Servilismo en tiempos de robotización

En un reciente análisis, el reputado antropólogo Wade Davis retrata magníficamente cómo la pandemia de la Covid-19 está acentuando el declive del imperio americano. El estudio resalta la creciente desigualdad y cómo el brutal capitalismo ha exacerbado la división entre los que tienen y los que no tienen (“the have and have not”), proceso que estaría resquebrajando la sociedad norteamericana.

Hay, sin embargo, dos datos en el estudio de Davis que merecen especial atención: las tres personas másricas de EE.UU. (es decir, Jeff Bezos, de Amazon, Bill Gates, de Microsoft) y Mark Zuckerberg, de Facebook) poseen tanta riqueza como los 160 millones estadounidenses más pobres; es decir, la mitad de la población del país. El otro es que el 36% de la población de color (“african americans”) no tiene nada, o sólo deudas. En pocas palabras, que no han mejorado mas allá de sus antecesores esclavizados desde el punto de vista económico, aunque obviamente disfrutan de su libertad individual. Hay otras perlas en el análisis de Wade Davis, como el hecho de que la mayor causa de mortalidad entre norteamericanos de menos de 50 años no son los accidentes de coches, sino el consumo de opioides por depresión, al haber perdido su trabajo y su modo de vida.

El punto más esclarecedor es entender cómo EE.UU., que ha dominado el siglo XX y parte del XXI como el gran imperio tecnológico y el policía del mundo (“pax americana”), ha alcanzado este punto de ocaso, y qué representa para el futuro como ejemplo para nuestra sociedad ahora que la robotización cambiará sustancialmente nuestras vidas. Mientras que inicialmente, y sobre todo después del final de la Segunda Guerra Mundial, se desarrolló una clase media que pudiese alcanzar el sueño americano, a partir de los años 80 del siglo pasado Estados Unidos ha mantenido su poder a base de tener como soporte principal una sociedad altamente desigual, con una gran parte de sus ciudadanos con unas condiciones de vida de desposeídos. Es en este contexto, en que nuestras sociedades están abocadas a una irreversible robotización, en el que va a ser crucial definir cómo se preservarán los derechos esenciales de los ciudadanos. Por ello, la evolución temporal de la sociedad norteamericana es muy ilustrativa.

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Desde el final de la II Guerra Mundial, es indudable que EE. UU. ha liderado el progreso económico y de descubrimiento científico. Es interesante centrarse en este último, donde este país dominaba el presupuesto gubernamental mundial hasta hace un par de décadas. Sin ir más lejos, y como ejemplo más reciente del dominio tecnológico estadounidense, el lector debe ya saber que Amazon, Google, Microsoft, Facebook, Twitter, Uber, Apple… son todas norteamericanas. Sólo muy recientemente compañías asiáticas como AliBaBa, Huawei, Samsung han entrado en el mercado. ¿Podría el lector de este artículo mencionar alguna compañía tecnológica europea que tenga una posición relevante en el mercado en cuanto a innovación y penetración en la vida del usuario? [hay algunos brotes verdes (‘green shoots‘): todos los procesadores de móviles y tabletas, y muy pronto ordenadores, están basados en los diseños de la compañía británica ARM. Es decir, los procesadores que dominan nuestra vida robotizada se diseñan en Europa].

Pues bien, son estas compañías (SeFTec) las que están en el camino de dominar la actual robotización de nuestras sociedades y controlar nuestros datos y privacidad, o la falta de ella.

Para que esto sucediese se ha pagado un alto precio. En la sociedad occidental, y especialmente en la americana, el trabajo, desde los años 50, se ha convertido en el centro de la vida social de las personas. Se ha sacrificado cualquier actividad lúdica, familiar o simplemente perder el tiempo en aras de la productividad (hay una expresión en inglés muy utilizada, to be on your toes, algo así como estar siempre alerta, que implicaría que perder el tiempo no es bueno y hay que estar siempre trabajando). Se centra toda la actividad diaria alrededor del trabajo, de tal manera que se minimiza la interacción con la familia al mínimo indispensable. Es de esta manera como la productividad ha aumentado espectacularmente en la economía estadounidense: en los últimos 40 años, un 2% cada año, es decir, se ha multiplicado por un factor 2. Y el coste humano ha sido importante.

