Todos morimos solos

Europa está teniendo dificultades para hacer frente a la pandemia. Alemania, en particular, no reconoce las dimensiones históricas de esta situación, y se ha limitado a representar el rol del estudiante modelo que da lecciones a los demás.

Europa no es una dictadura. Ni siquiera es un Estado. Es, más bien, un sistema político multi-nivel con estructuras de legitimación que se solapan y se entremezclan con las fronteras nacionales. En los buenos tiempos, todos nos complacemos de considerarnos una Schicksalsgemeinschaft, o comunidad con un destino común; pero en los malos nos damos cuenta de lo delgada y débil que es realmente esa fachada. Por eso, la Unión Europea tiene dificultades para tomar decisiones firmes bajo presión. Pero en una crisis como la de ahora, ésa no puede ser una excusa.

En muchos lugares del continente está creciendo el descontento hacia la respuesta europea contra la pandemia. Pero este rechazo no va contra un ejercicio de poder ilegítimo o equivocado, como ocurre en otros lugares del mundo. El enfado de muchos europeos va por otro camino: se dirige hacia la falta de liderazgo político, claridad y solidaridad, y a la incapacidad de usar la fuerza de la unidad política para hacer el bien y evitar lo peor.

Europa quedará muy debilitada de esta crisis: una vez más, las discusiones técnicas eclipsan la política. Para los expertos, el paquete aprobado por el Eurogrupo podría ser hasta cierto punto aceptable, pero el mensaje político subyacente es terrible: hasta ahora, las políticas de Europa para hacer frente a la crisis del coronavirus no son más que una continuación de las viejas políticas de la crisis del euro, impulsadas por la perspectiva tecnocrática y la desconfianza. La tecnocracia, sin embargo, es enemiga de las señales políticas claras, y la desconfianza es un gran obstáculo para la integración política. Europa está negociando dentro de sí misma su propia irrelevancia.

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Es una ironía cruel de la historia que Italia y España, los dos países con la mayor crisis del euro, fueran los primeros y los más afectados por la pandemia. Pero, en lugar de la compasión, se ha afianzado el condicionamiento pavloviano. ¿Una solidaridad a largo plazo con Italia? La pregunta parece ser la misma que en la crisis del pasado. Ése ha sido el principio que ha guiado las políticas europeas de Alemania en la última década, para evitar que se abran las compuertas de una deuda común. Por eso, el guión de la vieja crisis de la eurozona ha resurgido de manera repentina: la responsabilidad y el control deben ir de la mano. En Alemania, pocos se han percatado del cinismo que hay detrás del uso de estos términos, que surgieron durante la crisis del euro en relación con las dificultades de los préstamos en los bancos italianos, y que ahora hacen referencia a los pacientes que se encuentran en los hospitales de ese país. En Italia, por su parte, muchos sienten la frialdad inadecuada de las fórmulas de las políticas fiscales.

En este sentido, tampoco es de mucha ayuda que hasta la canciller alemana haya hablado de un «shock simétrico»; es decir, que la pandemia afectará de igual forma a todos los estados miembros. El análisis de Angela Merkel es correcto; pero, ¿dónde se sienten las consecuencias?

Desde una perspectiva económica, a un ‘shock’ simétrico se debe responder con una acción simétrica, una verdadera acción europea, sea a través de ‘eurobonos’, del Presupuesto de la Unión Europea o de un mecanismo de rescate con garantías conjuntas. Por supuesto, el diseño técnico de estos instrumentos es importante. Pero la negociación puede ser políticamente peligrosa si, al final, parece que todo el peso se lo llevan conceptos como control y responsabilidad, mientras que se elude cualquier alusión a la solidaridad. Para encontrar una solución adecuada a la pandemia se necesitan dos elementos: un liderazgo claro a escala europea y un compromiso firme de Alemania para pensar con una visión europea, no nacional. Alemania ha podido hacerlo, pero no ha sido así.

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¿Y por qué debiera ser de esta forma? Alemania ha tenido una suerte excepcional en esta crisis: el brote tardío de la pandemia nos permitió reaccionar rápidamente. Las personas mayores ya estaban advertidas por las imágenes que llegaban de Italia y pudieron aislarse de manera oportuna. La baja tasa de mortalidad en este momento no habría sido posible sin políticas inteligentes para hacer frente a la crisis, pero también está muy relacionada con la suerte. Por desgracia, Alemania no ha entendido su buena fortuna, y tampoco la ha utilizado como una oportunidad para demostrar una verdadera solidaridad europea.

