Sí al multilateralismo, no al escepticismo

La COP25 se celebró en Madrid porque fue imposible celebrarla donde estaba previsto y fue la más larga de la historia. Y aunque muchos la evalúan como un fracaso, recordemos algunas cosas. El hecho de que en menos de un mes haya sido posible celebrarla en la capital de España, evitando mandar la señal de que este proceso multilateral tan relevante podía interrumpirse, puede considerarse un éxito en sí. La Convención Marco de Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (CMNUCC) ha sido ratificada por 195 países, y cabe recordar que Estados Unidos todavía formará parte de ella incluso si sale del Acuerdo de París. Fue adoptada en 1992, entró en vigor en 1994 y se ha reunido de forma ininterrumpida todos los años desde entonces, incluso con una sesión extraordinaria (la COP6bis en Bonn) tras el fracaso de la COP6 (La Haya, año 2000) cuando se estaban negociando las reglas para poner en marcha el primer periodo de compromiso del Protocolo de Kioto.

La Convención es un instrumento multilateral que hizo posible que los gobiernos reconocieran la existencia del problema del cambio climático, y estableció un objetivo último: “La estabilización de las concentraciones de gases de efecto invernadero en la atmosfera a un nivel que impida interferencias antropógenas peligrosas en el sistema climático. Ese nivel debería lograrse en un plazo suficiente para permitir que los ecosistemas se adapten naturalmente al cambio climático, asegurar que la producción de alimentos no se vea amenazada y permitir que el desarrollo económico prosiga de manera sostenible” (texto de la Convención, artículo 2).

Desde 1994, bajo la Convención se ha impulsado el desarrollo de dos instrumentos con objetivos más concretos para alcanzar su objetivo global: el Protocolo de Kioto y el Acuerdo de París. Su objetivo global ha sido cuantificado por el Panel Intergubernamental para el Cambio Climático (su brazo científico independiente, IPCC por sus siglas en inglés) como la no superación de un incremento medio global de la temperatura de 2ºC. Constituye un ejemplo único de multilateralismo, donde siempre ha prevalecido el consenso como instrumento de decisión y el país más pequeño o menos desarrollado ha tenido la misma voz que el más grande. Y ha permitido que, con periodicidad anual, 195 países estudien cómo abordar los retos del cambio climático a nivel global. Sus debates han sido informados regularmente por la mejor ciencia disponible en cada momento, ciencia que ha avanzado enormemente desde 1992 gracias, en gran medida, a las regulares interpelaciones que la Convención ha hecho al IPCC: por ejemplo, una mejor caracterización de los impactos o la determinación de quedarnos en 1,5ºC en lugar de llegar a 2ºC antes de final de siglo para evitar muchos de ellos.

[Con la colaboración de Red Eléctrica de España]

Los dos instrumentos/acuerdos citados que, bajo la Convención, han articulado metas u obligaciones más concretas para alcanzar su objetivo global han sido ratificados por la mayor parte de los países. El camino no ha sido fácil y seguramente se podía haber hecho mucho más y mejor, pero ¿dónde estaríamos sin los esfuerzos multilaterales y debates que ha amparado la Convención en sus 25 ediciones? ¿La ciencia habría progresado como lo ha hecho y de forma unánime? ¿Seguiríamos pensando que nuestro modelo energético y de desarrollo había de perpetuarse sin preocuparnos por sus efectos medioambientales y que las soluciones no se encuentran en un esfuerzo colectivo y solidario? ¿Habrían salido nuestros jóvenes a la calle a reclamar, como hacen hoy, la responsabilidad con el planeta?

Dicho lo anterior, ¿cómo valorar la COP25? Si bien es cierto que sus resultados muestran las fortalezas y debilidades del Acuerdo de París, también ponen de manifiesto que los días de la política climática cosmética han terminado, aunque la oposición a las transformaciones que son necesarias sigue estando ahí y está creciendo como resultado de la coyuntura geopolítica más reciente. Aun así, en la Coalición de Ambición Climática 120 países han anunciado (discurso de clausura de la presidenta de la COP chilena, Carolina Schmidt) la neutralidad climática para 2050 (entre ellos, la UE, que además anunció su Pacto Verde); 80 estados también han declarado la intención de ajustar sus objetivos y planes climáticos (NDC) para 2030; y 11 países han iniciado procesos de mejora de los suyos en 2020.