Además, la pandemia de la Covid-19 ha exacerbado, y puesto en el centro de atención, cambios fundamentales en nuestras vidas mediante el forzado confinamiento. De esta manera, el trabajo se ha convertido en nuestra vida por activa y por pasiva y ha invadido nuestro hogar.

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Es interesante poner este hecho en contexto: en la era de la automatización y la robotización que estamos viviendo se ha producido la desaparición de la vida comunal. No hay necesidad de ir a comprar al mercado o a la tienda, ya que todo se encuentra en línea, principalmente por virtud de la existencia del gigante tecnológico Amazon. Tampoco hay necesidad de ir al teatro, cine o concierto, ya que tanto Amazon como Netflix nos proporcionan este servicio básicamente gratis (10 euros al mes). Si ahora también el trabajo está en casa, desaparece el último vínculo de interacción social directa con otros seres humanos. ¿Estamos al comienzo de una distopía, como se predice en numerosas novelas de ciencia ficción? ¿Seremos seres puramente virtuales?

Si el contraste es sólo con la vida familiar, alguien podría argumentar que el trabajo a distancia dará más tiempo para que las personas lo disfruten con su familia. En cambio, podemos analizarlo con estructuras sociales más amplias que el trabajo moderno ya reemplazó, como la familia extendida, el vecindario, la aldea. Fue un proceso de desterritorialización. En este sentido, la fábrica moderna, y posteriormente la oficina, reemplazan al antiguo dominio social. El impulso hacia el trabajo a distancia resultaría en otra desterritorialización. Disuelve aún más la estructura social que se centra en el trabajo y nos empuja aún más a convertirnos en sujetos virtuales (sujeto en su sentido filosófico).

Este cambio tiene más implicaciones, tanto económicas como políticas, de un alcance potencialmente significativo. La ‘virtualización’ del trabajo dificultará aún más el trabajo organizado y la sindicalización; también impulsará aún más la desigualdad. La antigua clase trabajadora será reemplazada por esta nueva fuerza laboral virtual, pero mucho menor en número debido al efecto de la automatización y la robotización. Esta clase privilegiada será la que disponga de influencia y poder para tomar decisiones en la sociedad robotizada. El resultado es que una gran parte de la población será olvidada y convertida en excedente, sin lugar en el sistema, excepto quizás como consumidor pasivo.

Sin embargo, uno no debiera ser tan cínico. A pesar de todos los peros, las compañías tecnológicas nos están facilitando la vida. Por muy poco dinero tenemos acceso a películas, óperas, espectáculos musicales a los que de ninguna otra manera podríamos acceder. Un billete para la ópera en Milán o Nueva York está al alcance de muy pocos. Las grandes compañías tecnológicas también nos proporcionan acceso a información (Google), o imágenes de todo el mundo (Google Earth), o todos los productos (AliBaba, Amazon), o nos mantienen en contacto con nuestros seres queridos y amigos (Skype, Zoom, Facebook). Sin embargo, toda esa gratuidad se paga con nuestra privacidad.

Del mismo modo que la llegada del ferrocarril en el siglo XIX creó una revolución en el transporte, reduciendo los tiempos de viaje en carroza en un factor 10, las nuevas tecnologías y la robotización están cambiando el modo de comunicarnos y trabajar. Es interesante mirar la revolución industrial como modelo de lo que puede ser nuestra sociedad sin regulación. En esa época, la gran novedad social fue la necesidad de mano de obra, que proporcionó trabajo asalariado a los que hasta entonces eran siervos. Fue el inicio del origen de la clase media. Pero fue muy importante regular efectivamente el trabajo. Costó mucho tiempo reducir la jornada laboral a sólo 40 horas semanales, o introducir un salario mínimo para que mejoraran las condiciones de vida de los trabajadores, para que tuvieran tiempo libre.

