Sin dimensión global, el ‘Green Deal’ no funcionará

Revisando los tres grandes objetivos del ‘Green Deal’ se constata que, para lograrlo, la Unión Europea (UE) debe convertirlos en elementos transversales de su política exterior y de seguridad común; porque ninguno de ellos es alcanzable pretendiendo actuar sólo dentro de sus fronteras.

El primer objetivo es el de la eliminación de todas las emisiones de CO2 en 2050, lo cual exige una transformación tecnológica, energética e industrial de implicaciones globales, así como la consecución de un claro liderazgo europeo en las mismas.

El segundo objetivo del Green Deal es el crecimiento sostenible, la no utilización de recursos naturales no renovables y la estabilización de los ecosistemas garantizando la preservación de toda la biodiversidad, sin excepción, cuestión que por definición es también global, universal.

Y en tercer lugar, este proceso no debe dejar a nadie atrás, ni personas ni regiones o lugares, principio que debe entenderse también desde una perspectiva de integración amplia. Sería absurdo cerrar nuestras fronteras para provocar fuera de ellas fenómenos inversos a los que se incentiven en la Unión, ya sea en nuestra región o vecindario, o en otros lugares del mundo.

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La consecución de esos tres objetivos exige un cambio en la acción global de la Unión, y su inclusión en la gestión de su relación con el resto del mundo en todos los ámbitos: comercial, industrial, tecnológico, de seguridad, cooperación y vecindad. Por supuesto, al mismo tiempo Europa debe continuar con su filosofía de exportación de valores democráticos y de reglas basadas en el Derecho internacional, así como en la sostenibilidad como garantía de bienestar (también la social), pero con una actitud totalmente transformada.

Para lograr esos objetivos, inalcanzables con actuaciones restringidas al interior de la Unión, que nadie se engañe: Europa debe fortalecer su soberanía y autonomía estratégica. Ha llegado el momento de que sea más asertiva en su actitud exterior si desea resolver sus problemas internos. Ese nuevo planteamiento y actitud debe materializarse con claridad en tres ámbitos: tecnológico y digital, primero; energético, en segundo lugar pero por separado por su evidente trascendencia; y tercero, geopolítico, porque no deben pasar por alto las consecuencias que los profundos cambios que se pretenden en política industrial, energética y sobre el modelo de crecimiento y desarrollo van a generar sobre nuestros vecinos.

Para reforzar su soberanía estratégica industrial y tecnológica, Europa debe dar un paso adelante superando el mercado único, envolviéndolo como parte fundamental, pero no exclusiva, de una gran región industrial única e integrada. Para ello, debe ser capaz de impulsar a sus principales actores tecnológicos logrando lo que sucedía no hace tanto tiempo: que grandes empresas transnacionales europeas de dimensión comunitaria ejerzan como embajadoras del ‘Green Deal’ y de sus implicaciones en el mundo global; y, por supuesto, las regulatorias, elemento clave del tradicional soft power europeo, mientras compiten con éxito desde sus principios básicos verdes y valores políticos reconocidos.

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Al mismo tiempo, la Unión debe alinear el mercado único con esos objetivos externos, acabando con las contradicciones y distorsiones comerciales que hoy existen, considerando las emisiones de carbono generadas en la producción de bienes y servicio, las ayudas de Estado, la fiscalidad, y habilitando una verdadera capacidad de escrutinio sobre inversiones extranjeras que garantice no sólo reciprocidad, sino el cumplimiento de los objetivos últimos del Green Deal.

Hacia fuera, hay que asumir la nueva realidad global, un mundo que no es el del multilateralismo perfecto largamente perseguido (y al que no se debe renunciar), sino de polos de cooperación o de coordinación (utilizando la expresión de José Borrell, Alto Representante de la Unión Europea para Asuntos Exteriores). En esta realidad, la UE debe reforzar e impulsar acuerdos en ámbitos prioritarios e imprescindibles para poder certificar esa autonomía estratégica también en lo tecnológico y energético. Constituyen una absoluta prioridad los acuerdos pendientes con China y Mercosur, la reconstrucción de la relación con Estados Unidos (destrozada por la Presidencia de Donald Trump), la nueva con el Reino Unido tras el Brexit, África, así como la actualización de la presencia de la Unión en los principales fondos de desarrollo y organismos multilaterales de carácter económico en su más amplia acepción.

Todo ello debe verse complementado en el campo de la política exterior por una actitud mucho más decidida que la tradicional exportación de valores europeos, en ocasiones condicionada a otras políticas como el respeto al Derecho internacional, la democracia y los derechos humanos; un esquema necesario, pero insuficiente.

Probablemente, el mejor ejemplo de que ese esquema ya no sirve se encuentra en nuestro vecindario, tan agitado por el este (Bielorrusia, Cáucaso, Ucrania) como en el Mediterráneo. Resulta de una ingenuidad infinita pretender transformar con la profundidad planteada el patrón industrial y energético de la Unión sin afectar de alguna manera a los frágiles vecinos cuyas economías son totalmente dependientes, al menos a corto y medio plazo, de la exportación de hidrocarburos a Europa.

Antes de la Covid-19, la crisis reciente más grave que sufrió Europa fue la de la oleada de inmigración generada por el conflicto sirio y su tránsito a través de Turquía hasta Grecia. Hoy vivimos un nuevo foco de tensión en el Mediterráneo oriental directamente ligado a la explotación de hidrocarburos, con protagonistas tan críticos para la seguridad europea como Turquía, además de Libia o incluso Egipto, Líbano e Israel. En el Mediterráneo occidental, la vulnerable Argelia subsiste y resiste gracias a sus exportaciones de gas y petróleo, y hasta la fecha no parece que haya otra vía para garantizar su estabilidad y, con ella, la de sus vecinos como España, por otra vía que no sea la de dar certidumbre a esos flujos. Si se introduce la variable migratoria en la ecuación, y la constatación de que no sólo estamos hablando de una frontera natural como es un mar, sino de un continente vecino con la rotundidad de lo que expresa la palabra África, la cuestión se vuelve mucho más estratégica e, incluso, vital.

La implicación en seguridad es también evidente y una obligación para la UE, que debe reforzar sus instrumentos comunes en esta materia en un contexto en el que EE.UU. está replegándose y abandonando su rol de principal respaldo estratégico en el Viejo Continente, y en el que debe replantearse el papel de la OTAN.

En definitiva, el Green Deal exige, hacia dentro, una Europa que ha de avanzar hacia su conversión en una región industrial única e integrada que subsuma el mercado único aprovechando los instrumentos de los que dispone, en particular el Plan y Fondo Europeo de Recuperación y Resiliencia; y hacia el exterior, alineando todas sus políticas de alcance global a una realidad de polos de cooperación y coordinación. Todo ellos exige determinación, una UE reforzada y asertiva en este ámbito global, y el convencimiento social y político de que, sin ese acompañamiento, si las políticas se restringen exclusivamente a actuaciones sobre nuestro territorio, el Green Deal no alcanzará los objetivos planteados.

(Este análisis forma parte del proyecto ‘Green Deal. La oportunidad de Europa’, producido por Funcas y Agenda Pública con el apoyo de ‘Hablamos de Europa’)

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