Sí, hay fascismo

Hubo una época en la que los fascistas no ocultaban que lo eran. Fue la era del fascismo clásico, que gobernó una parte importante del mundo hasta 1945. Esta semana, en la que se conmemoran los 75 años desde la liberación de la que fue su obra más infame, el campo de exterminio de Auschwitz, debiera señalar nuestra lejanía de los tiempos del fascismo. Y, sin embargo, aún sigue viviendo entre nosotros. Abundan el racismo, la violencia y también aquéllos que añoran su dictadura.

De todas formas, muchas cosas han cambiado. El fascismo de hoy es distinto del de ayer. Ahora, los fascistas se disfrazan de populistas o se autodenominan ‘derecha alternativa’ (en Estados Unidos) o ‘hermanos de Italia’, por citar algunos casos famosos. Todas estas nomenclaturas intentan desdibujar la continuidad entre fascismos viejos y nuevos.

Los primeros ejemplos de esta situación se dieron a nivel global tras la derrota de Adolf Hitler. En Italia, fundaron un partido neo-fascista al que llamaron Movimiento Social Italiano o MSI, aunque en realidad todos sus miembros sabían que estas siglas indicaban otra idea: Mussolini sos inmortal. En España, el fascismo se quiso desfascitizar, dando lugar a una dictadura híbrida que retrasó a España varias décadas. Vox y afines quieren que se olvide este dato fáctico.

En América Latina, las cosas fueron distintas. Muchos fascistas se reformularon en términos democráticos, dando lugar al nacimiento del populismo moderno. Los primeros populistas en el poder tras 1945 (como Juan Domingo Perón en Argentina) eran dictadores y fascistas que dejaron el fascismo detrás para funcionar en democracia, ganando elecciones y dejando de lado la violencia y el racismo característicos. Ejemplos subsiguientes se dieron en Brasil, Bolivia, Venezuela y en otros lugares. El populismo llegó al poder, democratizando el fascismo. Hoy se está dando lo contrario: el primero se acerca nuevamente al segundo.

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Este acercamiento es ideológico, pero también práctico. Así, otra estrategia convergente del fascismo de hoy es que sus seguidores se confunden con otras formas de extrema derecha y ejercen un papel de compañeros de ruta de los actuales líderes populistas como Donald Trump en Estados Unidos, Matteo Salvini en Italia, Santiago Abascal en España o Jair Messias Bolsonaro en Brasil.

Incluso algunos terroristas de este fascismo que ya no se esconde han llegado a asesinar invocando los argumentos de estos líderes, como ocurrió recientemente en El Paso (Texas, EE.UU.), con 22 personas asesinadas, o en el ataque de 2018 a una sinagoga de Pittsburg (también en Estados Unidos), que saldó con 11 víctimas mortales. En ambos casos, los asesinos invocaron argumentos trumpistas sobre invasiones y caravanas de inmigrantes para justificar sus masacres.

Estas invocaciones fascistas no citan a Hitler, Mussolini o Franco. Hacerlo sería lo más lógico o esperable en términos ideológicos clásicos. Su estrategia es distinta: establecer puentes con la ideología racista de los gobernantes populistas.

Estos puentes son de ida y vuelta, pues los fascistas son a veces normalizados, e incluso justificados, por los mismos populistas. Recordemos ese momento ya célebremente infame cuando Trump enfatizó que incluso entre los nazis había buena gente. Lo dijo en 2017 tras la marcha fascista (y asesinato) que tuvo lugar en Charlottesville.

Recordemos también el ejemplo de Italia. Es verdad que en Macerata el jefe de la Lega, Matteo Salvini, se distanció del tirador neo-fascista que había militado en este partido y que había presentado a su líder como su «capitán»; pero dijo también que la verdadera culpa la tenían los gobiernos que permitían que «cientos de miles de inmigrantes ilegales vengan sin límite alguno». El terrorista de Macerata tenía en su casa el libro Mi lucha de Hitler y otras pertenencias y rasgos que lo vinculaban con el nazismo, incluido el tatuaje de su rostro.

Si bien Trump nunca se tatuaría a Hitler en su propia cara, un libro del dictador alemán pudo estar en la mesilla del actual presidente estadounidense, quien luego, en su campaña también elogió frases de Mussolini”. En cualquier caso, Trump, un populista autoritario, no está encandilado con el fascismo, sino que comparte ofuscación con enemigos mutuos: gente que piensa, se siente, es o se comporta de manera diferente en política y sociedad.

Este odio por la diferencia es el verdadero vínculo que les une, y lo que explica por qué Trump está tan obsesionado con los enemigos del fascismo. Unos y otros (fascistas y populistas) comparten objetivos: promover la xenofobia sin descuidar la violencia política. El nuevo populismo incorpora la violencia; la vuelve a poner de moda. En Estados Unidos no es sorprendente que las personas cuya ideología se alinea con la de su presidente puedan involucrarse en ella, desde hostigar a inmigrantes en las calles o en restaurantes o, incluso, como en el caso extremo del ‘MAGAbomber’, hasta enviar bombas a aquéllos (periodistas, políticos y opositores varios) que son diariamente demonizados vía Twitter por el caudillo estadounidense. Son los enemigos del pueblo, que sólo pueden ser personificados por su líder que, sin embargo, no ordena estas acciones aunque veces las glorifique o recomiende.

