¿Sigue contando la ideología de los partidos?

Pese al constante aumento de la fragmentación y de la polarización partidistas en la mayoría de las poliarquías europeas, pervive en gran medida cierto tópico tradicional de que, en el fondo, los partidos hoy son casi indistinguibles por sus ofertas, diferenciándose tan sólo por sus estilos políticos; ni siquiera por sus acciones de gobierno. Este viejo estereotipo, que mete en un mismo saco indiferenciado a todos (una clásica visión populista que reacciona contra una genérica partitocracia) no se corresponde ni con los programas electorales ni tampoco con las opciones concretas de gobierno. Es cierto que los programas reflejan la visión que estas formaciones quieren dar a la ciudadanía (por tanto, son inevitables dosis de propaganda retórica), pero en esta dimensión no es casual que pervivan diferencias de relieve entre todos ellos. Más bien, el difuso escepticismo cívico contra los partidos obedece a que, una vez en el Gobierno, las grandes políticas no cambian sustancialmente: percepción que tiene cierto fundamento por los constreñimientos de la globalización y la europeización.

No obstante, no deja de tener mucho interés constatar que las ofertas programáticas: 1) suelen ser congruentes con lo esperable de cada familia de partidos a tenor de su tradición; y 2) reflejan que las ideologías no sólo no han muerto (como erróneamente se profetizó tras la caída del Muro de Berlín), sino que gozan de buena salud y no son intercambiables sin más, tal como Thomas Piketty acaba de recordar en su voluminosa obra ‘Capital e ideología’ (Deusto, Barcelona, 2019).

Para ilustrar estas tesis ofrezco una primera aproximación de una investigación personal en curso sobre las grandes familias ideológicas de partidos siguiendo el ya clásico esquema de Klaus Von Beyme (‘Los partidos políticos en las democracias occidentales’, CIS/Siglo XXI, Madrid, 1986). He seleccionado a algún partido prototípico de cada una de las nueve familias ideológicas que este autor sistematiza, con tres añadidos para matizar más la diversificación de tres de ellas: la comunista, la de extrema derecha y la que la literatura académica denomina un tanto impropiamente etnoregionalista.

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Así, siguiendo el orden de Von Beyme, éstos son los partidos seleccionados que ofrecen una muestra representativa de las grandes familias ideológicas: 1) el FDP alemán para los liberales, 2) los tories británicos para los conservadores, 3) el SPD para los socialdemócratas, 4) la CDU para los democristianos, 5) el PC portugués para los comunistas, 6) Die Linke para los postcomunistas, 7) RN, los lepenistas franceses, para la extrema derecha modernizada, 8) ChA, los neonazis griegos, para la extrema derecha clásica, 9) el N-VA flamenco para los nacionalistas sub-estatales etnicistas conservadores, 10) el SNP para los nacionalistas cívicos progresistas, 11) B90/ DG, los verdes alemanes, para los ecologistas y 12) el PSL polaco para los partidos campesinos.

He analizado los programas electorales con los que estos 12 partidos han concurrido a les elecciones nacionales de sus respectivos países entre 2017 y 2019 para calibrar si hay correspondencia entre lo esperable de cada uno de ellos, a tenor de su ubicación ideológica y de la tradición histórica de cada una de las familias, o presentan algún matiz diferencial. En este sentido, hay seis partidos que encajan perfectamente en lo esperable por su colocación ideológica (FDP, PCP, ChA, N-VA, B90/DG y PSL), mientras que los otros seis, sin apartarse en lo esencial de lo previsible, presentan alguna particularidad frente a la tradición ideológica de su familia (CP, SPD, CDU, DL, RN y SNP).

Dentro del primer grupo, el FDP se reafirma como partido centrista, rotundamente contrario a los extremismos. Es favorable a un Estado ligero, con menos burocracia y menos reglamentaciones, y defensor incondicional de la economía de mercado y de las recetas liberalizadoras, privatizadoras y desreguladoras. Es la principal razón por la que apoya la culminación de la integración europea.