En cambio, muchos han asumido el rol del estudiante modelo en políticas fiscales y sanitarias. En Alemania estamos bien organizados y hemos gestionado de manera prudente la economía, y por eso existen suficientes camas de cuidados intensivos. Estamos bien organizados y hemos gestionado de manera prudente la economía, y por eso nos hemos podido permitir sacar la artillería pesada para responder a la crisis. Justamente por eso, no debemos poner en riesgo las reglas de la buena organización y el manejo económico prudente.

Sin embargo, en muchas partes de Europa, Alemania no es vista como la estudiante modelo en materia económica. Otros países adoptan una postura más irreverente sobre este supuesto triunfo. ¿El éxito de la economía alemana en la última década no se debe, esencialmente, a su superávit en la cuenta corriente? ¿No fue Alemania la principal impulsora del mantra de la austeridad en la Unión Monetaria? ¿No se benefició de los otros países durante la crisis?

Imágenes tergiversadas de este tipo no le hacen justicia al rol alemán en la última década. Pero sí es cierto que debemos preguntarnos lo siguiente: ¿hubiese sido mejor para la cohesión europea que las políticas para hacer frente a la crisis del euro hubieran sido menos estrictas y que Alemania hubiera invertido más en su propio país? La desconfianza de otros europeos no es infundada. Hay una línea muy delgada entre exportar fortaleza y tratar a tu vecino como a un mendigo. Y Alemania nunca ha hecho un intento serio de contrarrestar su dominio ‘de facto’ en la economía europea con una buena dosis de solidaridad.

La hegemonía se basa, por lo general, en la coerción o en la benevolencia. Quizás de manera implícita, Alemania ha asumido un rol hegemónico en la economía europea, tanto durante como después de la crisis de la ‘zona euro’, pero siempre lo ha negado explícitamente. El factor de coerción ha sido difuso, porque la estrategia de Berlín ha sido re-dirigirlo hacia Bruselas y los tratados y regulaciones europeos. La benevolencia también ha sido difusa, pero no ha estado completamente ausente: Berlín la ha re-dirigido, también estratégicamente, a través de Frankfurt y las políticas monetarias expansivas del Banco Central Europeo (BCE) o los préstamos del Mecanismo Europeo de Estabilidad. Lo que sí ha quedado fijado es esa imagen de los alemanes como poco solidarios y aferrados a su religión de Ordnungspolitik.

En otoño de 2017, durante un discurso en la Sorbona, el presidente francés Emmanuel Macron le dio a Alemania la oportunidad de repensar su propio rol y hacer una contribución positiva para desarrollar aún más Europa. Ya sabemos cuál fue el resultado.

La crisis del coronavirus le ha ofrecido a Alemania una segunda oportunidad para regresar a una política europea que sea sensata y exitosa a largo plazo. Ha podido asumir una posición política más matizada. Si hubiera mostrado empatía ahora, su postura firme (descrita muchas veces como dura) durante la crisis de la zona euro habría podido recibir un viso de legitimidad. La empatía quizás no sea un término clásico en la política económica de Europa, pero esa es precisamente la clave. No estamos ante una crisis económica, sino ante un colapso social.

Es verdad: los otros países no nos lo han puesto fácil. Aunque los coronabonos sean correctos, no sería útil considerar un instrumento de política fiscal como la respuesta absoluta para una crisis social. Los bonos no salvarán Europa: no tienen la capacidad de responder a preguntas básicas sobre la forma en la que se financiarán, quién decide los gastos y qué transferencias se deben hacer. Los bonos no sirven de nada sin la política. Era de esperar que un debate centrado en los coronabonos resultara en esa clase de compromiso tecnocrático que, si bien puede ser adecuado desde el punto de vista económico, transmite una gran frialdad política. Debimos haber aprendido lo siguiente de la crisis de la eurozona: una Europa tecnocrática y apolítica sólo puede propiciar su propia desintegración.

Sólo una institución europea ofrece actualmente algún tipo de orientación: el BCE. Este organismo ha sido capaz de formular una respuesta clara en el marco de su mandato restringido. En este sentido, su independencia política es su principal fortaleza y, al mismo tiempo, su debilidad. Puede hacer lo correcto, más allá de cualquier presión política. Pero, justamente por esa razón, recibe críticas constantemente.

En esta crisis, el Bundesbank y su presidente, Jens Weidmann, se merecen un gran respeto. Al percibir el verdadero alcance de la crisis, han aceptado en silencio la propuesta del BCE, que hace unos meses habrían probablemente combatido con fuerza. ¿Por qué en otras áreas no se le da esta prioridad a lo que es realmente importante? ¿Por qué no se abandonan esas viejas posturas?

