Srebrenica: más información que nunca contra un revisionismo cada vez más sofisticado

Mi hijo Esmir… Es tan complicado hablar de esto, no puedo, simplemente me rompe el corazón… Lo estaba sujetando en mis brazos. Nos estábamos abrazando, pero se lo llevaron. Le cogieron del cuello y le degollaron. Lo asesinaron. Y me hicieron beber su sangre. No puedo decir más, lo siento, no puedo, deben entender que esto me rompe el corazón”.

Testimonio de J.N., mujer musulmana superviviente de Srebrenica, para Human Rights Watch en 1995, tan sólo tres meses después del genocidio.

La región oriental de Bosnia y Herzegovina es de una belleza natural sublime: ríos color turquesa, bosques interminables y vegetación perfectamente integrada en lo urbano. Al llegar a la zona de Srebrenica, sin embargo, la sombra del genocidio se vuelve tan asfixiante que, al pasar por antiguas granjas enmarcadas en un paisaje idílico, la memoria sólo acierta a recordar que allí fueron asesinados, a sangre fría, muchas de las víctimas del genocidio de 1995.

Este sábado se celebra la ceremonia de conmemoración de dicho genocidio. La número 25. Ya son más de 6.000 las víctimas cuyos restos han sido identificados y enterrados, a lo largo de estas dos décadas y media, en el cementerio de Potočari, a pocos metros del cuartel del batallón holandés que, por mandato de la ONU, tenía orden de proteger a los miles de civiles que fueron transferidos al área segura de Srebrenica tras caer sus pueblos al paso de militares serbobosnios y paramilitares serbios entre 1992 y 1995. Sin embargo, y a pesar de un extraordinario trabajo forense, aún queda mucho para conseguir dar sepultura al total de las 8.372 víctimas que fueron asesinadas bajo supervisión del general Ratko Mladić en julio de 1995. Hubo días en los que sus hombres mataron a más de 1.000 hombres y niños en una sola tarde, torturas mediante.

Una vez culminada la masacre, sus perpetradores pusieron especial empeño en redistribuir los restos mortales en cientos de fosas secundarias y terciarias; algunas, a notable distancia de Srebrenica. Cada año se encuentran nuevos enterramientos, pero muchos creen que será imposible llegar a dar con todos. Hay mujeres que morirán sin saber qué fue de sus maridos, de sus hijos, de sus padres; y, en ocasiones, habiendo tenido que soportar no sólo la presencia de perpetradores en los alrededores, gozando de libertad, sino la negación del genocidio por parte de muy diversos actores.

Tal y como sucede con el Holocausto, aún hoy, después que el Tribunal Penal Internacional para la ex Yugoslavia (ICTY) haya determinado que los actos de Srebrenica “fueron cometidos con el objetivo específico de destruir en parte al grupo de los musulmanes de Bosnia y Herzegovina como tal; y que, de acuerdo con ello, éstos fueron actos de genocidio”, hay quienes niegan que las tropas serbobosnias, con apoyo de Serbia, cometieran un genocidio en Bosnia. Y lo hacen de muy distintas maneras, siendo las más dañinas las que pretenden desvirtuar la realidad, revisar la historia y sembrar la duda. No encontraremos negaciones categóricas, sino algo mucho más efectivo a la hora de desinformar: la tergiversación de los hechos para crear narrativas alternativas donde, por ejemplo, los más de 8.000 civiles muertos en Srebrenica no fueron asesinados por el simple hecho de ser musulmanes; o donde la operación Krivaja-95 –por la cual los hombres de Mladić tomaron una zona llena de refugiados y considerada segura por la ONU con el solo objetivo de exterminar a la población musulmana– fue la única respuesta posible a una supuesta violencia del otro bando, y la única vía para liberar al pueblo serbio.

