Trump: cabalgando el tigre

Desde que el mundo es mundo, los seres humanos anhelamos que nos cuenten relatos sencillos para explicar por qué pasan las cosas. Los antropólogos han descrito profusamente cómo lo resuelven las sociedades primitivas de cazadores y recolectores, siguiendo patrones universales que se reproducen por doquier. Sin embargo, desde que existe Twitter necesitamos, además, que los relatos quepan en 240 caracteres. De ahí que proliferen por doquier calificativos gruesos como golpe, fascismo, populismo, insurrección, para explicar telegráficamente que pasó, de parte de quién estamos, el horror que nos produce la situación y nuestro compromiso de combatirla. Todo eso en cuatro líneas, que además deben despertar sentimientos de adhesión, agitar y conmover, puesto que tuitear sin retuits y likes es una experiencia desoladora.

Lo ocurrido estas últimas semanas en Estados Unidos, y por ende en los últimos años con el ascenso de Donald Trump al poder es, sin embargo, un fenómeno complejo que, a pesar de la apariencia poco sofisticada del personaje, requiere de un análisis profundo en diversas dimensiones y niveles. A todas luces, no podemos ignorar las raíces sociológicas del fenómeno. Trump no es un líder con veleidades autoritarias que opera contra el sentir de la inmensa mayoría de los americanos amparándose en la fuerza bruta (como los generales o autócratas que imponen su dominio sobre la base de la pura opresión).

Trump llegó al poder aupado por una mayoría del Colegio Electoral, y aunque su nivel de aprobación ha permanecido durante su mandato levemente por debajo de otros presidentes anteriores, las diferencias no hacen pensar que la reelección fuera inverosímil. En un contexto de crecimiento económico como el que se ha vivido en buena parte de su mandato, habría sido difícil desalojarlo de la Casa Blanca de no haberse desatado la pandemia y su gestión quedara en entredicho en los meses anteriores a las elecciones.

En un país en que se viene anunciando desde hace años el declive de las bases socio-demográficas proclives a votar al Partido Republicano, Trump ha cosechado el mayor número de votos para un candidato republicano en la Historia. Según diversas encuestas, sus tesis sobre el fraude electoral masivo son compartidas, en mayor o menor grado, por segmentos muy amplios de sus votantes; y, por lo que nos revela algún sondeo de urgencia realizado tras los incidentes del Capitolio, la mitad de aquéllos aprueba la acción de los insurrectos y algo más de la mitad responsabiliza a Joe Biden de que tuvieran lugar. Cuatro días después de los acontecimientos del Capitolio, sólo el 15% de los votantes republicanos aprueba que Trump sea apartado inmediatamente de la Presidencia; o, dicho de otra manera, tiene el respaldo de una amplia base social, donde el ‘huevo de la serpiente’ ha anidado.

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Desde hace muchos años se sabe que los líderes autoritarios tienen, muchas veces, un importante anclaje social. Incluso lo pueden tener los regímenes totalitarios más severos, como ponen en evidencia algunas investigaciones sobre el nazismo.

¿Cómo ha logrado ese anclaje social? Diversas son las tesis que se manejan en la literatura académica. Existe evidencia muy robusta que acredita que Trump se beneficia del apoyo social tradicional del Partido Republicano, que se habría radicalizado en las últimas décadas hasta el punto de admitir sin problema alguno un candidato como el presidente saliente. Tanto en 2016 como en 2020, Trump ha cosechado un apoyo masivo entre votantes registrados como republicanos, lo que de por sí bastaría para convertirlo en un candidato competitivo. A ello habría sumado un volumen menor, pero significativo, de votantes de otras procedencias (no movilizados, independientes e incluso antiguos demócratas desafectos). Frente a este bloque rocoso, Biden ganó las elecciones con una movilización masiva y extraordinaria del electorado demócrata, y con el apoyo de la mayoría de independientes.

Son varias las hipótesis que se manejan en la literatura académica para explicar el éxito electoral de Trump. Sin ánimo de exhaustividad ni de entrar en detalle, un primer planteamiento pone el foco en que su auge es la expresión de un desgaste de los valores democráticos que se produce a nivel global, asociado a distintos desarrollos que conducen a una crisis de representación de los partidos tradicionales: el auge de movimientos identitarios reactivos, la polarización política en redes sociales, las nuevas oportunidades para producir y propagar desinformación y teorías de la conspiración, la desconexión de las élites (y, en particular, las progresistas) respecto a las preocupaciones reales de segmentos amplios de la ciudadanía, la incapacidad de los sistemas políticos de dar respuesta a grandes problemas emergentes para los que no valen las recetas clásicas.

En relación a este último aspecto, un segundo paquete de explicaciones se centra en las consecuencias económicas de la transformación del tejido productivo de las sociedades posindustriales, y por ende del tejido social, provocada por las nuevas tecnologías y la globalización. En las últimas décadas, muchas comunidades locales han experimentado severos trastornos económicos y sociales como consecuencia de la fuga a otros países de grandes empresas o la crisis de competitividad de estructuras productivas arraigadas en el territorio, la destrucción de ecosistemas ambientales provocada por años de contaminación, la desigualdad creciente y los problemas sociales que acompañan a todos estos procesos. Ante este contexto, amplios segmentos de votantes han acumulado grandes dosis de infelicidad, indignación y resentimiento. Hillary Clinton fracasó estrepitosamente en ofrecerles algún atisbo de esperanza.

