Soplar y sorber: ¿es el crecimiento verde un oxímoron?

Sentemos las bases para este artículo. Creamos sin condiciones en la Ciencia: en 2040 o, como máximo, en 2055 las emisiones netas de CO2 deberían reducirse a cero para que el calentamiento global no supere 1,5º respecto a niveles preindustriales. Stop. No hacerlo supondrá consecuencias catastróficas para la vida en el planeta. Stop. Si reaccionamos rápido, aún estaremos a tiempo de hacer algo para evitarlo. Full stop.

Si no está dispuesto a creerlo, es mejor que lo deje y vuelva a los textos sobre los alunaki y sus aventuras interestelares. El resto, sígannos en este razonamiento.

Ahora, la pregunta que debemos hacernos es cómo reducir las emisiones, y la primera respuesta sobre la mesa de los principales organismos y grupos políticos es el llamado crecimiento verde. Pero, ¿existe respaldo empírico que nos permita visualizar un mundo que combine crecimiento con la reducción de emisiones necesaria para alcanzar el objetivo de mantener el aumento de la temperatura del planeta por debajo de los 2º? La respuesta, según un reciente estudio desarrollado por Jason Hickel y Giorgios Kallis, es negativa. No se puede crecer y ‘descarbonizar’ la economía; soplar y sorber al mismo tiempo.

Crecimiento ilimitado: origen y consecuencias

La Economía ortodoxa necesita del supuesto de que las necesidades humanas son ilimitadas; o sea, que todo consumidor siempre querrá tener más unidades de algún bien. Esto, unido a un mundo finito, genera un problema de escasez, que se encarga luego de solucionar asignando los recursos de una forma eficiente. Este supuesto de inicio desempeña un papel esencial en la justificación ideológica del crecimiento económico como objetivo central de toda sociedad. En efecto, si nunca es posible llegar a tener cubiertas las necesidades, entonces nunca se debe parar de crecer. Pero, ¿tiene sentido este escenario?

[Con la colaboración de Red Eléctrica de España]

Independientemente de la validez de la premisa, hay que cuestionarse, además, el crecimiento como una medida de bienestar. Aunque existe un acuerdo generalizado sobre la necesidad de un cierto nivel económico para mejorar las condiciones de vida, no existe ninguna evidencia que demuestre que a partir de un cierto límite, mayor renta equivalga a una mejor calidad de vida. De hecho, cualquier indicador que observemos sobre calidad de vida contradice directamente esta premisa, y observamos que lugares con menores rentas como Costa Rica, España o Grecia, obtienen mejores resultados que otros con ingresos mucho más altos.

El crecimiento económico medido con el Producto Interior Bruto (PIB), a pesar de ser una magnitud precisa, presenta muchas limitaciones como indicador de progreso y bienestar social. El propio creador del indicador (Kuznets), llegó en su momento a criticar el PIB preocupado de que no fuera la mejor medida posible del bienestar de los ciudadanos. Esta visión fue cristalizada por Robert Kennedy cuando, en 1968, declaró que “lo medía todo, excepto todo lo que hace que la vida valga la pena”. Por ello, en los últimos años se han buscado medidas alternativas, y países como Nueva Zelanda y Bután ya han adoptado otros indicadores para centrarse en el bienestar real de la población.


Este artículo no pretende debatir entre crecimiento y decrecimiento, sino situar al lector en la posición de post-crecimiento en la que se encuentran las economías desarrolladas. Cuando tenemos las necesidades materiales cubiertas, tendemos al consumo de servicios. ¿Seremos capaces de vivir dentro de los límites del planeta si ‘desmaterializamos’ sustancialmente el consumo?

Sostenibilidad y uso de recursos

Para alcanzar un futuro sostenible (entendiendo por sostenible una acepción de mínimos, esto es, que las necesidades de las generaciones presentes no comprometan la satisfacción de las necesidades de las generaciones futuras), no es suficiente con disminuir las emisiones de gases de ‘efecto invernadero’, sino reducir drásticamente el consumo de recursos no renovables en el planeta. Siendo honestos con nosotros mismos y con las generaciones futuras, todo apunta a que va a ser complicado que seamos capaces de ganar la primera de las batallas, esto es, la de las emisiones.

Si observamos el gráfico elaborado por el IPCC (Panel Intergubernamental para el Cambio Climático, en sus siglas en inglés) que nos llevaría a un escenario de un aumento menor de 2º y, por consiguiente, a un futuro en el que la vida en el planeta no estuviera cuestionada, la curva se parece más a la voluntad de un obeso de cambiar de vida con el nuevo año que a la de un corredor de medio fondo que se prepara para las distancias largas.

