Trump en Kenosha

A tres meses de las elecciones presidenciales en Estados Unidos, el candidato demócrata, Joe Biden, goza de una ventaja estimable sobre el presidente Donald Trump, según la gran mayoría de los sondeos a nivel nacional, recogidos por realclearpolitics.com. Hay que retroceder al 18 de febrero para encontrar una encuesta en la que el incumbent republicano estuviera por delante de Biden.

La ventaja del demócrata sobre Trump creció a raíz del asesinato de George Floyd (25 de mayo), tanto por el incremento de su estimación de voto como por el debilitamiento de la del candidato republicano. Éste llegó a caer hasta el 40%, pero en el último mes y medio ha recuperado prácticamente todo el terreno perdido. Los números de Biden inducen al optimismo, sobre todo cuando se comparan con los de Hillary Clinton hace cuatro años. A estas alturas en 2016, Clinton aventajaba a Trump en cinco puntos, mientras que ahora Biden lo hace en más de siete.

Pero la Presidencia de Estados Unidos no se gana a nivel nacional; que se lo pregunten a Hillary Clinton, que le sacó a Trump más de dos millones de votos pero no pudo ser la primera presidenta del país. Clinton perdió en el colegio electoral, cuyos miembros se eligen en función de quién recibe más votos a nivel estatal, siguiendo la lógica del winner takes it all. Así, Trump obtuvo menos votos en el cómputo global, pero ganó los estados necesarios para obtener la mayoría en el colegio electoral (los codiciados 270, que otorgan la victoria).

Trump ganó la Presidencia gracias a sus victorias por la mínima en cuatro estados cruciales: Florida, Pennsylvania, Michigan y Wisconsin. Su ventaja global en ellos fue de poco más de 225.000 votos sobre Clinton, el 0,17% de todos los sufragios obtenidos tanto por el ticket republicano como por el demócrata en esas elecciones. Los casos de Michigan y de Wisconsin fueron especialmente ajustados. Trump obtuvo en el colegio electoral los 22 votos que aportan estos dos estados por una diferencia menor del 1% (en el caso de Michigan, por un 0,2%).

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Y aquí, en los estados que deciden la elección, es donde las expectativas de Biden se enfrían. Es cierto que las encuestas le otorgan ventaja sobre Trump: ocho puntos en Wisconsin, seis en Michigan y tres en Florida o Pennsylvania. El problema es que esos datos son muy similares a los que tenía Clinton a estas alturas hace cuatro años. También entonces la candidatura demócrata superaba a Trump, incluso con ventajas que parecían insalvables (seis y ocho puntos de media en los estados más competidos), pero al final todos acabaron cayendo del lado republicano, otorgando la Presidencia a Trump.

La media de la ventaja demócrata en el trimestre de junio a agosto (que coincide con la celebración de las convenciones partidistas) en Florida, Pennsylvania, Michigan y Wisconsin da cuenta de la similitud entre la situación de 2016 y la actual. En Florida, la ventaja de Clinton era de 5,8 puntos; hoy Biden está por delante de Trump en 6,2. En Pennsylvania, Biden adelanta a Trump en 6,1 puntos de media cuando Clinton lo hacía en 5,8. En Michigan, la ventaja de Biden es idéntica a la de Clinton cuatro años atrás (6,9), mientras que en Wisconsin Clinton gozaba a estas alturas de una ventaja sobre su rival superior a la de Biden (8,6 puntos frente a los seis actuales).

Conjuntamente, estos cuatro estados otorgan 71 votos en el colegio electoral, imprescindibles para cualquiera que aspire a ganar la Presidencia. Estos votos, a día de hoy, están en el aire, sobre todo si se atiende a lo que pasó hace cuatro años, cuando la ventaja demócrata que pronosticaban los sondeos literalmente se evaporó.

Entonces, Trump fue capaz de generar un corrimiento de tierras subterráneo que los sondeos no supieron detectar y que le acabó dando la victoria. Ese movimiento se basó en la movilización de la población blanca de esos estados, mayoritariamente pobre y sin estudios universitarios, que hacía tiempo que veía su posición social contestada por las minorías, la globalización, la crisis económica y la pandemia de los opiáceos, que se cebó precisamente en esa población de las zonas más deprimidas del país.

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Trump supo recoger el sentimiento de ese segmento del electorado y devolverles la esperanza de un país que creían perdido para siempre (Make America great again), supo trabajar su resentimiento hacia las élites, hacia el mundo exterior, les proporcionó una bandera y la levantó bien alto.

Esto es exactamente lo que ha intentado hacer Trump en su visita a Kenosha, escenario del penúltimo caso de abuso policial contra la población negra, y que no por casualidad está en Wisconsin. Finalmente, después de verse superado por la epidemia de la Covid-19, Trump ha reencontrado su bandera: el miedo de las clases populares blancas de los estados del medio oeste depauperado por la huida de la industria, de los suburbios acomodados de Pennsylvania y de los jubilados de Florida. El miedo, ése es el arma que Trump sabe utilizar como nadie. Miedo a los disturbios, a la población negra, a la extrema izquierda que ha venido a acabar con el gran sueño americano, con la propiedad privada, con el capitalismo.

El asesinato de George Floyd situó a Trump en un rincón del tablero, junto a los supremacistas, pero la violencia y su utilización le han vuelto a situar en el medio, como el gran sacerdote de la América blanca, la América auténtica, la que reclama law and order frente a unos demócratas que son pintados como radicales, conniventes (cuando no alentadores) con la violencia y los saqueos. Ése es el juego en el que el presidente estadounidense se mueve como pez en el agua, el de la polarización.

Su principal problema es que, a diferencia de 2016, la base demócrata parece unida detrás de su candidato. Esta vez no es de esperar la abstención de la izquierda demócrata, que fue lo que en última instancia privó a Clinton de la Presidencia hace cuatro años (la candidata fue incapaz de cortejar a ese grupo, creyendo que no lo necesitaba).

Las encuestas detectan unas ganas de participar en estas elecciones muy superiores a las de 2016, sobre todo entre los demócratas. Pero para eso también parece tener solución Trump, y aquí tiene un aliado inesperado: el coronavirus. Las dificultades para ejercer el voto van a ser muy importantes en estas elecciones. Según un estudio de Pew Research Center, casi la mitad de los electores cree que va a tener problemas a la hora de votar, pero son especialmente los demócratas los que perciben mayores complicaciones (el 60% de ellos así lo indica, por sólo el 35% entre los republicanos).A la tradicional lista de trabas de todo tipo que existen en Estados Unidos, especialmente para las minorías, y a los manejos de las asambleas estatales del mapa electoral (gerrymandering) para asegurar unos determinados resultados, se suman esta vez las sospechas sobre la capacidad del servicio público de Correos para manejar la ingente cantidad de votos que el miedo a la epidemia va a propiciar en estas elecciones.

Miedo, desconfianza y caos. Éstos son los ingredientes que Trump cocina para estas elecciones. Por eso fue a Kenosha y se paseó por las calles arrasadas por los disturbios. Finalmente, Trump ha encontrado su campaña.

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