La dificultad que afrontan ambas constelaciones de hipótesis es explicar por qué concretamente Estados Unidos (con un sistema institucional y una cultura democrática afianzadas) sucumbe, y eso se materializa en un deterioro notable del funcionamiento democrático. Eso no ocurre (al menos de momento) en la mayoría de los países europeos, sometidos a presiones similares.

En ese sentido, es necesaria una explicación adicional (complementaria), que apele a factores de carácter más idiosincrático. Una de la más robustas es, a mi juicio, la de los profesores Hacket y Pierson, en ‘Let them eat tweets’, sobre la base de un mecanismo descrito por Levitsky y Ziblatt en un libro mucho más citado que leído, ‘Cómo mueren las democracias’. En este último, los autores señalan que los partidos desempeñan un papel esencial como guardianes de la democracia: son un bastión contra el extremismo. Tienen la capacidad (y la responsabilidad) de cribar a demagogos peligrosos. Y así lo hicieron varias veces en la historia de Estados Unidos cuando figuras peligrosas (Henry Ford, Huey Long, George Wallace, Charles Lindbergh) se postularon a competir por la Presidencia. Con Trump, las élites del partido abdicaron de esa responsabilidad o ya no fueron capaces de ejercerla. Como señalan Levitsky y Ziblatt, el éxito político de Trump es la historia de la ineficacia de los sistemas de cribado.

Hacker y Pierson proponen una explicación basada en el trabajo del propio Ziblatt en otros estudios sobre la emergencia histórica de los partidos conservadores. El Partido Republicano se enfrentó a lo que llaman el «dilema conservador», un fenómeno ante el que se han encontrado y se encuentran estos partidos a lo largo de la historia, en Estados Unidos y otros países. En un contexto de incremento de las desigualdades y las fracturas sociales, los conservadores optaron por desplegar una agenda ‘plutocrática’, de defensa de los sectores más privilegiados (en otros países y contextos históricos análogos, muchos partidos conservadores han escogido estrategias más inclusivas).

Optar por esa estrategia entraña riesgos importantes para una formación de estas características, porque siempre es impopular. Al igual que sucede en muchos países, grandes mayorías de la ciudadanía norteamericana rechazaban una agenda que priorizara la bajada de impuestos a los más ricos, el desmantelamiento de los servicios públicos o la desregulación de la actividad financiera. El Partido Republicano podía contar con el trabajo de grandes lobbies y think tanks, financiados por grandes fortunas del país, para explicar la bondad de estas políticas, pero eso no resulta suficiente para atraer a bolsas suficientes de votantes. Para conseguir la movilización de los necesarios para alcanzar el poder necesitaba el apoyo de otras entidades y dispositivos de movilización y atracción de voto. Como otros partidos conservadores en situaciones análogas, el Partido Republicano optó por externalizar en buena medida estas funciones, cultivando complicidades con una red de actores dispuestos a promover una agenda muy conservadora en cuestiones sociales y morales. Este proceso, que se inicia hace décadas, acercó al partido en primer lugar a organizaciones de la derecha evangélica más extremista y a la Asociación Nacional del Rifle, entidades con una poderosa implantación en las comunidades locales que, a cambio de su apoyo, ejercieron una enorme presión para que el sistema de cribado del partido corte las alas a los candidatos más moderados.

En una segunda fase, se apoyó progresivamente en emisoras radiofónicas, canales de televisión y redes sociales, donde un nuevo perfil de locutores y comentaristas de la actualidad política convocaban audiencias crecientes con incitaciones tribales al odio, fundamentadas en sentimientos de temor y amenaza ante la globalización, la inmigración, las reivindicaciones de minorías o la dictadura de lo políticamente correcto. Con el tiempo, la bestia terminó devorando a su supuesto domesticador.

En este contexto, y aunque comenzó despertando suspicacias entre sectores del conservadurismo tradicional, Trump contó rápidamente con el apoyo de las personalidades mediáticas conservadoras más destacadas del momento como Sean Hannity, Ann Coulter, Mark Levin o Michael Savage. Como candidato con las hechuras de la era digital, Trump consiguió imponerse a candidatos más convencionales, aupado por una industria del odio cada vez más reforzada y desinhibida, ante las tímidas expresiones de inquietud de los pocos dirigentes republicanos de talante más conciliador que quedaban en el Congreso y Senado. Esta ‘industria del odio’ ha logrado el desplazamiento de votantes conservadores hacia posiciones más radicales. Diversos trabajos de investigación han acreditado el impacto persuasivo y movilizador del ecosistema mediático radical. Pero más allá de ese impacto, ha condenado a la marginalidad a las voces disidentes y cultivado la desconfianza de los electores conservadores hacia los medios tradicionales (CNN, NBC, The New York Times, The Washington Post), proporcionándoles una versión única y consistente de la América real.

David Frum, uno de los redactores de los discursos de George W. Bush, sintetizó en 2019 muy bien el proceso: “Los republicanos originalmente creímos que Fox trabajaba para nosotros. Ahora descubrimos que trabajamos para Fox”.

Crisis de representación, desigualdad creciente y apuesta por la opción plutocrática en el dilema conservador son procesos que, conjuntamente, entran en los últimos meses en combustión para conducir al borde del abismo a una democracia acrisolada como la americana. No hace falta plantear ningún paralelismo forzado para intuir que la historia podría repetirse en otros lugares.

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