Algunos estados como EE.UU., Brasil y Australia, cuyos gobiernos están estrechamente vinculados con los grupos de presión del carbón y el petróleo o están aumentando la deforestación por la expansión de las actividades agrícolas, están sintiendo los efectos del Acuerdo de París y tratando de organizar una resistencia masiva contra él. La gran mayoría de los países quiere llevar a un nuevo nivel la despedida de los combustibles fósiles y el apoyo a aquéllos particularmente afectados por la crisis climática, e incluso lo ven como una oportunidad. Son los casos de la coalición de países progresistas alrededor de Costa Rica, muchos estados de la UE, los estados insulares y los países menos desarrollados. Aun así, y bajo la Presidencia de Chile, la COP25 terminó con compromisos mucho más débiles de lo esperado.

Las dificultades se presentaron en varios frentes: la falta de compromiso de las economías emergentes para reforzar la ambición, aduciendo que los países industrializados no han cumplido sus promesas de mayores compromisos de financiación pre-2020; un grupo de países liderados por Brasil, respaldados por India pero que también incluye a naciones ricas como Australia, quiso imponer un conjunto de reglas para los mercados de carbono que gran parte del resto del mundo consideró que podían minar la integridad ambiental del Acuerdo de París, promoviendo dobles contabilidades y, por tanto, reducir la ambición. Como reacción, un grupo de países lanzó los llamados Principios de San José para los mercados; y los países más desarrolladas diluyeron cualquier llamado a un nuevo apoyo financiero para las naciones vulnerables.

El resultado deja que se tomen muchas decisiones importantes en las negociaciones del próximo año, que se llevarán a cabo en la ciudad escocesa de Glasgow (COP26) inmediatamente después de las elecciones de Estados Unidos de noviembre próximo. Si se elige un nuevo presidente en este país, su Administración podría volver a unirse al Acuerdo de París sólo después de asumir el cargo en enero siguiente y, acto seguido, establecer nuevos objetivos nacionales estadounidenses. Muchos analistas dicen que es probable que China, actualmente el mayor emisor del mundo, observe qué dirección toma Estados Unidos antes de comprometerse a reforzar sus propios objetivos de reducción de emisiones.

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Hubo algunos avances positivos más o menos modestos. Uno de los ellos fue que se reconocieran los informes especiales del IPCC sobre usos de la tierra y cambio climático y sobre océanos y criósfera, a pesar de la oposición inicial de Brasil y Argentina, reforzándose así el mensaje de urgencia. En el aspecto de cómo lidiar con las inevitables consecuencias del cambio climático (pérdidas y daños relacionados con el clima), se rompió el bloqueo al reconocer la necesidad de ayudar a los países en desarrollo a afrontarlos, anclando éstos por primera bajo la arquitectura financiera de la CMNUCC. Aunque este paso tiene, por el momento, un significado simbólico, los procesos establecidos por la COP25 podrían volverse muy importantes a medio plazo y abren la puerta a expectativas para el apoyo real de los países con el establecimiento de la Red de Santiago para Pérdidas y Daños y el Grupo de Expertos para la Acción y el Apoyo para abordarlos.

Asimismo, se lanzó un plan sobre género que constituye todo un hito en el reconocimiento del papel de las mujeres en el abordaje del cambio climático. Y, por primera vez, los océanos formaron parte de las discusiones gracias al informe especial del IPCC.

El proceso multilateral ha mostrado una vez más que, aunque no falto de dificultades, sigue avanzando y constituye un foro único para abordar global y colectivamente el cambio climático. Esto se ve refrendado por el auge de la participación del sector privado y la sociedad civil en eventos que acompañan a las negociaciones y recuerdan la importancia no sólo de seguir avanzando en los compromisos multilaterales, sino también de la acción urgente a todos los niveles (individual, nacional y multilateral) y con todos los agentes.

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