Tormenta política en Israel

Finalmente, el mago Benjamin Netanyahu no ha sido capaz de sacarse un nuevo conejo de la chistera y se ha visto obligado a convocar nuevas elecciones legislativas para el 17 de septiembre. Su fracaso a la hora de formar una coalición de gobierno le ha forzado a disolver la Knesset, el Parlamento israelí, a pesar de que el viento soplaba a su favor. En los comicios de abril, el Likud fue la formación más votada con 35 diputados y, además, gozaba del apoyo de la mayor parte de los partidos conservadores de la Cámara, reacios a un gobierno liderado por el general Benny Gantz, líder de la coalición Blanco y Azul, que empató a escaños, pero obtuvo menos votos. Es la primera ocasión en los 71 años de historia de Israel que las elecciones deben repetirse ante la imposibilidad de formar gobierno, lo que da cuenta del monumental fracaso del primer ministro.

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El escollo infranqueable que se ha interpuesto en su camino ha sido el intento de Avigdor Lieberman, líder del partido Yisrael Beiteinu que representa los intereses de la población judía de origen soviético, de aprobar un borrador de ley que obligaría a los estudiantes ultraortodoxos de las escuelas religiosas a realizar el servicio militar, línea roja para el partido Judaísmo Unido de la Torá que ha rechazado integrarse en la coalición de gobierno. Este episodio refleja la polarización entre los sectores laicos y religiosos y la creciente fractura entre dos modelos antagónicos y, lo más peligroso, irreconciliables entre sí. Desde la fundación del Estado viene siendo habitual que los partidos religiosos judíos condicionen su apoyo al gobierno a cambio de que se comprometa a dar un trato de favor a los haredim o ultraortodoxos financiando las yeshivas o escuelas religiosas y garantizando el estricto cumplimiento del shabat. No obstante, en las últimas décadas, partidos laicos como Yisrael Beitenu o Yesh Atid se han plantado ante este chantaje por considerarlo un fardo cada vez más pesado para las arcas del Estado israelí, ya que, hoy por hoy, los ultraortodoxos representan el 20% de la población y sus tasas de natalidad triplican la de los matrimonios laicos.

La principal incógnita por despejar es saber cómo afectará este fracaso a las expectativas de Netanyahu. En las dos anteriores citas electorales, el Likud logró ser la fuerza más votada ante la manifiesta debilidad del desdibujado ‘campo de la paz’ liderado por el Partido Laborista. Si en 2015 el laborista Isaac Herzog logró salvar los muebles al obtener 24 escaños frente a los 30 del Likud, en 2019 el empresario Avi Gabbay apenas logró 6 diputados, el peor resultado alcanzado en la historia del laborismo israelí, que durante las décadas de los cincuenta, sesenta y setenta del pasado siglo mantuvo una posición hegemónica en la escena política israelí.

Ahora la principal amenaza que se cierne sobre el Likud es el centrista Azul y Blanco, una coalición liderada por militares de alto rango y formaciones laicas que considera que Netanyahu está inhabilitado para ejercer la función de primer ministro debido a las investigaciones por soborno, fraude y abuso de poder de las que es objeto y por las que podría acabar, como su predecesor Ehud Olmert, en la cárcel. Estas acusaciones colocan a Netanyahu en la cuerda floja, ya que el electorado podría castigarle dándole la espalda y apostando por la única alternativa capaz de desbancarle del poder: Azul y Blanco. Así las cosas, las elecciones de septiembre serán planteadas como un referéndum sobre la gestión de Netanyahu y sobre su capacidad de seguir al frente del gobierno. A Benny Gantz, que ve las elecciones como una segunda oportunidad, le podría beneficiar el apego del electorado por los militares, ya que las Fuerzas Armadas es la institución mejor valorada por la sociedad israelí, que está acostumbrada a que militares de alta graduación como Isaac Rabin, Ehud Barak o Ariel Sharon detenten el puesto de primer ministro.

Queda por saber si el respaldo del presidente Donald Trump al Likud de Netanyahu será suficiente para revalidar su victoria en las urnas. Esta misma semana, un Netanyahu en modo preelectoral declaró a la prensa que “la alianza entre Estados Unidos e Israel nunca ha sido tan sólida”. Desde su llegada a la Casa Blanca, Trump ha revisado los postulados centrales de la política de EEUU hacia el conflicto palestino-israelí posicionándose de manera inequívoca a favor de las tesis de los ‘halcones’ israelíes. Una rápida enumeración de algunas de las controvertidas decisiones adoptadas por Trump en los dos últimos años así lo demuestra.

En primer lugar, decidió interrumpir la ayuda a la UNRWA, la agencia de la ONU encargada de proveer ayuda a los refugiados palestinos; en segundo lugar, trasladó la embajada estadounidense de Tel Aviv a Jerusalén, lo que equivale a considerar Jerusalén como capital de Israel; reconoció la anexión israelí de los Altos del Golán, ocupados ilegalmente a Siria desde 1967, cuestionando el principio de que no se puede utilizar la fuerza para conquistar territorios ajenos; y, por último, cerró la delegación palestina en Washington privando a la Autoridad Palestina de interlocución ante los congresistas americanos. Todas estas medidas cuestionan la neutralidad de Washington y su capacidad para seguir ejerciendo el papel de mediador en las negociaciones, dado que se ha posicionado sin tapujos del lado israelí. Además, las decisiones de Trump vacían de contenido las negociaciones del estatuto final al decantarse por respaldar al 100% las posiciones del Likud.

La situación podría complicarse aún más en el caso de que la administración estadounidense decida anunciar el denominado ‘pacto del siglo’, que no es más que el plan elaborado por Jared Kushner, yerno del presidente Trump y amigo personal de Netanyahu, para intentar forzar a los palestinos a renunciar a la solución de los dos Estados a cambio de recibir inversiones para mejorar su anémica economía. Es decir: ‘paz por prosperidad’ en lugar de ‘paz por territorios’.

El principal problema de dicho plan, del cual tan sólo se conocen filtraciones puntuales a través de la prensa, es que parece estar inspirado en el proyecto de ‘paz económica’ promovido por Netanyahu, según el cual Israel levantaría gradualmente las trabas al movimiento y al comercio a cambio de que los palestinos renuncien definitivamente a su proyecto nacional. Este plan ha sido frontalmente rechazado por las autoridades palestinas que lo consideran una rendición, pero cuenta con el indisimulado apoyo de los príncipes herederos de Arabia Saudí y Emiratos Árabes Unidos –Muhamad Bin Salman y Muhamad Bin Zayed–, a quienes Trump se ha comprometido a respaldar en sus aspiraciones regionales en el caso de que se comprometan a financiar los ambiciosos proyectos económicos que se darán a conocer en la próxima Cumbre de Manama a finales del mes de junio.

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