Si Bolsonaro hubiera leído a Maquiavelo

Jair Bolsonaro llegó a la Presidencia de Brasil a golpe de suerte, aprovechando la ventana de oportunidad que le permitió el impeachment de la ex presidenta Dilma Rousseff y, curiosamente, una cuchillada que lo dejó fuera de juego en la campaña electoral. Desde el hospital se posicionó como el salvador de la patria, «acosada por los comunistas y los pervertidos». Ganó la adhesión de los neopentecostales y evitó los debates que hubieran expuesto sus limitaciones intelectuales, emocionales y cognitivas. Sin mayoría absoluta –nada nuevo en el sistema multipartidario brasileño– parecía obligado a construir acuerdos para impulsar su programa de gobierno. Pero Bolsonaro, militar retirado de perfil autoritario, no sabe ni quiere negociar.

Las instituciones de control horizontal han funcionado en más de una ocasión, intentando poner freno a las pulsiones del presidente. Pero no hay espacio para el optimismo. Sin respaldos suficientes para imponer sus leyes, Bolsonaro ha optado por encerrarse en el unilateralismo administrativo. Cuando el Legislativo toma la iniciativa, el Ejecutivo cambia el statu quo de las leyes aprobadas a base de decretos y modificaciones en el organigrama de Gobierno que alteran radicalmente el resultado final. El enfrentamiento con el Congreso lo llevó incluso a impulsar desde las sombras una marcha contra la institución, el 15 de marzo. Por esos días, se habló de la posibilidad de un autogolpe a lo Fujimori.

Brasil venía mostrando un serio deterioro de la democracia, con el ataque a las comunidades indígenas, al movimiento LGTBI, a los medios de comunicación y a toda oposición en general. Pero sabemos que el desempeño económico facilita a los gobernantes su permanencia en el poder. Aunque la agenda reaccionaria y el verbo suelto le permiten al presidente dividir (la ‘estrategia minoritaria’ que ha descrito Octavio Amorim Neto) y movilizar a los más radicales dentro de su electorado, no tiene carta blanca. Su apoyo ha venido cayendo en paralelo al pobre desempeño económico del país. Y entonces llegó la pandemia generada por la propagación del Covid-19.

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Todos los días Bolsonaro da letra a cientos de comentarios en redes y en los medios: que el virus produce una «gripiña«, que hay que enfrentarlo «como hombre y no como niño» o que los brasileños son inmunes; ofrece remedios naturales cuya eficacia no está demostrada y acusa a los medios de promover la «histeria». Podría extenderme en la lista de sus despropósitos, pero como ha dicho Edward Luce (editor en jefe del Financial Times) en relación a Donald Trump, eso es lo que busca: distraer la atención de lo que realmente importa. A efectos de este artículo, importan dos cosas: ¿cómo está afrontando Brasil la pandemia? Y ¿cuál es el futuro del Gobierno?

La pandemia

El 30 de marzo, la base de datos global de la Universidad John Hopkins registra para Brasil 4.256 contagios y 136 muertes. La línea va para arriba, pero es menos empinada que en Estados Unidos o España. Los datos son menos confiables porque hay pocos medios de control y el Ejecutivo promueve el negacionismo. En cualquier caso, el virus ya se transmite en el país, fuera de control, y todo hace prever que las cifras seguirán creciendo en los próximos días.

En la gestión de una crisis sanitaria como la actual se requiere: 1) información apropiada para tomar decisiones orientadas a paliar los efectos de la pandemia sobre la salud y la economía, 2) tomar esas decisiones, 3) disponer de recursos materiales (hospitales, medicinas, respiradores) y humanos (todo el personal sanitario) para el cuidado de los enfermos, 4) coordinar con todos los actores clave, desde la Organización Mundial de la Salud (OMS) hasta las municipalidades, asociaciones profesionales y medios de comunicación para hacer efectivas las decisiones tomadas, y 5) implementar un plan de comunicación que explique e infunda confianza, incentivando el acatamiento de las medidas.

