¿Sonidos repetidos? Los militares en América Latina

Todavía no se acallaron los sonidos de la violencia, de manifestantes que destrozan bienes públicos, de policías que tiran indiscriminadamente sobre los revoltosos, de militares que apalean a los pobladores. Son sonidos que conocimos en el pasado y que atemorizan porque anuncian el deterioro de la democracia.

Estas democracias latinoamericanas cometieron numerosos errores. Primero, las administraciones post autoritarismo fueron esquivas a la hora de enjuiciar a los militares que usurparon el poder o que apoyaron gobiernos dictatoriales. Así, los gobiernos renunciaron a implantar la justicia, manteniendo parcelas de arbitrariedad e impunidad. Segundo, en pos de asegurar su continuidad, varios presidentes manipularon, o intentaron hacerlo, las normas constitucionales, electorales y penales. Con esa misma finalidad, esos gobernantes recurrieron a los militares para asegurarse detentar el poder.

El retorno democrático logró que los militares regresaran al cuartel. Pero en los últimos años, nuevamente, las fuerzas armadas incrementaron su participación en la política. Sin embargo, estos procesos son diferentes de la historia anterior. La politización y la policialización de los militares se han convertido en dos formas de aumentar su injerencia en la política, con el consiguiente deterioro de la institucionalidad del Estado de Derecho, sin que sea necesario la toma directa del poder.

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La creciente inseguridad y un aumento de la violencia ciudadana, justificaron, en todos los países latinoamericanos, que las fuerzas armadas directa o parcialmente se ocuparan del orden público. A pesar de no figurar como la misión central de las instituciones castrenses, la realidad es que hoy es una de sus funciones primordiales. Debido al incremento de actividades vinculadas a cuestiones de narcotráfico, crimen organizado, o para detener a manifestantes descontentos por la nueva marginación social, muchos gobiernos recurren nuevamente a las fuerzas armadas ante un hipotético desborde de las fuerzas de seguridad.

Sin que se modifiquen sus doctrinas, su entrenamiento o su equipamiento, estos militares pueden dedicarse indistintamente a atacar redes terroristas, a perseguir al crimen organizado, a enfrentar movimientos políticos, a defender la extracción abusiva de recursos naturales, a participar en misiones de paz bajo el paraguas de las Naciones Unidas, e incluso, a defender fronteras y soberanía, que es el rol tradicional históricamente asignado.

Al mismo tiempo, los militares se han convertido en sostén y aliados, de gobiernos, tanto hacia la derecha como hacia la izquierda. En Venezuela, las fuerzas armadas se convirtieron en el instrumento de mediación y apoyo político para la ejecución del Proyecto Bolivariano, extendiendo además el control militar sobre la economía. Maduro habla de la “dirección política militar” del proceso venezolano. “Maduro decidió conservar el poder por la fuerza y comprar la lealtad de quienes se lo garantizan”.

Evo Morales dedicó buena parte de su gestión a cautivar a los militares quienes pasaron de considerarlo un traidor a la patria, a verlo como el artífice de la estabilidad política y económica. Con astucia, en poco tiempo los reconvirtió en aliados de su gobierno. La versión oficial hablaba de “unas Fuerzas Armadas con la misma raíz pero fundamentalmente con la misma conciencia y memoria de su pueblo”. No obstante, esas fuerzas amigas sugirieron la renuncia del presidente, se reacomodaron rápidamente con las nuevas autoridades y aceptaron reprimir a ese pueblo. La corporación tiene su peso.

La politización de los militares vino también de la mano de candidatos de derecha. El excapitán del Ejército, Jair Bolsonaro, ha despertado una estridente euforia militar, con un discurso que denigra a los políticos, reafirma los “valores” de los uniformados y celebra las dictaduras militares del continente. La alianza entre el presidente de Colombia, Iván Duque, y los militares tuvo su traspié con el erróneo informe militar que el mandatario presentó en la Asamblea General de las Naciones Unidas en septiembre pasado. Ello no invalidó el constante apoyo de Duque las fuerzas y la creciente habilitación a militares para patrullar las ciudades.

Un rápido repaso por varias páginas web nos permite mirar fotos del presidente Sebastián Piñera de Chile, llamando a la calma resguardado por militares. También registran al presidente de Ecuador, Lenin Moreno, convocando a la pacificación rodeado de policías y militares. En los primeros días de octubre el presidente de Perú, Martín Vizcarra, junto a los jefes de las Fuerzas Armadas y de la Policía apela al respaldo ciudadano, tras la disolución del Congreso.

Entre académicos y políticos existe una amplia coincidencia sobre los requisitos necesarios para que las fuerza armadas se adapten al juego democrático. La literatura sobre un eficiente control democrático, las prerrogativas y las impugnaciones militares, el fortalecimiento de los ministerios de defensa regulando rigurosamente las políticas y directivas militares, el debate sobre el presupuesto en defensa o el tamaño adecuado de las fuerzas, acompañaron amplios debates en momentos de la post dictadura para evitar la autonomía militar.

Todos estos trabajos remarcaban que era central comprometer a los militares con los valores democráticos. El proceso de democratizar el sector defensa tuvo avances y retrocesos. Si bien los golpes de Estado del pasado parecían desterrados, nuevas formas de poder militar emergieron en el continente. Los militares a veces no intervienen directamente en las numerosas crisis de los países de la región, pero en muchas ocasiones están desempeñando un papel destacado en el manejo de los conflictos.

De todos estos procesos, las fuerzas armadas han salido revitalizadas. Tanto sea porque se insertaron en la estructura de gobierno, o porque los principios del control civil se desvanecieron. Posiblemente con satisfacción, los militares retoman poder, secundando a líderes políticos o imponiendo un candidato civil. Pocos años antes, retornaron abochornados a los cuarteles, acusados de abusos sobre los derechos humanos, impericia, corrupción, violencia. Es aún más lamentable que en todos estos sucesos no sólo suenen el ruido de botas, también resuenan como una profunda crisis de la democracia, que con tanto esfuerzo logramos conseguir.

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