Sexismo, año 1

Pocos días después del 8 de marzo de 2018, en una de las cuestas de mi barrio (en las que según mi padre hay que atar a las gallinas para que no se despeñen) ayudé a aparcar a un señor que estaba en dificultades. Tras maniobrar, evitado el desastre, y aún presa de la euforia del 8M le dije a otro señor que observaba la escena atentamente: “¿Ha visto? Para que luego digan que las mujeres no sabemos conducir”. El señor respondió un poco confuso: “No, no, si ahora ya no lo decimos”.

¿Supuso 2018 un antes y un después para el sexismo en nuestro país? ¿Tenemos ya todo esto superado? ¿O somos todavía una sociedad sexista? Intento aclarar aquí qué queremos decir cuando hablamos de sexismo, y analizar qué factores condicionan esta actitud.

Sexistas son las creencias, los comportamientos o las prácticas que perjudican a unas personas en función de su género o contribuyen al mantenimiento de desigualdades entre hombres y mujeres. Aunque el sexismo técnicamente se puede dar contra los hombres, en general se da contra las mujeres, porque éstas tienen una posición de menor poder en todas las sociedades del mundo. Así lo demuestran los datos sobre presencia de mujeres en parlamentos, gobiernos, universidades y consejos de administración; la brecha salarial; la brecha de género en salud;  las diferencias en la distribución del trabajo doméstico y no remunerado; o la violencia de género, por citar algunos ejemplos.

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El sexismo que nos afecta como sociedad se fundamenta en última instancia en estereotipos que ven a las mujeres como menos competentes o capaces que los hombres. El sexismo es lo que hace que nos sintamos cómodos ante hombres fuertes y mujeres maternales, e incómodos ante hombres frágiles y mujeres poderosas. Parece que cuando nos paramos a mirar datos objetivos, hombres y mujeres son más parecidos de lo que los estereotipos dan a entender. Pero, lamentablemente, éstos pueden llegar a ser profecías auto-cumplidas. Estudios experimentales han demostrado que el hecho de recordar el estereotipo de que “las mujeres son peores que los hombres en matemáticas” hace que las mujeres obtengan peores resultados en un test de esta materia, mientras que las diferencias desaparecen cuando se elimina la amenaza del estereotipo.

Por eso, es importante identificar estereotipos y creencias sexistas, porque se basan en generalizaciones incorrectas que refuerzan la discriminación contra las mujeres. Hay un sexismo hostil, que directamente odia y ataca a las mujeres, especialmente si se salen de lo que se espera de ellas según el estereotipo (que se subordinen a los hombres, se dediquen al cuidado de la familia y no hablen mucho). Y también hay un sexismo benévolo, que considera que a las mujeres hay que protegerlas porque no son capaces de valerse del todo por sí mismas. Hay abundante literatura que demuestra que ambos tienen consecuencias negativas para la igualdad entre hombres y mujeres.

Pero aquí me gustaría centrarme en otro tipo de sexismo, que se ha llamado ‘sexismo moderno’. Tiene tres componentes: niega que persista la discriminación contra las mujeres, critica las protestas que genera esta discriminación (es decir, a las feministas que alzan su voz contra estereotipos y discriminaciones) y se opone a las políticas destinadas a corregirla (como, por ejemplo, la ley contra la violencia de género). Supongo que ya les suena, así que ahora cuando lo vean podrán llamarlo por su nombre, aunque la etiqueta no sea lo más atractivo del concepto.

En el gráfico 1 se puede observar la distribución de los ítems que miden sexismo moderno en España, según la batería validada que Janet Swim y sus colaboradoras desarrollaron en 1995. Los cinco primeros ítems se refieren a percepciones sobre la discriminación de las mujeres, dos más se centran en actitudes hacia las protestas contra esta discriminación y los dos últimos se refieren a la necesidad de políticas para combatirla. Los valores están re-codificados de manera que, si todo el mundo tuviera niveles de sexismo máximos, las barras alcanzarían el 1. Si todo el mundo reconociera que hay discriminación, que hay razones para protestar y que se debe actuar para corregir las desigualdades de género, las barras estarían a 0.  

En términos comparativos España suele estar entre los países con menores niveles de sexismo (véanse, por ejemplo, este informe de Ipsos o este Eurobarómetro). Aun así, entre el 12% y 18% de los encuestados manifiesta algún grado de acuerdo con estas afirmaciones que representan el sexismo moderno; y muy en especial con la atención que los medios y el Gobierno prestan a la cuestión, que un tercio de la muestra considera excesiva.

Agregando los valores de estos indicadores para formar un índice, observamos en el gráfico 2 que el sexismo está lejos de ser patrimonio exclusivo de los hombres: entre las mujeres, aunque es menor, también está presente. Es menor entre las personas más jóvenes y está muy fuertemente condicionado por la auto-ubicación ideológica: cuanto más a la derecha se posiciona una persona, mayor es el nivel de sexismo moderno que muestra. Los votantes del PP y de Ciudadanos muestran niveles de sexismo mayores y los de Podemos, los menores.

Estas actitudes parecen estar bien arraigadas y no se aprecian grandes cambios con respecto al año anterior. Entre 2017 y 2018 la media de sexismo moderno se ha reducido un par de décimas. Se trata de una reducción estadísticamente significativa, aunque sustantivamente una esperaría más de un año como el pasado, que registró una de las mayores movilizaciones de nuestra historia precisamente en relación con esta cuestión. Los hombres se han movido un poco menos que las mujeres, y tampoco han avanzado mucho las personas con estudios universitarios, ni los que se encuentran en el centro-derecha del eje ideológico, ni los votantes del PP, que no se mueven ni un milímetro con respecto a 2017.

Curiosamente, los votantes de Ciudadanos y los que se encuentran en posiciones de derecha (6 y 7 en la escala de 0 a 10) aumentan ligeramente su grado de sexismo entre 2017 y 2018. Aquí es donde parece concentrarse el efecto de reacción anti-feminista. En esta cuestión, como en alguna otra, la derecha y la extrema-derecha se están aproximando. Averiguar en qué medida esto es un movimiento que se origina en la demanda (es decir, en este sector de la ciudadanía) o en la oferta (o sea, en los partidos) queda fuera de las posibilidades de este post, pero es una cuestión que merecería atención.

Estos datos nos pueden hacer pensar que el sexismo se concentra en algunas personas y que otras están libres del mismo. Nada más lejos de la realidad. El sexismo va mucho más allá de lo que este limitado instrumento puede medir con una encuesta y permanece entre nosotros, incluso en los que nos consideramos menos sexistas. Resulta dificilísimo escapar de su efecto condicionante. Pero en la medida en que seamos conscientes de este prejuicio, seremos también más capaces del combatir el daño que nos ocasiona como sociedad al permitir que la desigualdad y la discriminación persistan.

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