Siete claves para entender las elecciones tunecinas

Hay países de los que se habla poco. Túnez es uno de ellos. Quizás sea una buena señal porque en términos geopolíticos, y especialmente si se trata del mundo árabe, que se hable mucho de un país suele deberse a su inestabilidad y violencia.

En estos momentos, Túnez está inmerso en un decisivo proceso electoral que se inició el 15 de septiembre con la primera vuelta de las elecciones presidenciales y concluirá el 6 de octubre con la elección del Parlamento. La primera ronda de las presidenciales confirmaron un vuelco político, con la llegada en cabeza de dos candidatos outsiders. El más votado, el conservador Kaïs Saïed (18,4% del voto), lo ha hecho sin partido y renunciando incluso a la financiación pública para realizar la campaña. El segundo, Nabil Karoui (15,6%), es un magnate que está en prisión preventiva, apodado el Berlusconi tunecino por mucho que él insista en que su referente es Lula da Silva.

A diferencia de lo que sucede en buena parte del mundo árabe, las tunecinas son elecciones genuinas. Los ciudadanos que se dirigen a las urnas –sólo un 45% de los votantes registrados en este primer round– lo hacen sin saber de antemano quién será el vencedor. Puede parecer algo natural, pero no lo es en una región donde abundan las elecciones sin elección. Aquí se plantean siete claves para  valorar no sólo la trascendencia de este proceso electoral, sino también las perspectivas de consolidar la transición a la democracia:

Ejemplaridad.- Fue en Túnez donde se iniciaron las protestas masivas que conmovieron al mundo en 2011. Fue allí donde cayó el dictador Ben Ali y también donde la movilización popular consiguió, con las sentadas de la Kasba, que éste no fuera sólo un cambio cosmético. Mientras que en Egipto se profundizaba la división social con la destitución de Mohamed Morsi, las fuerzas sociales se esforzaron en dar una oportunidad al diálogo y Túnez aprobó su nueva Constitución en 2014, con unas mayorías amplísimas. Y es en este país donde se han empezado a romper tabúes: por ejemplo, sobre la igualdad entre hombres y mujeres en materia de herencia.

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La transición tunecina es frágil, todavía joven. Su éxito o fracaso tendrá consecuencias para toda la región. Los procesos de reforma social también podrían estancarse –o retroceder– si la visión puritana de Saïed acabara imponiéndose.

Excepcionalidad.- Aunque a los tunecinos –y a los observadores internacionales– les tienta la idea de mostrar al país como un ejemplo, también lo identifican con un caso excepcional. La excepcionalidad tunecina se ha referido ya en otras épocas al hecho de ser un país más cohesionado, más homogéneo o más abierto a las reformas –especialmente, en materia de género– que algunos de sus vecinos. Lo cierto es que mientras que otras partes del mundo árabe sufren el aumento de la represión, Túnez ha ido avanzando –no sin dificultades– por la senda de la democracia y la consolidación institucional.

Recordemos que las del pasado domingo fueron unas elecciones anticipadas por el fallecimiento del nonagenario presidente Béji Caïd Essebsi el 25 de julio. Todo un ejemplo de normalidad y madurez que contrasta con la incertidumbre que se está viviendo en Argelia tras la renuncia de Buteflika.

Pluralidad.- Ningún candidato ha sobrepasado el 20% de los votos. Veintiséis candidatos concurrieron a las urnas. A diferencia de las versiones simplificadoras que tienden a centrarlo todo en la fractura secularismo-islamismo (algo que funciona especialmente bien para audiencias internacionales), la fragmentación del voto y de las opciones políticas responden a la superposición de varias líneas divisorias: centro/periferia, viejo/nuevo, ‘establishment/outsiders’, izquierda/derecha, etc… Lo que algunos podrían leer en términos negativos como fragmentación o atomización tiene un punto más positivo: el reconocimiento de la diversidad y de la necesidad de acuerdos entre sensibilidades distintas para sacar el país adelante. La composición del Parlamento surgido de las elecciones de octubre seguramente reforzará esta tendencia.

Hastío.- Una de las consecuencias negativas de la fragmentación política, acentuada no sólo por las preferencias de los votantes sino por las luchas fratricidas dentro de las organizaciones políticas, es el descrédito de una clase política más centrada en sus enfrentamientos que en afrontar los retos del país. Si a ello le sumamos el delicado estado de la economía, las visibles disparidades regionales y la frustración por no haber alcanzado las esperanzas revolucionarias de 2011, la combinación es peligrosa. La baja participación en las elecciones locales de 2018, seguida ahora por una abstención del 55% en la primera vuelta de las presidenciales, es muy mala señal. Cuando las frustraciones no se canalizan políticamente, suelen tomar otras formas, especialmente en un país donde la gente ha perdido el miedo a protestar.

‘Anti-establishment’.- La primera ronda de las presidenciales ha dado un mensaje clarísimo: si las fuerzas tradicionales no satisfacen las necesidades de los ciudadanos, éstos buscarán respuestas en otros lados. Lo confirma el buen resultado de los candidatos Kaïs Saïed y Nabil Karoui. Hay diferencias entre los dos vencedores de la primera ronda –Saïed ha optado por la frugalidad y la virtud, y Karoui, por el populismo puro y duro–, pero tienen algo en común: se presentan como alternativa a los partidos tradicionales e incluso como víctimas de los mismos.

He aquí otra lección a extraer de los comicios: los países de la orilla sur del Mediterráneo son tan vulnerables a la ola populista y ‘anti-establishment’ como sus vecinos europeos, especialmente si la política tradicional no cumple con las expectativas ciudadanas.

Islamismo.- Aunque Ennahda ya no se reclama como partido islamista sino como conservador, buena parte de sus rivales lo asocia con esta corriente ideológica. Uno de los elementos más destacables son los relativamente malos resultados del candidato de este partido, Abdelfattah Mourou. Con menos del 13%, queda muy lejos del 27% que sacó la formación en las legislativas de 2014. Habrá que esperar a las próximas para ver si se trata del candidato o, efectivamente, los electores empiezan a abandonar el único partido de masas del país. Hay quien dice que una parte de los votantes de Ennahda apostaron por Kaïs Saïed, seducidos por su retórica conservadora en cuestiones morales. Reducir el análisis al enfrentamiento entre islamismo y secularismo deriva en una lectura simplona, de consumo fácil, pero deformadora de la realidad.

Proximidad.- No olvidemos la geografía, siempre la geografía. Túnez es un país relativamente pequeño encajonado entre dos grandes –y hoy inestables– vecinos: Argelia y Libia. Túnez puede ser un puntal de estabilidad o reforzar la incertidumbre a las puertas de Europa. Estamos hablando de uno de los países más cercanos, geográfica y políticamente, al Viejo Continente. Son poco más de 100 kilómetros los que separan las costas tunecinas de Lampedusa, y Túnez es uno de los países que sigue mirando a Europa en búsqueda de apoyo y acompañamiento.

A diferencia de otros países del mundo árabe, en Túnez los europeos siguen teniendo influencia. Y a diferencia de otros actores internacionales como Rusia, China o los Estados Unidos, los europeos son conscientes (o debieran serlo) de que lo que suceda en ese país les afecta directamente. Por lo tanto, aunque sólo fuera porque esté a sólo una hora y medio de vuelo desde Barcelona, prestémosle un poco más de atención.

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