La negación y el revisionismo son constantes en muchos pueblos de Republika Srpska, hoy de mayoría serbobosnia como producto del propio genocidio. Desde Gacko hasta Kalinovik, donde nació Mladić, se repiten los murales en honor al genocida. Los pintan los propios vecinos en sus ratos libres, y los custodian fielmente hasta que se seca la pintura. En Pale, localidad que alojó el cuartel general de la Comandancia serbobosnia durante la guerra, una residencia de estudiantes lleva el nombre de Radovan Karadžić, fundador de Republika Srpska y considerado autor intelectual del plan para eliminar a los ciudadanos musulmanes de Bosnia. El propio Milorad Dodik, antes presidente (separatista) de Republika Srpska y hoy miembro serbobosnio de la Presidencia de Bosnia y Herzegovina, acudió a descubrir la placa ante cientos de personas.

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Bajo tutela de Dodik, el Gobierno de Republika Srpska ya estableció a comienzos del pasado años dos comisiones de investigación para aclarar lo que pasó en Srebrenica y en Sarajevo. Hubiera sido un intento loable si no se tratara de otra estrategia para reescribir la historia y sembrar la duda sobre los hechos probados por el ICTY; por no hablar de lo que sucede en la propia Srebrenica, donde desde 2016 gobierna por primera vez un alcalde serbobosnio que, en consonancia con muchos de los votantes a los que representa, niega el genocidio. Como explica la periodista Nermina Kuloglija, los musulmanes que han vuelto al enclave tras ser brutalmente expulsados en los 90 sufren hoy discriminación y tienen que aguantar que sus vecinos realicen homenajes a Mladić y sus secuaces, algunos de los cuales son apoyados directamente con recursos del Presupuesto municipal. Este año, en un ejercicio de revisionismo sin precedentes, una ONG realizará una ceremonia paralela; no para honrar la memoria de las víctimas del genocidio, sino todo lo contrario: para “celebrar el 11 de julio como un día de la victoria y la liberación de Srebrenica”.

A nivel local, los intentos de negación del genocidio están cada vez mejor organizados y presentan una narrativa más clara y fácil de abrazar por quienes desconocen (o deliberadamente ignoran) los hechos. Y en la esfera internacional, la normalización de esta práctica ha dado pasos de gigante en el último año. La entrega del Premio Nobel de Literatura al escritor austriaco Peter Handke hizo saltar todas las alarmas: Handke, defensor del responsable máximo del genocidio bosnio, Slobodan Milošević, leyó en su funeral y se afanó durante años en promover su figura. Escribió extensamente sobre los eventos en Srebrenica, llegando a decir que las víctimas eran “soldados musulmanes” y no civiles, y que en otros lugares de Bosnia los musulmanes se habían bombardeado a sí mismos para obtener la simpatía de la comunidad internacional. A día de hoy, aún no reconoce el genocidio (y de muy malas maneras, como cuenta el periodista Peter Maass, que informó desde los campos de concentración serbobosnios en los 90, en su crónica de la ceremonia sueca).

Como denunció el sociólogo bosnio-germano Adnan Delalić, “mientras el nacionalismo, el racismo y el conspiracionismo crecen en Europa, el premio Nobel se entrega a un hombre que trafica con la misma ideología que ayudó a alimentar los peores crímenes cometidos en suelo europeo desde la Segunda Guerra Mundial”, advirtiendo de que son versiones de la historia como las de Handke las que “inspiran” hoy a la extrema derecha internacional. Y para prueba, un botón. Incluso Hermann Tertsch, que como antiguo corresponsal en Bosnia es bien conocedor de lo que allí ocurrió, sumido hoy en el papel de eurodiputado de Vox se ha reconciliado con Handke tras haberle criticado durante años. Tertsch ha escrito que se siente “tan cerca” de Handke que ya hasta le parece “bien” que el austriaco acudiera al funeral de Milošević.

Como vemos, para negar el genocidio de Srebrenica no hace falta decir “allí no hubo genocidio alguno”: basta con ponerlo en duda, o simplemente con abrazar a sus ideólogos y/o perpetradores. Así lo ha hecho también en el último año la profesora estadounidense Jessica Stern con la publicación del libro Mi criminal de guerra, que consiste en un largo diálogo con Karadžić en la que éste ‘controla la conversación’.

