Sin el Reino Unido  

Decía Michel Barnier, negociador de la Unión Europea, que la retirada británica “no tiene valor añadido, es una negociación sin consecuencias positivas, un juego en el que todos pierden”. Poco cabe añadir, a estas alturas, sobre los costes que para todos tendrá esta frustrante retirada. Sin embargo, ¿no podría haber también, para la Unión, un dividendo ‘Brexit’? ¿No podría desprenderse alguna consecuencia positiva de la ausencia de un socio tan reticente? ¿Cuál ha sido la dimensión del freno británico en la historia de la integración europea?

La noche del 14 de noviembre, tras conocerse la decisión del Gobierno británico de respaldar el acuerdo de retirada, un diputado laborista, el remainer Peter Kyle, decía ante las cámaras de la CNN que si el federalismo europeo no había avanzado en las últimas cuatro décadas, se debía al veto británico. Ahora, se lamentaba Kyle, el Reino Unido perdería la capacidad de impedir la puesta en marcha de un ejército europeo o una comisión supranacional: “Nosotros éramos la fuerza que frenaba todo aquello”.

En nuestros días, los obstáculos para el progreso de la integración europea son muchos y muy diversos. No desaparecerán con motivo del Brexit. Pero no es menos cierto que a medio plazo la ausencia de un socio tan reticente y tan relevante se dejará notar. Una mirada a los primeros pasos de la integración europea nos recuerda la dimensión histórica que ha tenido el freno británico, que ahora toca su fin.

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El primer esfuerzo continuado y sistemático del Reino Unido por obstruir la integración europea data de finales de los años 40 y se refiere nada menos que al fallido intento de Estados Unidos de hacer del Plan Marshall no sólo un programa de ayuda, sino para impulsar la integración económica y política de Europa, con el fin de que ésta pudiese resistir la amenaza soviética.  

Desde el verano de 1947, Washington luchó por hacer de la OECE una organización fuerte, con una institución central con competencias y autonomía, y un liderazgo político capaz de definir un interés común más allá de los nacionales. Durante dos años la integración europea fue, para los norteamericanos, un objetivo frustrado. La causa principal de que no prosperase fue la resistencia británica. El Gobierno de Londres, que en los planes estadounidenses debía liderar la integración, se opuso a cada una de las propuestas planteadas con este fin: a la definición de un programa común, a la asignación multilateral de fondos, al establecimiento de una institución central con competencias relevantes, al nombramiento de personalidades con capacidad de liderazgo… También dificultaron los esfuerzos por la convertibilidad monetaria, la eliminación de las cuotas y el desarme arancelario. Por supuesto, no siempre defendieron estas posiciones en solitario: bien al contrario, trabajaron para ganar el apoyo de los otros estados europeos y frenar las iniciativas de integración.

La correspondencia de Washington con sus embajadas en Londres y París en esa etapa refleja la exasperación de los norteamericanos, que se referían a la actitud británica con el término ‘obstrucción’. Hasta el otoño de 1949, el Departamento de Estado no comenzó a asumir la imposibilidad de que el Reino Unido liderase la integración europea, abriendo el camino a una Francia inicialmente dubitativa, que asumiría ese papel en mayo de 1950.

El segundo esfuerzo del Reino Unido por obstruir la integración europea data precisamente de 1950 y tiene lugar en el marco de las negociaciones del Plan Schuman. El Gobierno británico, que no había sido informado previamente, recibió la propuesta con frialdad y cuestionó de inmediato los elementos supranacionales del Plan. Jean Monnet, gran admirador y conocedor de los británicos, se mantuvo firme: “Las propuestas de Schuman o son revolucionarias o no son nada”.  

Si los seis estados fundadores pudieron resistir el esfuerzo británico por obstaculizar el proyecto a lo largo de los meses que siguieron fue, en gran medida, gracias al apoyo norteamericano. Estados Unidos, consciente de que la integración sólo sería posible si la impulsaban los propios europeos, adoptaron una política de discreción, pero desde el primer momento se manifestaron dispuestos a ejercer su influencia si los británicos trataban de obstruir las negociaciones, como efectivamente sucedería. Los documentos del Departamento de Estado en este período se refieren a la actitud británica con el término ‘sabotaje’. El embajador norteamericano en Londres escribía que los británicos pretendían desenganchar a las otras potencias: “Por un lado, no estaban dispuestos a participar en la propuesta de Schuman y, por otro, no estaban dispuestos a pagar las consecuencias de no unirse”. La única forma en que podían escapar de ese dilema era frustrar la totalidad del proyecto o redefinirlo a su manera”. Cabe preguntarse qué efectos habría tenido la actitud británica si Washington no hubiese transmitido a las capitales europeas, Londres incluida, tan firme apoyo.  

Resulta difícil exagerar la dimensión del freno británico, que ha marcado desde sus primeros pasos la historia de la integración europea. Su esfuerzo por dificultar la integración, en aquellos años, es sólo comparable al esfuerzo norteamericano por hacerla posible.

Sin embargo, la mirada al pasado pone también de manifiesto lo poco que queda de los motivos que los británicos invocaban para justificar su falta de colaboración en aquellos esfuerzos tempranos por la integración. Ni el Imperio, ni los flujos comerciales con la Commonwealth, ni las dificultades del área esterlina, ni el énfasis en la planificación de aquel Gobierno laborista… Sí persiste, en cambio, esa reticencia a ceder soberanía y compartir su destino con el continente en los momentos en el que su debilidad parece más manifiesta. Tras la reticencia británica latía entonces, como decía Jean Monnet, un cierto pesimismo sobre Europa, que sin duda asoma también en estos tiempos difíciles.

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