Sistema electoral: hablemos de principios

Es curioso: Vox pide en su programa electoral que el voto de todos los españoles “valga lo mismo”. Pero durante las dos décadas que militó en el Partido Popular, Santiago Abascal no dijo esta boca es mía al respecto, y parecía estar encantado con un sistema electoral que –a pesar de tratar de modo palmariamente desigual a los españoles–  les beneficiaba, y mucho, a él y a los suyos. Ha sido cambiar de partido y poner el grito en el cielo… envidiable coherencia.

En el propio Partido Popular, por lo demás, no le van a la zaga. Se han hinchado a denunciar lo que ellos denominaban “pactos de perdedores”. El único que tenía derecho a gobernar era el partido más votado. Cualquier otra cosa suponía –afirmaban muy serios– pisotear los valores democráticos más elementales. Pero hete aquí que al día siguiente de los resultados andaluces, se olvidan de todo aquello y desbancan sin problema alguno al partido más votado, el PSOE.

¿Y qué decir de ese mismo PSOE? Alfonso Guerra condenó durante sus años virginales –antes de tocar poder– un sistema electoral en el que, decía, votaban las hectáreas y no los ciudadanos. Fue llegar a Moncloa y blindar ipso facto ese mismo sistema electoral: ahora (entonces) les beneficiaba. Era 1985, pero ese sistema electoral que los socialistas convirtieron el ley orgánica es más antiguo, más que nuestra propia democracia: nació en 1976, diseñado por los hombres –mujeres no había– del último Gobierno de la dictadura franquista. Aún lo padecemos.

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Que ese sistema electoral ha de reformarse parece fuera de toda duda. No sólo se encuentra completamente deslegitimado para la ciudadanía, sino que parece evidente que es en buena medida uno de los principales motores que alimentan la creciente desafección con respeto a la política. Pero, ¿cómo abordar esa reforma? Como los ejemplos demuestran, los partidos políticos no son de fiar a la hora de juzgar las normas electorales. No pueden serlo, porque su mera existencia depende de esas mismas normas. Dejar que sean ellos los que establezcan las disposiciones electorales es tan prudente como poner al zorro a vigilar a las gallinas.

Por eso son tan importantes los principios. Los partidos políticos se guían por intereses, pero también cabe guiarse por principios, y lo principios no cambian con cada nueva situación. Hay al menos dos que parecen irrenunciables, porque pertenecen a la misma esencia de la democracia. Uno es el principio igualitario: todas las voces, todos los votos, deben influir por igual. Si somos iguales ante la ley, entonces hemos de ser iguales a la hora de votar a quienes elaborarán esa misma ley.

Otro es el principio de mayoría: en todo aquello sujeto a decisión por parte de la política ordinaria –esto es, todo aquello que no sea un derecho, porque los derechos no se negocian–, ha de ser la voluntad de una mayoría la que decida. Hay muchos otros principios, claro, pero éstos dos no parecen discutibles bajo cualquier comprensión de la voz democracia que se albergue.

Un tercer elemento es la proximidad. La dependencia de los elegidos hacia los electores, es decir, que los primeros estén sometidos sobre todo a sus votantes, no a la ubicación en las redes de simpatía o ‘lealtad’ a los líderes partidarios. De ahí que hayamos avanzado propuestas que, junto a la proporcionalidad y a la igualdad, aseguran una relación más directa entre los ciudadanos y los representantes.

Los tres principios, sin embargo, se ven pisoteados por nuestro sistema electoral: en España ni el voto es igual, ni es la mayoría la que gobierna, ni los representantes miran hacia los votantes, sino hacia las cúpulas. Por eso es tan importante debatir sobre los muchos problemas de nuestro sistema electoral, y por lo mismo es crucial hacerlo desde los principios democráticos y no desde los intereses partidistas. Es lo que intentamos en Reformar el sistema electoral, el segundo título de una colección auspiciada por Más Democracia y publicada por Gedisa, que persigue hacer llegar a la ciudadanía los grandes temas que tiene planteados nuestro modelo político; a razón de una vez al mes, en clave divulgativa. Para que podamos debatir con conocimiento de causa. Y para que, entre todos, mejoremos nuestra democracia.

Si quieren unirse… adelante.

Autoría

1 Comentario

  1. Antonio Villar
    Antonio Villar 02-02-2019

    Hay quizás otro principio a tener en cuenta: el 100% de los escaños para el 100% de los electores. O sea que si vota el 70% sólo deberían ocuparse el 70% de los escaños. Esto induciría a los partidos a incentivar la participación y en cada sesión parlamentaria los asientos vacíos serían un recordatorio de la desafección de una parte de la ciudadanía. De paso nos ahorraríamos un dinero en salarios, complementos, etc.

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