En la segunda, el panorama es aún más desolador: entre 1980 y 2009, el consumo de recursos ha aumentado en un 98%, a un ritmo de un 2,4% anual (Giljum et al. 2014), y cada año vemos cómo la huella ecológica (entendida esta como la relación entre la demanda de recursos ecológicos y la capacidad de regeneración del planeta) se agota antes cada año: en julio de 2019, habíamos consumido toda la capacidad de regeneración del planeta para este curso.

Como ejemplo de la dificultad de alcanzar estos objetivos, si sumamos los esfuerzos de las Contribuciones Nacionales Determinadas y de las Contribuciones Nacionales Previstas (NDC y INDC, en sus siglas en inglés), el calentamiento global está proyectado llegar a 3,3º, muy por encima de la línea de no retorno establecida en los 2º.

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Ante este panorama, expertos del IPCC han diseñado 116 escenarios que pueden garantizarnos mantener el planeta bajo ese límite, en función de la adopción de diferentes políticas de mitigación. Todas ellas asumen como básico el principio del crecimiento verde, contemplando como indispensable un crecimiento sostenido de la economía. De esta forma, el grueso del debate se centra en torno a la oferta: cómo podemos producir cada vez más bienes y servicios reduciendo cada vez más el uso de recursos y la generación de emisiones. Esta premisa, fundamental en torno al concepto de crecimiento verde, supone un desacoplamiento paulatino del crecimiento y de la generación de emisiones de gases de efecto invernadero, llegando hasta el punto de un desacople total entre las dos curvas. Pero ¿es esto posible?

Para alcanzar una respuesta fundamentada, Hickel y Kallis han analizado la viabilidad de que esto suceda de acuerdo con los escenarios planteados por la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (UNFCCC). 110 de estos 116 escenarios se basan en la utilización de bioenergía con captura de almacenamiento de carbono (Becss, en sus siglas en inglés). Esta tecnología, todavía sin viabilidad demostrada a gran escala, ha recibido fuertes críticas desde colectivos científicos entre los que se encuentra el científico que las recomendó en una primera instancia, M. Obersteiner, que considera que la UNFCCC ha “malinterpretado su planteamiento y su uso para justificar un mayor aumento de los stocks de carbono”. Si asumimos que no se puede dejar el futuro del planeta en manos de una tecnología no contrastada técnica y económicamente, argumentan los autores, se deberían alcanzar emisiones netas neutras en 2050 (para un escenario de 1,5º) o en 2075 (para uno de 2º).

Por su parte, los restantes seis escenarios se basan en una revolución tecnológica que consiga reducir el uso de materiales y emisiones a un ritmo de un 4,5% anual, frente a un histórico del 1,5%; lo que, de nuevo, se muestra altamente improbable.

Tras este análisis, ambos autores aseguran que, “aunque el desacoplamiento entre crecimiento y emisiones y uso de recursos es teóricamente posible y está ocurriendo en algunas regiones, es muy poco probable que pase a la velocidad necesaria para alcanzar las metas de 1,5º o 2º necesarias para frenar las consecuencias catastróficas del cambio climático”; y, por consiguiente, el crecimiento verde es una ilusión que nos desvía de las verdaderas estrategias para reducir el calentamiento global.

Necesitamos nuevas preguntas

La disociación entre el crecimiento de la renta y el de las emisiones no es una consecuencia sistemática del proceso de crecimiento económico y, por lo tanto, no existe un determinado nivel de renta a partir del cual comience a reducirse, en su conjunto, la presión sobre el medio ambiente. Creer que la Ciencia Económica puede tener la solución a la paradoja de “recursos finitos y deseos infinitos” es caer en una terrible simplificación que nos acaba alejando de la realidad. El movimiento del crecimiento verde no parece una solución al actual reto que nos plantea el cambio climático, la confianza ciega en que una bala mágica tecnológica resuelva todos los problemas no es más que otra patada a seguir, y lo cierto es que, como argumentaba Simon Kupper en Financial Times hace unos días: “La triste realidad es que la transición de una economía sucia a una verde tomará mucho más tiempo del que tenemos”.

El crecimiento ilimitado no parece compatible con la sostenibilidad a largo plazo de planeta, y mucho menos con las limitaciones impuestas por el cambio climático y los límites temporales a los que nos enfrentamos. Llevamos 150 años hablando del crecimiento como forma de vida, es decir, del cómo vivimos. Ahora toca pensar en algo que muchas veces se nos olvida: dónde vivimos y dónde situamos nuestros límites, porque parece obvio que, sin ellos, no tendremos muchas más preguntas que hacernos.

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