Trump, Bolton y Venezuela

El nuevo libro-venganza de John Bolton, asesor de seguridad nacional de Donald Trump entre 2018 y 2019, revela muchas inconsistencias y falencias en la política de Estados Unidos hacia Venezuela. Algunos de estos problemas fueron generados por la personalidad errática del presidente; otros, por insistir con una estrategia equivocada que Bolton apoyó con entusiasmo.

En público, Trump reconoció al líder opositor Juan Guaidó como presidente interino en enero de 2019 e impuso sanciones para forzar la salida del dictador Nicolás Maduro; sin éxito. En privado, según el libro, el presidente consideraba a Guaidó un líder “débil” en contraste con Maduro, a quien definió como “fuerte” y “más inteligente de lo que creíamos”. De hecho, Bolton afirma que Trump estaba dispuesto a reunirse con Maduro, pero fue disuadido por sus asesores.

Fiel a su tendencia autodestructiva, en su intento de desmentir a Bolton Trump confirmó las revelaciones del libro. En una entrevista reciente, el presidente expresó todavía más dudas acerca del liderazgo de Guaidó y volvió a abrir la puerta a un encuentro con Maduro. Ello, a pesar de que Washington no reconoce a éste como presidente de Venezuela. Al poco tiempo, Trump debió corregirse en un tuit, aclarando de manera poco creíble que sólo se reuniría con su homólogo venezolano para discutir su salida del poder.

Cualquier persona que haya escuchado a Trump sabe que promover la democracia no está entre sus prioridades; ni en Venezuela ni en ningún lado. Dada su predilección por los líderes autoritarios y por las cumbres espectaculares, tampoco sorprende que respete a Maduro y quiera reunirse con él. Si Trump apoyó a Guaidó en público fue por la importancia del ‘lobby’ cubano y venezolano en Florida, un estado clave para las elecciones de noviembre, y porque Maduro se autodefine como “socialista”, munición que Trump puede usar contra el ala progresista del Partido Demócrata.

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Aunque no sorprendan, las declaraciones de Trump complican todavía más el liderazgo de Guaidó en un momento crítico. El apoyo de Estados Unidos es uno de los principales activos de una oposición acorralada por la represión del régimen y el acoso del Poder Judicial, controlado por el chavismo. Guaidó y la oposición siguen abrazados a Trump por desesperación, no por convicción. En enero de 2019, cuando Guaidó fue proclamado presidente interino por la Asamblea Nacional, Maduro estaba contra las cuerdas. Hoy parece consolidado en el poder y firme en su alianza con las Fuerzas Armadas, a pesar de la ruina socioeconómica del país. La descripción de Trump de un Guaidó débil y un Maduro fuerte es cruda, pero cada vez más cierta.

Además de detallar los exabruptos de Trump, Bolton defiende en su libro la estrategia de máximas sanciones contra Venezuela, a pesar de sus escasos resultados. Durante el gobierno de Barack Obama, Estados Unidos sancionó a líderes del régimen de Maduro acusados de corrupción y narcotráfico. A instancias de Bolton, bajo Trump Estados Unidos pasó a una política de sanciones contra toda la economía venezolana, incluyendo la cancelación de las compras de petróleo (la principal fuente de ingresos del régimen de Maduro) y restricciones casi totales a las transacciones financieras desde Venezuela.

A pesar del entusiasmo con el que Bolton defiende las sanciones, su relato desnuda las enormes limitaciones de este enfoque punitivo. La asfixia económica al régimen agravó la ya dramática crisis venezolana y reforzó a Maduro: en una economía arruinada, el Estado se convierte en el único actor capaz de distribuir bienes y servicios y recompensar a sus seguidores. Estados Unidos debería haber aprendido esta lección luego de seis décadas de sanciones contra Cuba, interrumpidas temporalmente bajo Obama. Sin embargo, admitir errores no es una característica de Bolton: aún reivindica la invasión a Irak de 2003, que impulsó como funcionario de George W. Bush.

Bolton muestra una miopía similar al analizar los roles de Rusia, China y Cuba. Admite que los tres países son sostenes fundamentales para Maduro, pero cree que la presión de Estados Unidos será suficiente para convencerlos de abandonar sus múltiples intereses en Venezuela. Para justificar esta ilusión, Bolton propone revivir la doctrina Monroe de 1823, mediante la cual Estados Unidos proclamó a América Latina su zona de influencia exclusiva. Se trata de un instrumento del siglo XIX, repudiado en la región y totalmente inadecuado para la realidad geopolítica del siglo XXI.

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Por otra parte, Bolton y otros funcionarios estadounidenses subestimaron el compromiso de las Fuerzas Armadas venezolanas con el régimen. Para lograr su apoyo, Maduro entregó a los militares enormes parcelas de poder, incluyendo el control de gran parte de la economía del país, tanto lícita (incluyendo la petrolera PDSVA) como ilícita (contrabando y tráfico de drogas). En ese contexto, las promesas de EE.UU. y Guaidó de amnistía para los militares que abandonaran a Maduro fueron insuficientes para convencer a gran parte de las Fuerzas Armadas.

El fracaso de la política de Estados Unidos basada exclusivamente en sanciones ya era obvio para mediados de 2019, cuando el desafío de Guaidó comenzó a desinflarse. Aunque contradijera las ambiciones de Bolton, una estrategia integral hubiera usado las sanciones para fomentar una negociación entre la oposición y el régimen. Sin embargo, Bolton ni siquiera menciona el proceso de diálogo llevado a cabo en Oslo en 2019, que colapsó ante las manipulaciones del régimen y la falta de apoyo de Washington.

El fracaso de la política de presión máxima contra Maduro es evidente. A través de las Fuerzas Armadas, el régimen controla lo que queda de la economía del país, y junto con bandas armadas (colectivos), también monopoliza el uso de la fuerza. Además, el Poder Judicial ha intervenido los principales partidos opositores, y se prepara para organizar elecciones legislativas a fin de año diseñadas para favorecer al chavismo. El final del mandato de la actual Asamblea Nacional terminará con la última institución democráticamente electa de Venezuela. La oposición está fragmentada y desmovilizada, y la esperanza que despertó Guaidó hace más de un año se está extinguiendo.

Este contexto dramático limita las posibilidades de Estados Unidos en Venezuela, aun si Joe Biden es elegido presidente. Incluso los demócratas tendrían dificultades para aceptar una negociación entre la oposición y el régimen que proteja los intereses de Rusia y China y garantice inmunidad y cuotas de poder para los militares y líderes chavistas. Además, Maduro tiene pocos incentivos para negociar: Estados Unidos ya utilizó casi todas las sanciones posibles, pero el régimen sigue en pie.

Aunque el libro pone de manifiesto sus limitaciones y errores, sería exagerado culpar a Trump y Bolton por la permanencia de Maduro en el poder. Aun con un presidente menos oportunista y un asesor menos fanático, Estados Unidos seguirá afrontando desafíos enormes para impulsar una transición a la democracia en Venezuela.

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