Serbia y Kosovo entre Trump y Borrell

Desde su declaración unilateral de independencia en 2008, hace ya 12 años, Kosovo ha avanzado a trompicones en el escenario global afrontando su limitado reconocimiento internacional y los obstáculos que de ello emergen. El pequeño territorio, reconocido por un centenar de países entre los que no se encuentra España, culminó su secesión de iure sin la venia de su Estado matriz, Serbia, una acción que agravó la ya tensa relación entre ambos y catalizó un caso de polarización sin precedentes con respecto a la interpretación del derecho internacional.

No han sido escasos los intentos para quebrar el estado de impasse político entre Serbia y Kosovo con el fin de acercar posturas, a menudo con vistas a un acuerdo bilateral vinculante de normalización de relaciones. Estos empeños, mayormente llevados a cabo bajo auspicio internacional, se han dilatado en el tiempo y, discutiblemente, apenas han cosechado resultados tangibles.

Tras un reciente bloqueo diplomático de 20 meses, las negociaciones entre Belgrado y Pristina se han topado con una bifurcación en el camino. Sólo este año durante el mes de septiembre, en cuestión de un par de días, dos fueron las reuniones de alto nivel celebradas entre los representantes de ambos países, si bien en contextos y escenarios muy diferentes. Por un lado, el presidente serbio Aleksandar Vučić y el primer ministro kosovar Avdullah Hoti, a la cabeza de sus respectivas delegaciones, se encontraron en la Casa Blanca los días 3 y 4 de septiembre en una cumbre orquestada por el enviado especial de Donald Trump para los Balcanes, Richard Grenell. Tres días después, el 7 de septiembre, ambos líderes se reunían de nuevo, esta vez en Bruselas, para una nueva ronda del tradicional diálogo bajo el paraguas de la Unión Europea (UE).

El capítulo más reciente del acercamiento entre Serbia y Kosovo ha incluido artificios políticos internos, deslealtad partidista, competición diplomática a ambos lados del Atlántico y muy pocos visos de éxito. Tras varios meses de vaivenes políticos, y en la víspera de unas determinantes elecciones presidenciales en Estados Unidos, ¿en qué marco de intereses se han gestionado las últimas negociaciones entre Belgrado y Pristina? ¿Y qué futuro queda para ambas capitales?

Un año de pugna transatlántica

Durante el último año, la confrontación diplomática entre EE.UU. y la UE ha crecido de manera sustancial en el marco del llamado diálogo para la normalización exhaustiva de relaciones entre Belgrado y Pristina. Este proceso de negociación diplomática, liderado por la Unión desde 2011 y consistente en reuniones bilaterales más o menos frecuentes, vio un alto en el camino a finales de 2018 tras la decisión del Gobierno de Kosovo de establecer una tarifa aduanera del 100% sobre bienes y productos de Serbia y Bosnia y Herzegovina. Esta medida, tomada como represalia ante la campaña diplomática de Belgrado para sabotear el acceso de Kosovo a organismos internacionales, fue rechazada de inmediato por los aliados occidentales y, aun con todo, no fue revertida.

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Tras más de 15 meses de bloqueo político, y con la persistencia de unas tasas que desangraban lentamente la economía kosovar, el país cambió de rumbo a principios de 2020. Una exitosa moción de censura en la Asamblea de Kosovo el pasado marzo se llevaba por delante a un incipiente Gobierno de coalición liderado por el izquierdista Albin Kurti que, pese a la desaprobación de Washington y Bruselas, era partidario de una supresión lenta y condicional de las tarifas.

La Administración entrante, encabezada por el actual primer ministro Avdullah Hoti, abolió de inmediato las tarifas, rompiendo el estado de impasse diplomático y, por tanto, disfrutando de las congratulaciones de los gobiernos occidentales. Con todo, no obstante, esta decisión no dejó sino entrever sospechas justificadas de una creciente influencia estadounidense sobre las medidas del nuevo Gobierno (cuya victoria tras la moción de censura habría estado íntimamente ligada a varios episodios de presión política desde Washington. Así, en apenas unos meses, Estados Unidos había comenzado a despuntar como posible gestor del deshielo de relaciones entre Kosovo y Serbia, incluyendo la posibilidad de relevar a la UE como potencia abanderada. Por su parte, Bruselas, que desde hacía meses permanecía pasiva ante el bloqueo arancelario, veía peligrar su tradicional e implícita posición de liderazgo sobre las negociaciones. De esta manera, tácitamente, la pugna por capitanear un nuevo acercamiento entre Belgrado y Pristina se convirtió en germen de competición diplomática a lo largo del eje Washington-Bruselas.