El PCP se sitúa en las antípodas: marxista-leninista, anticapitalista y patriótico, favorable a construir el socialismo y el comunismo bajo la dirección de la clase obrera como fuerza social determinante. No hay la menor autocrítica por el fracaso del socialismo real y, en lo inmediato, promueve el máximo papel activo del Estado en cuestiones económicas y sociales y se opone a la federalización europea por antidemocrática y capitalista.

Los neonazis griegos defienden un ultranacionalismo étnico, rechazan toda la tradición liberal ilustrada, exaltan la religión ortodoxa, rechazan frontalmente la UE y atizan la xenofobia anti-inmigrante.

El N-VA opta por un nacionalismo de tintes étnicos y de soberanismo flamenco: exige un férreo control de la inmigración y un refuerzo de la seguridad, apuesta por recetas económicas neoliberales y defiende una UE menos intrusiva.

Los Verdes alemanes asumen como prioridad la lucha contra la crisis climática, rechazan el neoliberalismo, defienden a las minorías y a los inmigrantes y apoyan la plena integración europea.

Por su parte, el PSL es un típico partido que defiende los intereses corporativos de agricultores y ganaderos y exige más protección rural, más inversiones y facilidades para el ahorro, y desconfía de los tratados de libre comercio.

En el segundo grupo, los tories son totalmente previsibles con relación a su tradición al rechazar cualquier cambio constitucional y electoral sustancial en su país, exigir el refuerzo de la seguridad y los valores de siempre y controlar mucho más la inmigración. La novedad consiste en haber abrazado el neoliberalismo económico casi sin matices, algo que se separa un tanto del paternalismo social típico de esta familia ideológica.

El SPD apuesta por corregir las disfunciones de la desregulación de los mercados y aumentar los derechos sociales y los servicios públicos. Las novedades radican, de un lado, en la incorporación de reivindicaciones ecologistas y feministas y, de otro, en preconizar una política migratoria ordenada.

En el caso de la CDU, lo previsible es su rechazo de todo radicalismo y su visión cristiana de las personas y las familias. La relativa novedad radica en su asunción bastante acrítica del neoliberalismo económico (lo que la aparta de su vieja tradición) y sus mayores reservas con relación a la integración europea, al pasar del federalismo de los padres fundadores a un claro repliegue nacionalista.

En Die Linke es previsible su rechazo del neoliberalismo, siendo algo más novedosa su plena asunción del Estado del Bienestar (antes reputado capitalista) e incluso de la integración europea, aunque no comparta el actual modo que sigue la UE.

Para RN, es previsible su énfasis en la soberanía nacional, la identidad francesa, la seguridad y el rechazo de los inmigrantes, pero es nueva su crítica al neoliberalismo y su viraje proteccionista y hasta anti-oligárquico para defender los franceses primero.

Por último, el SNP ha optado por recetas socialdemócratas, reivindica permanentemente la autodeterminación y defiende una nación cívica y no étnica. Lo novedoso en su trayectoria ha sido su decidida apuesta por la integración europea.

De forma muy esquemática, en los dos grandes ejes de la política europea (el horizontal de más mercado o más Estado y el vertical de más inter-gubernamentalismo o más supranacionalidad) cabe agrupar así a estos partidos: los más favorables al mercado son FDP, CP, CDU y N-VA; los más estatistas son PCP, DL y ChA, y ocupan una posición intermedia SPD, RN, SNP, B90/DG y PSL. En la dimensión vertical, los inter-gubernamentalistas son CP, CDU, PCP, RN, ChA, N-VA y PSL, mientras que los supranacionalistas son FDP, SPD, DL, SNP y B90/DG.

En conclusión: 1) las ideologías cuentan, 2) los entrecruzamientos transversales según ‘issues’ se producen, y 3) la práctica política sí varía en función de lo prometido en los programas, que no resultan ni irrelevantes ni intercambiables.

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