¿Son los verdes la nueva esperanza progresista?

Resulta  un tanto exagerado hablar de una imparable ola verde porque, en su caso, está bastante circunscrita a unos cuantos países de la UE. Es muy prematuro dar por sentado que los verdes serán pronto la alternativa a la socialdemocracia y la izquierda post-comunista; y ello pese al estancamient (si no retroceso) de estos dos espacios en un contexto en el que ciertamente es creciente la preocupación social por el grave cambio climático planetario. Más bien se puede pronosticar que los verdes van a ser un tercer ingrediente consolidado del campo progresista, pero ni en todas partes ni mucho menos como principal fuerza de modo generalizado.

La impresión expresada por diversos analistas de que los verdes pueden acabar desplazando del liderazgo progresista a los partidos tradicionales de la izquierda se ha visto reforzada, sin duda, por los magníficos resultados que obtuvieron en las elecciones regionales de Baviera del 14 de octubre de 2018. En este caso, se convirtieron en la segunda fuerza (tras la CSU), con el 17.8% (más de nueve puntos con relación a las anteriores elecciones) tras el desplome del SPD.

Sin proponérselo, los verdes alemanes (Bündnis 90/ Die Grünen) se han acabado convirtiendo en una especie de partido-guía para los partidos de esta familia ideológica en otros países europeos, y su ejemplo ciertamente está cosechando éxitos: en Holanda, Déi  Gréng ha obtenido 10 escaños más; en Luxemburgo, los verdes han pasado del 10% al 15%; en Bélgica Ecolo y Groen han obtenido excelentes resultados municipales, y la presencia parlamentaria ecologista en Dinamarca (7,8%), Finlandia (8,5%) o Suecia (6,1%) es apreciable.

Sin embargo, no pueden ignorarse algunos factores que relativizan estos datos: 1) el electorado verde es bastante volátil (aunque su fiel base juvenil y femenina siga siendo importante, la actual captación de profesionales podría ser más circunstancial); 2) la implantación de estos partidos está circunscrita a unos cuantos estados europeos; y 3) la fuerza del Partido Verde Europeo (PVE) en el Parlamento Europeo es modesta (es la sexta formación).

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En este último caso, los verdes comparten, además, grupo parlamentario con Alianza Libre Europea (ALE), nacionalistas sub-estatales de centro-izquierda, una singular alianza ya tradicional entre opciones bastante diferentes: una claramente cosmopolita (PVE) y otra centrada en la reivindicación autodeterminista de las verdaderas naciones frente a la artificialidad de los estados (ALE).

Históricamente, los verdes no proceden de la tradición política e ideológica obrerista y se vinculan a los convencionalmente denominados nuevos movimientos sociales, portadores de valores post-materialistas (Inglehart), correspondiendo  a la tipología de partidos GAL (Green, Alternative, Libertarian) frente a los partidos TAN (Traditionalist, Authoritarian, Nationalist), según la terminología de L. Hooghe  y G. Marks en ‘A Postfunctionalist  Theory of European Integration. From Permissive Consensus to Constraining Dissensus’ (British Journal of Political Science, 39, 1, 2008).

Hoy, los verdes ya no son ‘sólo’ partidos post-materialistas, sino que proponen muchas reformas típicamente materialistas para mejorar la calidad de vida de los ciudadanos. Por tanto, su discurso combina diversos objetivos: defensa medioambiental, expansión de derechos individuales, justicia social, integración europea, regulación de los mercados o fronteras abiertas a la inmigración.

En efecto, de partidos ‘antisistema’ han devenido en partidos reformistas confiables como socios de gobierno junto con los partidos convencionales. En este sentido, los verdes son partidos ‘normalizados’ e integrados en el sistema: ya no son una alternativa radical al mismo, sino una fuerza progresista más que actúa en su seno para reformarlo, y por esta razón son favorables a la economía mixta (sostenible) y a la integración europea (con justicia social y más democracia).

Esta integración sistémica ha conllevado el paso de partidos aficionados a partidos plenamente profesionalizados, pues los constreñimientos electorales e institucionales obligan. Estas adaptaciones provocaron tensiones y rupturas (con el conflicto entre realos y fundis en los verdes alemanes durante los años 80 como paradigma), pero al final se impusieron en todas partes los pragmáticos, que acabaron configurando partidos más similares a los convencionales, sin perder algunos de los rasgos iniciales como el corrientismo, la descentralización o la paridad, por ejemplo (ver la indispensable obra ‘Green  Parties  in Transition. The  End of Grass-roots Democracy?’, Ashgate, Farnham, 2008).

En conclusión, el desgaste de la socialdemocracia y el estancamiento de los post-comunistas no asegura, en absoluto, que los verdes vayan a ocupar su espacio: 1) su implantación europea es demasiado desigual, puesto que en los países del Sur y del Este son débiles; y 2) su denominación les sigue haciendo parecer como partidos ‘sectoriales’. Ciertamente, los verdes hoy defienden programas generalistas, pero la percepción en bastantes sectores de las opiniones públicas de varios países es que se trata de partidos especializados, que sólo están interesados en cuestiones medioambientales, algo insuficiente si se pretende ofrecer una alternativa global de gobierno. Aunque es cierto que los Verdes ya la ofrecen, debiera quedar claro que no van a ser, por definición, la nueva fuerza hegemónica en el campo progresista. Es posible que en más de un país lo acaben siendo pero, en general, tendrán que compartir ese espacio con las izquierdas tradicionales, y en la búsqueda de acuerdos entre todos ellos pudiera abrirse una perspectiva de futuro interesante para los que aspiran a cambiar el statu quo.

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