Esto es así incluso cuando el Gobierno no parece tener una relación directa con estos actos, y en ese sentido Estados Unidos aún está lejos del fascismo. Pero Trump, y los mini-Trumps a ambos lados del Atlántico, tienen una responsabilidad moral y ética por fomentar un clima de violencia fascista. En 2018, en una advertencia al movimiento antifascista, Trump se refirió a él advirtiéndole de que “mejor que la otra parte no se movilice… Porque si miras, al otro lado, están los militares. Es la Policía. Es mucha gente muy fuerte, mucha gente muy dura”. Según el presidente, estos grupos que se oponen al antifascismo “se están enojando cada vez más», y su movilización significaría que «antifa se encontraría en un gran problema”.

Al validar la potencial violencia contra los antifascistas como una expresión de actores violentos legítimos que le gustan pero no necesariamente controlan, los trumpistas son habilitadores ideológicos de este comportamiento violento por parte de miembros de su ‘base’. Entre los trumpistas principales, incluido su abogado personal Rudy Giuliani, abundan las fantasías sobre la violencia contra la oposición. El mismo Trump, ahora ya en medio de su impeachment, amenaza a los líderes de la oposición y, en particular, al diputado Adam Schiff, encargado parlamentario del juicio político (impeachment manager). Esta semana le dedicó un tuit en el que le presentaba como «un POLÍTICO CORRUPTO, y probablemente un hombre muy enfermo», advirtiéndole que «¡aún no ha pagado el precio por lo que le ha hecho a nuestro país!». Schiff escribió que se siente seriamente amenazado por estas palabras del presidente.

Recordemos el momento (agosto de 2019) en que el presidente, en un acto político en Florida, celebró con alegría a los seguidores que cantaban pidiendo el asesinato de inmigrantes indocumentados. Este posible paso de la teoría a la práctica por parte de algunos de los simpatizantes representa una evidencia preocupante del deterioro de la democracia que el nuevo populismo fomenta, especialmente desde arriba.

Su mensaje es claro: los enemigos más importantes del ‘trumpismo’ son aquéllos que se oponen al pueblo y a la nación en su conjunto. En este marco, los fascistas son considerados amigos si comparten enemigos con el líder.

En este aniversario de la liberación de Auschwitz en una época que no carece de terrorismos fascistas, de supremacía blanca racista y antisemita, y que incluye masacres y asesinatos que se dan a nivel global y con una periodicidad alarmante, es necesario recordar la historia del fascismo y tener en cuenta que estos pequeños grupos de nuestro presente se alían con nuevos populistas, a los que también les molesta la verdadera democracia. La única diferencia entre ambos es que los segundos sólo quieren degradarla, y no destruirla por completo.

A pesar de estas confluencias y también por sus diferencias, el fascismo y el populismo no están unificados y los fascistas no están en el poder. El panorama es más complejo. El país más poderoso del mundo, Estados Unidos, está experimentando algo nuevo en su historia: la construcción de un régimen de poder populista que incorpora ideas (e incluso asesores) fascistas. Este régimen también considera a los extremistas y racistas como miembros clave de su base y a los antifascistas y al periodismo como sus principales enemigos.

El trumpismo no es innovador. No hay duda de que muchas cosas han cambiado con la irrupción del caudillo anarajando en la escena mundial, pero estos cambios no implican un retorno a las formas más antiguas de autoritarismo, especialmente el fascismo. 

En suma, está claro que EE.UU. y el mundo vuelven a ser más autoritarios y racistas. Y, por último, pero no menos importante, es necesario subrayar las afinidades electivas entre fascistas y populistas. Esto es quizás inesperado y define la actualidad del fascismo. El populismo clásico rechazó la violencia y el racismo fascistas, mientras que para los nuevos populistas de derecha, el fascismo es fuente de conocimiento, de citas y de compañeros de ruta. Recordemos al pasar la invocación de Goebbels hecha hace pocos días por el bolsonarista secretario brasileño de Cultura.

Elementos centrales del fascismo, que hasta hace poco había sido una marca tóxica para la política democrática, son ahora recuperados por los nuevos populismos, aunque éstos aún no comparten otro elemento central de aquél: la dictadura.

El fascismo de hoy representa un peligro distinto al del que perpetró el universo de Auschwitz. Sus asesinatos no son organizados desde el Estado. Hoy día no hay fascismo o terrorismo de Estado, pero sí hay un espacio de influencia abismal. Un podio inesperado y con alcance global desde el cual se normalizan constantemente argumentos y lógicas que fueron fascistas: la Casa Blanca.

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