‘Suraméxit’ y desintegración latinoamericana

¿Qué está pasando en América Latina? Los reclamos sociales del presente año y, en especial, de las últimas semanas son una excelente oportunidad para reflexionar sobre lo que podría llegar a ser una primavera suramericana. ¿Fallan los gobernantes o las instituciones? El descontento de la ciudadanía ha superado en algunos casos los colores políticos y, aunque se trata de una gran oportunidad para visibilizar las demandas comunes, las noticias desde el punto de vista de la institucionalidad regional no son las mejores.

¿Cómo solucionar las demandas sociales? ¿La crisis ambiental del Amazonas? ¿La desigualdad? ¿El crecimiento económico? ¿La violencia? ¿Los excesos de las distintas gamas de izquierdas y derechas en la región? La integración no es la solución a todos estos problemas, pero sí el mecanismo que puede ayudar a cohesionar la efectividad de la respuesta en el mediano y largo alcances. Desafortunadamente, los gobiernos actuales han engañado metódicamente a la gran mayoría de latinoamericanos que desean más integración política, económica y social.

En Latinoamérica los idiomas, las religiones, los sistemas jurídicos y políticos tienen amplios elementos comunes que, a pesar de las diferencias, son mayores que los que los separan. Si esto es así, ¿por qué la integración latinoamericana no se materializa?

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La aspiración por la unión se remonta a la época de las independencias y está contemplada en las constituciones latinoamericanas vigentes en Uruguay (1967), Costa Rica (1968), Honduras (1982), El Salvador (1983), Guatemala (1985), Nicaragua (1986), Haití (1987), Brasil (1988), Colombia (1991), Paraguay (1992), Perú (1993), Argentina (1994), Panamá (1994), Venezuela (1999, en suspenso), Ecuador (2008), Bolivia (2009), República Dominicana (2010) y Cuba (2019). De los países latinos más influyentes, tan solo México y Chile no cuentan con este tipo de normativa.

La cláusula latinoamericana de integración también se incluye en todos los tratados y declaraciones que crearon organizaciones a lo largo del siglo XX y principios del XXI: Organización de Estados Americanos (OEA, 1948), Asociación Latinoamericana de Libre Comercio (Alalc, 1960-1980), Sistema de Integración Centroamericana (Sica, 1962), Parlamento Latinoamericano (1964), Comunidad Andina (CAN, 1969), Comunidad del Caribe (Caricom, 1973), Sistema Económico Latinoamericano y del Caribe (Sela, 1975), Asociación Latinoamericana de Integración (Aladi, 1980), Mercosur (1991), Proyecto Mesoamérica (2001), Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América – Tratado de Comercio de los Pueblos (Alba-TCP, 2004), la Unión de Naciones Suramericanas (Unasur, 2008), Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (Celac, 2010), la Alianza del Pacífico (2012) y el Foro para el Progreso de América del Sur (Prosur, 2019).

La integración latinoamericana, en especial la suramericana, ha sido noticia desde hace algunos meses precisamente a partir de la crisis del suraméxit, que ha hecho que Unasur se esté derrumbando como un castillo de naipes. Guardando las proporciones, así como Europa está presenciando la crisis del Brexit, en Suramérica estamos ante un ‘suraméxit’. Este impasse se desató por el bloqueo de Venezuela y Bolivia al nombramiento de la candidatura mayoritaria para dirigir la Secretaría General de la única organización que agrupaba a los 12 países suramericanos.

Como solución a este conflicto, varios países suspendieron su participación y, a cambio, crearon Prosur, que reúne a sólo ocho de los 12 países suramericanos.

La probabilidad de que esta nueva plataforma pueda alcanzar los ambiciosos objetivos integradores que se plantea es remota y se traduce en un nuevo mecanismo para no integrar a Latinoamérica.

Especialmente en el caso de Prosur, la improvisación salta a la vista y sirve para explicar el porqué la desintegración latinoamericana es cuestión de método. Hasta la fecha, no hay investigación sólida que sustente la necesidad de crear esta nueva plataforma y, de hecho, crece la tendencia entre los expertos de señalar que el Prosur se trata de un error.

Conforme a la Declaración de Santiago y a las explicaciones de sus líderes, se pretende crear una estructura “sin burocracia” y “no costosa”. Estos argumentos son refutables y revelan algunos de los principales prejuicios que expone la mayoría de los líderes de la región para buscar lo contrario a la integración regional. Lo de ‘no costosa’ y ‘sin burocracia’ son excusas para la no integración regional.