En estos momentos nos encontramos en una fase crucial y casi similar a la revolución industrial del siglo XIX. Como hemos mencionado, vivimos en una sociedad donde el trabajo representa nuestras vidas y la interacción social se está viendo reducida a la virtualidad. No sólo corremos el riesgo de trabajar todo el día (la famosa expresión 24/7 en el mundo anglosajón), sino que también estamos siendo forzados a deslocalizarnos, es decir, abandonar a nuestras familias y seres queridos para encontrar el empleo donde podamos ser más productivos. Este último es un fenómeno muy extendido en Estados Unidos. Los ciudadanos se mueven continuamente por el país buscando el mejor trabajo sin ninguna consideración a las raíces. Este desarraigo provoca la pérdida de la red social proporcionada por la familia.

No se trata de si la robotización va a ocurrir; está ocurriendo. Lo que debemos desarrollar es un esquema que nos impida ser simples siervos de los señores feudales tecnológicos (SeFTec). Debido a la robotización, la mayoría de trabajos van a ser redundantes y habrá una parte muy importante de la población que será irrelevante. La situación es mucho más dramática que la de, por ejemplo, los esclavos en las plantaciones de tabaco y algodón en el siglo XIX; ellos eran necesarios para poder recoger la cosecha. La sociedad se dividirá entre aquellos que no tienen trabajo y son meros consumidores y los que tiene que trabajar todo el día, ya que tienen que programar el robot.

¿Cómo podemos construir una sociedad que no esté totalmente centrada en el trabajo y el entretenimiento superfluo? Describimos al principio de este ensayo cómo la sociedad norteamericana se ha quebrado socialmente debido a la rampante desigualdad entre sus ciudadanos. Esta desigualdad, y la necesidad de trabajar 24/7, podría estar conduciendo a su colapso, como argumenta Wade Davis. Los romanos ya sabían que para mantener una sociedad altamente desigual había que hacer algo. En su caso, es bien conocida la expresión panem et circenses, es decir, no hay necesidad de proporcionar a los ciudadanos nada útil en sus vidas más allá que comida y entretenimiento para tenerlos contentos. ¿Suena familiar?

La solución quizás se encuentre en una regulación muy estricta como la que surgió a partir de la revolución industrial, y que permitió el advenimiento de la clase media. Fue solamente en el siglo XX, tanto en EE.UU., con el New Deal del presidente Roosevelt, como en Europa con el establecimiento del Estado de Bienestar, cuando, gracias a la regulación, la clase media floreció con un buen equilibrio entre vida y trabajo; hasta que en el periodo de gobierno Ronald Reagan y Margaret Thatcher se inició la desregulación.

Con la revolución tecnológica de la robotización masiva, deberíamos introducir la regulación oportuna para que nuestras vidas sean las de seres humanos y no la de sujetos inútiles. Quizás de este modo podamos salvar no sólo la clase media, sino también las democracias parlamentarias del mundo occidental.

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Autoría

1 Comentario

  1. Manuel Fernández Vílchez
    Manuel Fernández Vílchez 09-27-2020

    Es evidente que esta revista es de «propaganda política», y como tal se puede leer. No es para obtener conocimiento socio-económico de análisis de datos concretos, de síntesis concreta de la situación concreta. En un medio de divulgación de opiniones, simples generalizaciones y abstracciones, no de conocimiento contrastado con método analítico y falsable, los editores (agentes políticos, incluida una fundación política alemana para la sección latinoamericana) emplean las referencias académicas de los ensayistas para dar impulso propagandístico y convertir un texto de ciencia-ficción en lo que ahora se llama «relato ideológico» o «narrativa política» (antes se decía simplemente «ideología» o mistificaciones, «falsa conciencia»). Suponiendo que la producción de investigación científica de los autores tiene otros medios de divulgación, aquí se los lee por su incursión en el ensayo literario. Con esta salvedad, leo con interés y reconozco el mérito de los autores de «Servilismo… robotización» que, desde su experiencia en dos especialidades científicas muy distintas por el método y distantes por el objeto, y sin necesidad de que ellos se cuiden de establecer mediaciones y relación de sus campos de investigación, especulan y hacen literatura de ciencia ficción sobre una ensalada de temas propios de investigadores de Ciencias Sociales. Una pieza de valor literario, sólo que en este medio político-partidario invita a la reflexión de si es una pieza de «distracción» (en sentido propagandístico). Y entonces me cuestiono por las categorías Sociológicas, Político-económicas y Político-ideológicas de su discurso pseudocientífico, de «política ficción».

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