¿Terminará Biden con las guerras comerciales?

La Presidencia de Donald Trump llega a su fin. Y, con ella, muchos esperan que terminen también las guerras comerciales y el sistemático socavamiento de la cooperación internacional y de la Organización Mundial del Comercio (OMC) que hemos vivido durante los últimos cuatro años. No oiremos de boca de Joe Biden que “las guerras comerciales son buenas y fáciles de ganar”; tampoco que él es un “hombre de aranceles”. Por fin volverá a habitar la Casa Blanca un presidente que considere la Unión Europea como una aliada geopolítica y no como una rival comercial, y que tenga la intención de rescatar el multilateralismo mediante una nueva “alianza de democracias”, que tendrá como objetivo implícito acorralar a China.

Pero no nos confundamos. El sistema multilateral de comercio sigue afrontando enormes retos y necesita una urgente reforma (que se antoja muy difícil) para acomodar a China. Además, la Unión Europea tiene que desarrollar su soberanía económica y su autonomía estratégica para poder restituir una relación transatlántica más equilibrada. Esto significa, en la práctica, que Biden no abrirá una nueva era de libre comercio, que la eliminación de los aranceles sobre los productos europeos no será inmediata (como tampoco es esperable un nuevo acuerdo transatlántico de libre comercio e inversiones de amplio espectro) y, sobre todo, que Estados Unidos colocará a la UE en una posición incómoda cuando le pida que vaya de su mano en el enfrentamiento con China, que sin duda va a continuar porque será el eje central de la política exterior estadounidense durante las próximas décadas. A los países europeos no les interesa el desacoplamiento económico y tecnológico que parece que EE.UU. seguirá con China, y les costará más decirle que no a un amigo como Biden de lo que les costaba oponerse a un bravucón con pulsiones autoritarias como Trump.

Pero vayamos por partes. Lo primero que hay que tener presente es que, con un Estados Unidos polarizado, azotado por la Covid-19 y con una economía maltrecha por el impacto de la pandemia, la política exterior, incluida la comercial, será secundaria. Salvo anuncios simbólicos como la vuelta al acuerdo de París sobre Cambio Climático o a la OMS, Biden y Harris se van a centrar en temas internos, igual que hizo Obama durante su primer mandato, en el que se ocupó del impacto de la crisis financiera y aprobó su reforma del sistema sanitario. Sólo si ven que tienen atadas las manos porque el Senado sigue controlado por los republicanos y es imposible llegar a consensos, podrían tener interés en avanzar en los asuntos internacionales, en los que el presidente tiene más margen de maniobra.

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Cuando aborde los temas comerciales, Biden tendrá que encontrar un difícil equilibrio. Por un lado, están sus compromisos declarados con la doctrina del buy american (compre americano) que son, además, una parte importante de su estrategia para cerrar las brechas sociales en los estados económicamente más deprimidos y desindustrializados y que, en ocasiones, implicarán medidas proteccionistas que, por cierto, tienen una larga tradición dentro del Partido Demócrata. Por otro, está su intención de mejorar las relaciones con sus aliados tradicionales, en particular con la Unión Europea, lo que supone reducir la tensión comercial e ir retirando, en la medida de lo posible, los aranceles que se establecieron alegando razones de seguridad nacional (como los del acero y el aluminio), socavando la confianza en la OMC y el multilateralismo. El equilibrio no será fácil y podemos anticipar que no habrá acuerdos de libre comercio significativos durante su Presidencia. Como mucho habrá control de daños y marcha atrás de los aranceles de Trump, sobre todo con los aliados.

Buena muestra de que esto es lo que nos espera es que la UE ha optado por establecer aranceles sobre los productos estadounidenses por valor de 4.000 millones de dólares tras la decisión de la OMC de autorizarlos como compensación por los subsidios ilegales de Boeing, en vez de optar por no hacerlo y confiar en que Estados Unidos retirara los que había impuesto tras el fallo de la OMC sobre los subsidios ilegales de Airbus. Esto supone que la desescalada arancelaria transatlántica, aunque ocurrirá, será seguramente lenta.

Una interpretación alternativa a la acción proteccionista europea es que se ha optado por anunciar estos aranceles ahora que todavía estamos en el mandato de Trump para permitir a Biden negociar su eliminación a partir de enero, de forma que se vea que se está iniciando una nueva era de relaciones comerciales justo con el cambio de Presidencia. Pero, en cualquier caso, debemos ser conscientes de que Estados Unidos no verá con buenos ojos el impuesto a las empresas digitales que la Unión Europea va a establecer, y habrá que ver cómo reacciona ante el arancel contra los bienes producidos de forma contaminante (‘Carbon Border Tax’), anunciado para el año que viene.

[Escuche el ‘podcast’ de Agenda Pública: ¿Fue la última chance de Trump?]

Donde sí se abre una ventana de oportunidad, ventana que no existía con Trump, es en el imprescindible avance en la reforma de la OMC. Aquí, lo ideal sería que un Estados Unidos mucho más constructivo fuera de la mano con sus principales aliados y sentara a la mesa a China para fijar un nuevo marco de reglas para la globalización del siglo XXI. La reforma debería, al menos, acordar una nueva normativa para la resolución de conflictos comerciales (terminando así con la parálisis del mecanismo de apelación de la OMC que Trump bloqueó), nuevas reglas (que China debe aceptar) sobre cuánto se puede subsidiar a las empresas públicas y cómo se garantiza la protección de la propiedad intelectual, un nuevo sistema de toma de decisiones (que termine con la unanimidad que ha paralizado a la organización) y cómo se regulan las crecientes transacciones digitales.

Pero, aunque se acordara esta difícil reforma, el Estados Unidos de Biden seguirá obsesionado por el auge de China, y continuarían intentando un desacoplamiento de ambas economías, sobre todo en los temas tecnológicos. Y eso supone que los conflictos comerciales (y monetarios) entre ambos persistirán.

Si se acordara esa reforma de las reglas comerciales a nivel global, y si China comenzara a tratar a los productos e inversiones europeos del mismo modo en el que nosotros venimos tratando a los chinos (es decir, si hubiera reciprocidad), Europa se sentiría mucho más cómoda y seguiría interesada en mantener el paraguas de seguridad estadounidense y las exportaciones hacia el enorme mercado chino. Pero eso es algo que posiblemente no gustaría a los norteamericanos. Por lo tanto, el reto para la UE es mostrar al nuevo (viejo) amigo americano que es un aliado sólido, pero no un seguidor. Y que, como ha dicho el Alto Representante, Josep Borrell, “invertir en una Europa fuerte y capaz también supone hacerlo en una relación transatlántica revitalizada. Con la Administración Biden, son dos caras de la misma moneda”. En todo caso, todo parece indicar que, para España y Europa, más allá del alivio que supone no tener cuatro años más de Trump, todos los caminos conducen a una Europa más cohesionada, fuerte, autónoma e independiente.

(Acceda aquí a la cobertura de Agenda Pública sobre las elecciones estadounidenses, con análisis y datos exclusivos)

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