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De vuelta a la política balcánica, destaca la posición revisionista de figuras que prometían dejar atrás los postulados del pasado y abrazar el progreso. Como la de Ana Brnabić, la primera ministra de Serbia invitada frecuentemente a tertulias internacionales para dar su opinión como mandataria lesbiana de un país con graves problemas de homofobia (pero que no ha hecho nada significativo por los derechos LGBTI desde que llegó al poder), y que piensa que en Srebrenica se cometieron “crímenes terribles, pero no un genocidio”, a pesar de los hechos probados por La Haya.

Cientos de miles de páginas del tribunal detallan al milímetro las atrocidades cometidas en territorio bosnio entre 1992 y 1995. Y no faltan pruebas audiovisuales que otorguen contexto y veracidad al genocidio. Famosa es la frase de Mladić al llegar a Srebrenica: “Ha llegado la hora de la revancha sobre los turcos [forma despectiva de referirse a los musulmanes en los Balcanes] de esta región”. El genocida quiere que su “hazaña” quede bien documentada: a lo largo de su entrada “triunfal”, ordena a sus soldados que quiten y pongan símbolos, que digan esto y lo otro y que vayan aquí y allá mientras la cámara les sigue. Se hace fotos, reparte abrazos y apremia a los más holgazanes para que pongan rumbo a la vecina aldea de Bratunac (donde cometerían buena parte de las matanzas).

Al llegar a la base de Potočari, custodiada por los soldados holandeses y llena de civiles hambrientos, Mladić se acerca sin pudor alguno a la muchedumbre y, como si de un alcalde de pueblo se tratase, empieza a explicar, con cercanía y salero, que “cualquier persona que así lo desee, ya sea grande, pequeña, mayor o joven, será transferida” al territorio controlado por el Ejército bosnio. “No tengáis miedo, ¡nadie os hará daño!”, repite, y pide que dejen pasar a las mujeres y a los niños primero. “Cuidado, no os olvidéis a ningún niño”, advierte. Mientras sus hombres van llevando (empujando, más bien) a las mujeres a los autobuses, Mladić sigue con su paseo. Incluso se para ante un niño y le acaricia la cara. Entre las víctimas del genocidio en Srebrenica se encuentra un bebé que fue asesinado por los de Mladić con tan sólo dos días de vida.

En paralelo a aquella escena, muchos hombres ya realizan una huida a la desesperada. Temiendo las intenciones reales de Mladić, entendieron rápidamente que echarse al monte era, literalmente, su única escapatoria. La mayoría fue capturado y ejecutado en el intento. Aún hoy se siguen encontrando vestigios de sus ropas y objetos personales en los bosques que arropan Srebrenica.

Aunque el día en recuerdo a las víctimas del genocidio se celebra en Srebrenica cada 11 de julio, no hay que olvidar lo que tanto víctimas como expertos insisten en dejar claro: el genocidio no tuvo lugar durante unos pocos días de julio, sino que fue la culminación de una campaña de exterminio más amplia que duró cuatro años y tuvo como objetivo eliminar a los musulmanes de toda Bosnia y Herzegovina. Cabe recordar, por ejemplo, que en la localidad de Višegrad donde hoy el director de cine Emir Kusturica, entregado a la causa nacionalista serbia desde hace décadas, ha construido con dinero salido del presupuesto de Republika Srpska una de sus atracciones turísticas, Andrićgrad, familias enteras fueron quemadas vivas dentro de sus casas. A pocos kilómetros, en el hotel Vilina Vlas (que continúa acogiendo turistas, en lugar de haber sido reconvertido en un lugar para la memoria) fueron retenidas y violadas sistemáticamente decenas de mujeres y niñas musulmanas; también sucedió así en el centro Partizan de la ciudad de Foča, reconstruido con fondos europeos, y en infinidad de lugares en Bosnia. Sin olvidar los campos de concentración como el de Omarska, que mostraron al mundo periodistas de la talla de Ed Vulliamy.

De hecho, el propio juez español José Ricardo de Prada, integrante del tribunal que resolvió la apelación de Karadžić, reconoció el pasado año la dificultad de probar el crimen más grave que contempla el Derecho internacional: “El concepto de genocidio se ha blindado hasta el punto que es casi imposible de demostrar. Es una sentencia muy importante, histórica, que fija la verdad sobre lo ocurrido en Bosnia. Pero creo que se queda corta”.