Las consecuencias económicas de una respuesta fallida a la crisis en Europa serán descomunales. En muchos artículos se ha hablado de manera acertada sobre la necesidad de los eurobonos y han descrito estas consecuencias en detalle. Pero el impacto político será aún mayor. Italia ya es el estado miembro de la Unión Europea con los niveles más bajos de confianza en este club. Quien haya sido abandonado a su suerte en los momentos más oscuros jamás lo olvidará.

Con el hiper-pragmatismo letárgico de los años de la crisis de la zona euro, Europa no será capaz de frenar la pandemia ni trabajar en la reconstrucción de la economía. Y ello sin mencionar que hay que lidiar con otras presiones: entre ellas, la situación de los refugiados en las islas griegas, los excesos autocráticos de países como Hungría y Polonia, el cambio climático o las políticas de seguridad europeas en el mundo.

Este continente tiene una larga historia de batallas contra los excesos de autoridad política. El liderazgo es ahora más importante que nunca. Como Europa no es una dictadura, y mucho menos un Estado, el único camino posible será a través de los estados miembros.

Los esfuerzos son complejos, pero vale la pena embarcarse en ellos. Alemania debe asumir ahora su responsabilidad. Cualquier otra alternativa será un fracaso de proporciones históricas.

(Este análisis fue publicado en inglés en ‘Hertie School – Jacques Delors Centre’)

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1 Comentario

  1. Manuel Fernández Vílchez
    Manuel Fernández Vílchez 05-01-2020

    No comento el dramatismo del artículo, sus méritos literarios. Comentaré su Filosofía Política, porque es un discurso ideológico, y trataré de conducir su temática a la Economía Política. Y solamente me propongo actualizar los factores (estructura y funciones) del discurso a la Economía Política de la UE de 2020, no a la CEE del 16 de abril 1986 cuando ingresó España, nada permanece, todo ha cambiado:
    1. El Gobierno Alemán de 2020 y el Bundesbank no deciden el valor monetario del sistema de cambio del Euro de 1.95 Marco por 165Pts del BcoEspaña, sino la Zona Monetaria Euro. Y no se trata de Política de partidos parlamentarios de unos Estados-soberanos, sino de Libre Circulación de Capitales (sin Fiscalidades de Estados-nación, de la antigua acumulación de capital nacional), de Areas Comerciales (sin Aranceles ni fronteras) del Mercado Unico Europeo y 50 Tratados en la OMC.
    2. El Consejo Económico de Bruselas decide el Déficit del Gasto Público de lo que queda de los antiguos Estados y sus Parlamentos (ni Alemania ni España tienen autonomía para decidir el incremento de su Gasto Su Público).
    3. El interés de la e misión de Deuda Pública (la «máquina de fabricar dinero») lo decide el Mercado Primario de DP, la banca privada que cede crédito al Estado (en España, Santander, Sabadell, CaixaBank, BBVArgentaria, etc.)
    4. El interés del crédito para la inversión (el «valor del dinero») lo decide el Mercado Interbancario de la banca privada.
    5. El BCE no es un Bco Central de una Unión de Estados sino un fondo del Mercado Interbancario (acumula activos de la banca privada). Atención: no hay Bono Euro. Y el BCE compra Deuda Pública de los fantasmas de lo que queda del Estado-nación, en el Mercado Secundario de DP, como cualquier particular.
    Si vamos a hablar de Política, no de Filosofía sino de Política Económica, no vale el discurso ideológico de la antigua política partidaria parlamentaria.
    P.D. 1. Ya no existe la Alemania de la RFA, ya no existe la Alemania ni la Europa de la CEE (ni siquiera el programa de la RFA para el ingreso de España en la CEE, cuya función pasó a ocupar Polonia y Europa del Este), y la UE no es unos Estados Unidos de Europa.
    2. Existe un fondo llamado BCE, que está sometido a las agencias de Calificación, por lo que no puede invertir en el Mercado Interbancario más del 50% del fondo, para no perder la calificación AAA.
    3. Existe el Banco Europeo de Inversiones y el Mecanismo Europeo de Estabilidad.
    Ya no existen Planes Marshall, sino mecanismos superiores en la Globalización de la internacionalización de la producción y el trabajo, la mundialización de las relaciones de distribución e intercambio.
    ver La formación social actual en la Globalización; ver La Filosofía en la formación social actual y la Tecnociencia («formación social» significa un sistema de relaciones, estructura, funciones y formas; de una Economía Política de producción, distribución, intercambio, consumo)

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