El Presupuesto de una entidad consolidada como la Unión Europea (UE) es de tan sólo el 1% de la riqueza que las economías de sus integrantes generan al año. El PIB total de Suramérica de los últimos años ha estado alrededor de los cuatro billones de dólares, y el de toda Latinoamérica en los 5,7 billones. El Presupuesto anual conjunto de las principales y más relevantes organizaciones que operan en Suramérica (OEA, Aladi, CAN, Mercosur y Unasur) ha sido en los últimos años de apenas 105 millones de dólares, aproximadamente.

Tabla 1.- Presupuesto anual de las principales organizaciones supranacionales

Organismo Año Presupuesto anual USD Personal
OEA 2019 82.700.000 3.017
Unasur 2018 9.786.876 54
CAN 2016 5.659.200 71
Aladi 2017 4.617.510 64
Mercosur 2012 2.461.888 44
Total
105.225.474 3.250

Fuente: datos de los organismos disponibles en internet (ver hipervínculos).

Esto significa que, para la integración regional, anualmente se invierte cerca del 0,003% de la riqueza que producen las economías suramericanas; lo que costó una boda en India. Por lo expuesto, las organizaciones regionales no son costosas.

Respecto a la burocracia, en las cinco organizaciones descritas trabajan alrededor de 3.000 personas al servicio de una región que supera los 650 millones de habitantes (ver tabla 1). En la UE, se emplean alrededor de 55.000 servidores para una población de poco más de 500 millones de personas. Para tener un punto de referencia, el banco brasilero Itaú tiene 93.000 empleados. Así que tampoco se puede hablar de que las iniciativas existentes de integración sean burocráticas. Por el contrario, se necesita más capital económico y humano para su consolidación. La OEA y su sistema interamericano de derechos humanos es un ejemplo de que es posible.

Prosur es la versión más reciente de un viejo vicio regional que obedece a la replicación de entidades con objetivos y funciones similares. Este círculo vicioso de crear organizaciones según sea el movimiento del péndulo ideológico genera solapamiento tanto en los objetivos como en las funciones por lo que, en vez de complementarse, las plataformas de integración terminan compitiendo o contradiciéndose entre ellas. A esto hay que sumar la proliferación de tratados de libre comercio que terminan por entorpecer el proceso ante la maraña de reglas que impiden la movilidad de personas y bienes.

Es como cuando dos asnos halan de una cuerda en direcciones opuestas o varias personas tratan de pasar por debajo del marco de una puerta al mismo tiempo. Esto es lo que está pasando con la integración de América Latina.

Los foros son como juntas barriales en las que los vecinos se reúnen a conversar sobre los problemas del vecindario. Suramérica es como un barrio en el que existen más organizaciones que viviendas. Por tanto, lo más probable es que Prosur termine con la creación de una página web y la celebración de algunas reuniones periódicas, como pasó con la Celac.

Para poder revertir esta realidad, se requiere la convergencia y reestructuración de los organismos existentes para que determinen un plan a largo, medio y corto plazo. Se puede, pero requiere tiempo. ¿Qué Latinoamérica queremos para 2030, para 2050, al cierre de este siglo? En Asia y África se han creado iniciativas que se podrían adaptar al contexto latinoamericano; y, de hecho, mejorar.

¿Por qué es relevante la integración latinoamericana?

Por razones económicas, políticas y sociales.

En materia económica, la cuarta revolución industrial se acerca a pasos agigantados y América del Sur continúa sobreviviendo con lo que proviene del ambiente y sus recursos: productos agrícolas, combustibles y minería representan alrededor del 72% de las exportaciones de la región. En la otra cara de la moneda, el 72% de las importaciones son manufacturas. Es fundamental la diversificación y adaptación de la producción a la revolución 4.0.

En lo político, la estabilidad de la democracia es esencial, por lo que se requiere que las fuerzas conservadoras, liberales y progresistas aprendan a convivir o, al menos, a tolerarse. La necesaria convergencia de entidades y el mencionado plan de futuro tendrá que incluir y mezclar todas estas formas de pensamiento político. El germen de la autodestrucción radica en dejar alguna de ellas fuera.

En lo social, la cohesión del bloque resulta fundamental para poder dar respuesta a los desafíos comunes en materia de violaciones de derechos fundamentales y sociales, especialmente los ligados a la desigualdad y la pobreza.

Perder es cuestión de método y, en general, la nación latinoamericana ha estado perdiendo desde hace un poco más de 200 años con la desintegración de sus estados. En algunas casos, por intereses externos, y en otras, por rivalidades internas o por la estupidez de sus gobiernos y empresas. Cada década que pasa sin actuar en bloque es tiempo perdido.

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