Como afirma Emir Suljagić, superviviente del genocidio y hoy director del Memorial de Srebrenica, “Srebrenica sólo fue el centro de gravedad del genocidio bosnio”, argumentando que las atrocidades que se cometieron entre 1992 y 1995 “no se debieron al caos o a odios ancestrales: fueron el resultado cuidadosamente coreografiado de una decisión política tomada por el liderazgo serbobosnio” al inicio de la guerra. Efectivamente, bajo los auspicios de Karadžić se aprobó como “objetivo estratégico” la eliminación de la frontera entre Serbia y Bosnia que naturalmente produce el río Drina, para lo cual la población musulmana –que era mayoría en la región de Bosnia oriental– debía ser desalojada y/o aniquilada.

Antes periodista, académico y político (fue candidato a la Presidencia del país por el Frente Democrático en 2014, obteniendo el 15,2% de los votos), asumió la dirección del centro hace poco menos de un año. Desde entonces se ha propuesto combatir la negación del genocidio por todos los medios a su disposición. Y el salto ha sido muy notable: la institución se ha abierto cuenta de Twitter (imprescindible para llegar a un público amplio), ha organizado una exposición digital con enseres de víctimas y ha publicado un informe que detalla los casos de revisionismo más sonados de este último año y recuerda que, “independientemente de dónde estemos y cuál sea nuestra posición en la sociedad, todos podemos contribuir a luchar contra la negación del genocidio de Srebrenica. Los ciudadanos de a pie tienen acceso a un espectro de plataformas públicas y privadas cada vez más amplio desde las que adoptar una posición de principios contra el negacionismo y crear conciencia del genocidio”. Por su parte, la organización,Remembering Srebrenica publica testimonios y realiza con frecuencia webinars en los que se debaten diferentes aspectos de la masacre.

Gracias a la realidad virtual a la que el coronavirus ha trasladado buena parte de nuestras vidas, las acciones de recuerdo han llegado este año a muchas más personas. Incluso otros supervivientes se han lanzado a contar a título propio su historia; con miles de likes, el de Selma Jahić, que entonces era sólo una niña, es un claro ejemplo de lo importante que es relatar lo ocurrido en primera persona. También, el Srebrenica Memorial Center y el War Childhood Museum de Sarajevo han creado una colección conjunta de objetos y testimonios que documentan el genocidio desde la perspectiva de quienes lo vivieron de pequeños. “Como mi prima era joven, tenía miedo de ser separada del resto y violada”, recuerda Admir Sejdinović en el vídeo en el que ambas instituciones han resumido más de 70 horas de grabación con supervivientes. “Me cogió de la mano como si fuera su hijo para asegurarse de que no se la llevaban”, relata. Al final, los hombres de Mladić se despacharon con su primo, de tan sólo 15 años.

Las caras de dolor de las madres separadas de sus hijos y maridos son el tema central de la exposición del pintor bosnio Safet Zec, que se podrá visitar hasta octubre en Potočari. Allí llegaron el jueves restos de las nueve víctimas identificadas a lo largo del último año; había más, pero algunas familias han decidido no proceder al entierro hasta que se encuentren más fragmentos corporales de los suyos.

Exposiciones físicas y digitales, horas y horas de testimonios, webinarshay más información que nunca sobre lo ocurrido en Bosnia y, sin embargo, pocas iniciativas en defensa de la memoria de las víctimas del genocidio, por muy innovadoras que sean, obtienen tanta repercusión internacional como las palabras de quienes niegan el genocidio o coquetean con la erótica de los genocidas. No hay premio Nobel para quienes luchan cada día por hacer de Bosnia un lugar mejor, ni tampoco bestsellers que narren los esfuerzos de aquellos que intentan que la memoria de las víctimas no muera con los supervivientes de la guerra. La lucha por la verdad y el recuerdo es asimétrica, y el discurso de odio cotiza al alza.

(Las fotos que se incluyen en este artículo han sido tomadas por la autora del mismo en Bosnia y Herzegovina a lo largo de los últimos años).

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