforo en rojo. Una decisión totalmente irracional sólo para no llegar cinco minutos tarde a una reunión. Si somos capaces de tal locura, cómo no evaluar con otros parámetros las decisiones de aquéllos que toman las decisiones bajo el estrés de no saber si podrán alimentar mañana a sus hijo.

La escasez no es sólo estresante, sino también muy demandante, recuerda el libro con las palabras del pintor Willem de Kooning: «El problema de ser pobre es que te ocupa todo el tiempo». Apunta, sin nombrarlo, a aquella reflexión tan gráfica de Roger Senserrich al hablar de uno de sus encuentros con una mujer en New Haven:

«Ser pobre, me contó, es no poder hacer nada, nada en absoluto; es no poder ir a comer fuera, no poder llevar a los niños al cine, no poder comprarles juguetes o llevarlos a la ciudad. Es no poder apuntarlos a actividades extraescolares, porque no podía salir temprano de uno de sus dos trabajos para ir a recogerlos. Desde que recordaba, la palabra que más había repetido a sus hijos era ‘no'».

Cuando el libro habla de la segunda, la precariedad, evoca el título de aquel otro que Antonio Muñoz Molina escribió noqueado, como tantos, tras la crisis: Cuando todo era sólido. Esa añoranza de tiempos más seguros es el elemento que define la experiencia de la precariedad en países desarrollados. Un sentimiento tan fuerte que explica el éxito electoral del presidente más inverosímil de las últimas décadas. En las Áfricas, sin embargo, la precariedad no provoca añoranza. Esos años dorados –sólidos– simplemente nunca existieron. La precariedad es la tierra en la que nacen, crecen y mueren millones de personas. Esa inestabilidad permanente que condiciona las decisiones de tanta gente. Ese caldo de cultivo en el que se cocina la atroz estadística de Joseph Stiglitz: «El 90% de las personas que nacen pobres mueren pobres.”

Un dato que por sí sólo pone en cuestión la existencia de la igualdad real de oportunidades. Un dato que lleva a una conclusión: la injusticia social existe. Un dato que nos recuerda lo falaz de las concepciones individualistas de la pobreza. Sin entramados institucionales, sistemas de protección social, mecanismos de provisión de bienes públicos y, en definitiva, de esfuerzos colectivos que ayuden a la gente a superar la escasez y la precariedad, fiarlo todo a la igualdad de oportunidades es un acto de fe para algunos, y una condena al cadalso de la inanición para muchos otros.

Así, el libro, quizá sin proponérselo, no sólo sirve para mostrar las grietas de nuestras relaciones con los países como Senegal o Angola, sino que es un oportuno toque de atención ante nuestra insuficiente determinación en la lucha contra la pobreza interna. Una llamada de aviso ante los supuestos beneficios del desmantelamiento del Estado del Bienestar, o el creciente ataque hacia la población inmigrante.

En este último punto, el libro nos recuerda que determinar los derechos por lugar de nacimiento se parece demasiado a la fuente de derechos del Antiguo Régimen, hoy tan carente de legitimidad y, sin embargo, tan presente cuando se trata de otorgar derechos por razón del pasaporte. Siempre propositivo, Borja también nos ofrece el ejemplo de Uganda como país que entiende los movimientos transfronterizos de personas de una manera radicalmente distinta. No hay refugiados ni inmigrantes; simplemente personas llegando al país. De nuevo, primero la mirada, y luego el lenguaje.

Si la importancia de la mirada es uno de los hilos conductores del libro, el otro es el recuerdo constante de que es falaz la narrativa individualista de la pobreza y el desarrollo económico. Con este argumento se intentan desmontar en el libro muchos mitos sobre la necesidad de más emprendimiento en los países africanos, o las ventajas de los programas de transferencias directas de dinero en el ámbito del desarrollo. No se trata, únicamente, de dar incentivos al emprendimiento o dinero a los que carecen de él, sino de crear las condiciones en las que alguien puede tomar el riesgo y hacer florecer su negocio, o utilizar el dinero sin una preocupación constante por la supervivencia. En otras palabras, no se pueden separar los esfuerzos individuales del tejido colectivo donde esos esfuerzos operan.

Quizá lo mejor del libro, sin embargo, es el optimismo que rezuman estas líneas escritas por alguien que ha pisado los barrios más pobres  –contrayendo malaria y cólera (aunque tenga la elegancia no contarlo en el libro) – y que ha leído a aquellos pensadores que llevan años estudiando lo que él pisaba. “Porque por primera vez en la historia de la humanidad tenemos los medios, las capacidades y el talento para acabar con la pobreza. Solo falta la voluntad de hacerlo. De no mirar hacia otro lado.”

Si ser pobre es una mirada, todo empieza por cambiarla. Borja nos ayuda no sólo a no girar la cabeza, sino a ajustar la graduación de nuestros lentes. Si el nuevo mundo que parece desplegarse poco a poco nos pide nuevas gafas, en Ser Pobre podrán encontrar un par perfecto para atajar la creciente miopía.

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