Información. El Covid-19 es un virus hasta ahora desconocido, por lo que existe más incertidumbre que certezas sobre su cura. No dispongo de las competencias para meterme en este asunto. Lo que quiero destacar es que no debiera haber necesariamente una única receta de actuaciones; y que ahora mismo, aunque la cuarentena y el distanciamiento social sean las medidas dominantes en un centenar de países, hay diferencias en sus modalidades (voluntaria en Suiza, obligatoria en España, entre muchas otras que podrían destacarse). Lo que sí parece claro es que la toma de decisiones debe hacerse con información cualificada e incluyendo a los principales actores sociales: comunidad científica, autoridades, asociaciones. Nada de eso: Bolsonaro receta hidroxicloroquina en Twitter, sin fundamento científico alguno (por cierto, esta red social eliminó éste y otros mensajes por considerar que atentan contra sus códigos de conducta).

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Bolsonaro no recurre a las fuentes de información apropiadas y sus acciones, más que producto de decisiones, forman parte de un discurso ininterrumpido, radicalizado e incoherente. Habla de cuarentena y, un rato más tarde, postea fotos en Twitter paseando por la ciudad, luego exime a los grupos religiosos y a las casas de lotería del confinamiento y sugiere limitarlo a los grupos de riesgo.

Siguiente cuestión: ¿dispone Brasil de los recursos humanos y sanitarios para gestionar la pandemia? Todo parece indicar que no. Más de la mitad de las regiones tienen menos de una Unidad de Cuidados Intensivos por cada 10.000 personas, el mínimo recomendado por la OMS, y hay 123 regiones que no tienen ninguna; la máxima precariedad se concentra en el norte y noreste. Por si fuera poco, el hijo de Bolsonaro abre un conflicto diplomático absurdo con China, que es el país clave en este momento para ofrecer los recursos sanitarios necesarios.

Sin postre ni frutilla, total falta de coordinación: en este momento, los gobernadores de 26 de los 27 estados han contradicho al presidente manifestando que seguirán los consejos de la OMS. Bolsonaro responde acusándolos de haber iniciado la carrera por la Presidencia para 2022. Hasta una jueza le ha ordenado que se abstenga de hacer campañas que ponen en peligro la salud pública. Incluso el vicepresidente Hamilton Mourão se ha expresado a favor del confinamiento. O sea, del (no) plan de comunicación ya no hace falta hablar.

El futuro del Gobierno

Decía Maquiavelo en El Príncipe que cuando un gobernante llega al poder por fortuna más que por sus habilidades personales, le cuesta poco llegar pero mucho mantenerse, porque su poder depende de la lealtad de sus benefactores. En el Brasil de hoy los benefactores de Bolsonaro fueron varios y todos podrían tener cada día más razones para conspirar contra él. La estrategia, que tan bien describió Maquiavelo, le es ajena al verborrágico y ególatra Bolsonaro, que seguramente no ha leído al escritor florentino (y si lo leyó, lo subestimó o no lo entendió). La economía va mal, el Congreso lleva meses enfrentado al presidente, el Poder Judicial también. Los gobernadores están incómodos y atemorizados porque Brasil no está preparado para la emergencia y la evolución en otros países invita a alarmarse. Por las noches suenan las caceroladas de rechazo al Gobierno. Los militares miran atentamente al vicepresidente Hamilton Mourão.

El escenario es muy malo y todo sugiere que empeorará, porque en breve se dispararán los contagios y las muertes, el sistema sanitario mostrará sus limitaciones y la economía también caerá. Un 36 % evalúa al Gobierno como ‘pésimo’ y el 31% como ‘regular’. El 92% piensa que la crisis tendrá un serio impacto sobre la economía, y ha pasado de un 50% a un 70% el porcentaje de la población que se manifiesta muy preocupada por la pandemia. Las alternativas parecen oscilar entre la renuncia, el impeachment, el autogolpe o el golpe.

Ni el impeachment ni la renuncia son probables. El juicio político lleva tiempo y unos acuerdos que no están sobre la mesa, además de que el momento no admite más dilaciones. Nadie espera que el presidente dé un paso atrás por su propia voluntad y menos si, como ahora se anuncia, se lo piden los líderes de los partidos de oposición. El autogolpe o la acumulación de poder al estilo Viktor Orbán en Hungría, si la pandemia avanza y se genera una situación de crisis, podría ser una alternativa. Pero el Congreso debería aprobarlo y no dan los números. Los militares están descontentos, ya se han reunido, traman. ¿Golpe, entonces? No en su modelo clásico, con uniformados alzando las armas. Podría haber una sugerencia, en el formato recientemente explorado en Bolivia, que encontraría al vicepresidente preparado para tomar las riendas. Puede que eso ayude a gestionar mejor la pandemia, pero no serían buenas noticias para la decadente democracia brasileña.

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