En este contexto, sendas cumbres fueron convocadas en septiembre. Aunque celebradas con tres días de diferencia, ni el trasfondo ni las expectativas fueron las mismas en Washington que en Bruselas. Por un lado, la reunión en la Casa Blanca fue relativamente espontánea y ad hoc, al no obedecer ésta a ningún marco de negociación previo, y fue emplazada presurosamente tras un intento frustrado un par de meses antes. El encuentro en Bruselas, en cambio, tuvo lugar en el ámbito del tradicional diálogo europeo iniciado en 2011. Esta reunión, auspiciada por el Alto Representante de la UE para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad, Josep Borrell, y por el Representante Especial de la UE para el Diálogo entre Belgrado y Pristina, el diplomático eslovaco Miroslav Lajčák, fue la segunda en celebrarse tras el final del bloqueo arancelario.

Dos victorias pírricas y muchas promesas vacías

Al margen de sus diferencias en la forma y en el fondo, muy poco cambió como consecuencia de estas dos reuniones. El presidente serbio Aleksandar Vučić y el primer ministro kosovar Avdullah Hoti fueron citados en la Casa Blanca a petición del enviado especial de Trump en los Balcanes, Richard Grenell, con vistas a un encuentro que aspiraba a cerrarse con un «acuerdo de normalización económica» entre las partes. Si bien la presencia de Trump se mantuvo en incógnita hasta momentos antes de la firma del acuerdo, su estelar e inesperada aparición no hizo sino confirmar las sospechas sobre el escaso protagonismo que se había otorgado a las partes firmantes.

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En efecto, juzgando únicamente por el contenido del acuerdo, de dos páginas de extensión, Belgrado y Pristina se comprometieron a poner en marcha una serie de huecas promesas comerciales, sin detallar el cuándo ni el cómo. Ambas delegaciones acordaron, asimismo, su adhesión a una batería de inconexas diatribas ideológicas que poco o nada tenían que ver con la resolución del conflicto bilateral: la designación de Hezbolá como organización terrorista, la promoción de la descriminalización de la homosexualidad en 70 países y la prohibición del uso de tecnología 5G procedente de «proveedores no fiables», por ejemplo.

El claro guiño a la política exterior de Trump camuflado entre los puntos del acuerdo alcanzó su cénit al entrar en escena un insospechado cameo: Israel. A tenor del acuerdo, Kosovo accedió al reconocimiento mutuo con el país hebreo y, por tanto, al establecimiento de relaciones diplomáticas, mientras que Serbia se comprometió a desplazar su embajada en Israel de Tel Aviv, donde actualmente se ubica, a Jerusalén. El descontento desatado por este punto no se hizo esperar en Bruselas, desde donde se resaltó que esta acción implicaba abandonar ‘de facto’ la postura común de la UE con respecto al estatus de Jerusalén. Con todo, Serbia y Kosovo, aspirantes ambos a estados miembros de la Unión, decidieron jugarse a la carta de Trump su seriedad y compromiso como candidatos.

Tres días después de la firma en Washington, Vučić y Hoti volvieron a encontrarse, esta vez en Bruselas, para negociar la normalización política de relaciones entre sus países, con Borrell y Lajčák como anfitriones. Al tratarse únicamente de la segunda reunión tras la reanudación del diálogo, tan sólo una vez levantadas las dañinas tarifas comerciales, los tímidos avances diplomáticos detectados condujeron a que trascendiese muy poca información.

¿Qué paz?

Al final de la semana, y tras dos reuniones celebradas al más alto nivel, ni Serbia ni Kosovo tienen nada que celebrar. En la Casa Blanca, ambas partes se sometieron a un acuerdo que, lejos de facilitar el proceso de normalización de relaciones bilaterales, lo embarró aún más. Al tratarse de una declaración no vinculante, y considerando que cada firmante suscribió un documento distinto, el sometimiento a sus preceptos es cualquier cosa menos incondicional. Percibido como un tinglado diplomático fraguado para agradar a la atosigante Administración estadounidense, más que como una prueba de buena fe de cara a un potencial acercamiento, Belgrado y Pristina cedieron a los dictados políticos de Trump y accedieron a participar de su show. Kosovo lo hizo a cambio del reconocimiento de Israel, una victoria pírrica teniendo en cuenta el gigantesco golpe que supone distanciarse de la posición comunitaria en materia de política exterior. Serbia, menos preocupada por desagradar a Bruselas, no obtuvo nada a cambio; si acaso, el beneplácito de los gobiernos proto-autoritarios de Estados Unidos e Israel.

Como consecuencia, la reunión de septiembre en Bruselas estuvo envuelta en un extraño aura de fracaso diplomático. El deshielo de las relaciones entre Serbia y Kosovo en el marco del proceso de diálogo europeo es todavía modesto, y la engañosa Pax Americana de Trump poco ha contribuido a su desarrollo. A escasas semanas de las elecciones presidenciales en Estados Unidos, donde Trump se juega su reelección, éste ha jugado su última carta a llevar la paz a territorios lejanos y desconocidos. Precisamente, quizá, han sido la lejanía y el desconocimiento, también entre su potencial electorado, los que han otorgado al candidato republicano la licencia para fraguar, si bien solamente sobre el papel, un acuerdo de todo menos histórico.

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