‘The Congress has fallen’

El 4 de enero, dos días antes de que el trumpismo se movilizara en contra de la certificación de Joe Biden como presidente electo, la intendenta de Washington D.C., Muriel Bowser, solicitó ayuda al Pentágono. El objetivo era minimizar los riesgos de violencia y de destrucción de la propiedad pública durante las marchas de protesta de los trumpistas. El pedido fue rápidamente aprobado por el Pentágono y ampliamente difundido en medios especializados como The Hill y Politico. Dos días después, alrededor de las 4:30 pm ET, personal del FBI, de la Guardia Nacional y del Department of Homeland Security (DHS) ingresó al Congreso para proteger la bicentenaria institución. La democracia habría sido una fiesta si las Fuerzas de Seguridad hubieran llegado dos horas antes, en lugar de dedicarse a ‘tomar mate’ y jugar al ‘truco’ en su versión norteamericana. Nada muestra la intención de una operación política en forma tan elocuente como el tránsito cansino y armado de cientos de trumpistas, caminando tranquilamente por el parque que conecta el Memorial de Lincoln y el Capitolio, e ingresando por el frente del Congreso sin ningún tipo de resistencia. Esta demostración de violencia política al servicio del supremacismo blanco norteamericano se materializó con una displicencia llamativa. En un país obsesionado con la seguridad, y siempre a dos pasos de la violencia, la toma del Congreso es un hecho imposible.

Tanquetas

¿Por qué no corrieron hacia las puertas esquivando los palos? ¿Por qué no se desplegaron como una marea desesperada, estirándose y comprimiéndose para sortear la seguridad y asaltar al enemigo? ¿Por qué algunos no fueron tirados al piso mientras otros saltaban por encima, superando la férrea guardia del Congreso que tacleaba a los invasores? Las imágenes de la toma del Congreso por parte del ‘trumpismo’, caminando despacio, subiendo tranquilamente por la explanada, descolgándose por los frentes del edificio ante la mirada indiferente de una veintena de policías contrasta con la militarización de la seguridad que rodeó a las movilizaciones de Black Lives Matter (BLM). Durante éstas, el ingreso a la zona protegida que conecta la Casa Blanca con el Capitolio constaba de un perímetro de tanquetas militares a cargo de la misma Guardia Nacional que había acordado proteger el Congreso.

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Las fuerzas federales que acosaron, gasearon y dispersaron la protesta de BLM, permitiendo que Donald Trump se fotografiara con una Biblia frente a la histórica Iglesia de St. John, son las mismas que estuvieron conspicuamente ausentes en la defensa de diputados y senadores que, en esta fecha constitucionalmente relevante, debieron abandonar el recinto. Las mismas Fuerzas de Seguridad que arremetieron contra mis hijos, amigos, vecinos y colegas unos meses antes son las que habilitaron el ingreso de hombres y mujeres adultos, armados, quienes intentaron alterar el resultado de la elección presidencial acosando a los representantes de ambos partidos. Son las Fuerzas de Seguridad que observaron pasivamente entrar y vandalizar el Congreso para frenar el trámite administrativo que certifica la elección de Biden como presidente. No hubo porras golpeando a los trumpistas, no hubo adolescentes frotándose los ojos para aliviar el ardor del gas pimienta, no hubo jubilados de 70 años desnucándose contra el arcén, perdiendo el equilibrio después de ser empujados por las Fuerzas de Seguridad; las mismas que llegaron temprano y entusiasmadas a la cita de junio y muy tarde y desganadas a la de enero

El toque de queda decretado por la intendenta Bowser, el 6 de enero del 2021, no dejó 300 detenidos, como sí ocurrió durante la protesta de Black Lives Matter. Tan sólo 13 personas fueron arrestadas por el vandalismo y la interrupción del proceso legislativo constitucional. El piso del Congreso no quedó ensangrentado, no hubo decenas de envases de gas pimienta apilados en la basura y, definitivamente, no hubo helicópteros volando a pocos metros, inclinando las aspas para golpear las copas de los árboles y dispersar a quienes protestaban pacíficamente en la calle. A diferencia de BLM, en las fotos del asalto al Congreso no hay familias sino treintañeros en fajina, en buen estado físico, preparados para defender su credo sin tener que preocuparse por los bastones policiales o por gastar magros recursos en una fianza por “conducta desordenada y asalto a la autoridad”.

Foto propia entre las calles 14 y L, a cuadras de la Casa Blanca.

‘Entitlement’

El hecho de que las fuerzas federales llegaran horas después de que el trumpismo tomara por asalto el Congreso no debiera ser una sorpresa. El uso de fuerza excesiva contra quienes protestan pacíficamente porque Black Lives Matter ha sido consistentemente acompañado por la ausencia de acción e intención cuando quienes se movilizan son los supremacistas blancos en Charlottesville o Washington DC. No existe ningún actor político en la región metropolitana de Washington que no estuviera al tanto de los objetivos políticos de la movilización de los Proud Boys, que han recibido el apoyo tácito y logístico de gran parte de la política republicana. Son también estos niños orgullosos los que han recibido un apoyo explícito y moral de Donald Trump Jr. Sin embargo, es imposible no sacudir la cabeza al ver cómo la misma Policía que golpeó a adolescentes y arrestó a ancianos a mediados del 2020 sostiene del codo a quienes momentos antes habían destruido el Congreso, para que no se resbalen al bajar por las mismas escalinatas por las que habían subido horas antes. Una cosa es protestar contra la democracia, dicen las Fuerzas de Seguridad, y otra muy distinta es protestar contra nosotros.

El último acto político de Trump resume bien su Presidencia: un ejercicio banal e indiscriminado del poder para favorecerse él y a su base electoral; un jefe político cuya única agenda es la validación narcisista de su casta y cuyo único instrumento es la demanda de autoridad. Pero la toma del Congreso no se explica por las demandas de Trump, sino por la decisión política de no proteger el Congreso. En los próximos días, el foco no apuntará a explicar la violencia del trumpismo, sino la decisión de las Fuerzas de Seguridad de apartarse a un lado. En un país obsesionado por la seguridad, es imposible explicar la toma del Congreso por un par de cientos de sujetos moderadamente armados en el momento en que la totalidad de los senadores y diputados sesionan conjuntamente. La Policía, el FBI, la Guardia Nacional y el DHS llegaron tarde a una cita cuya fecha fue decidida antes de que todos ellos nacieran, en la que posiblemente sea la ciudad más vigilada del mundo.  

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