«Trump vio claramente que el coronavirus podía ser una amenaza para su reelección»

La intelligentsia y el establishment ven en Edward Luce (Sussex, Reino Unido, 1968), redactor jefe del Financial Times en Estados Unidos, a uno de los mejores analistas de la política estadounidense. Para el experimentado Zbigniew Brzezinski, consejero de Seguridad Nacional del presidente Carter, “es una importante figura en Washington D.C. por ser una de las personas mejor informadas del país, cuyos profundos análisis tienen que ser tomados en consideración no sólo en EE.UU., sino en el mundo entero”. Combina el conocimiento del funcionamiento del poder (fue la pluma de Lawrence Summers en su etapa de secretario del Tesoro) con la realidad del ciudadano común y corriente. Antes fue redactor jefe de The Financial Times para el sudeste asiático, en Nueva Delhi. Entre sus numerosos libros (incomprensiblemente, ninguno traducido al español) destaca The Retreat of Western Liberalism (Little, Brown Book Group, 2017), clave para comprender la llegada al poder de Donald Trump y el Brexit.

Hernán Garcés.- Según The Washington Post, los servicios de Inteligencia informaron desde el pasado enero a Donald Trump y su Administración sobre la peligrosidad del coronavirus. ¿Cómo valora el comportamiento en estos dos últimos meses del presidente y de la Administración norteamericana?

Edward Luce.- Es uno de los peores del mundo; en términos de negación, de complacencia y de negligencia. Es realmente un ejemplo flagrante de negligencia gubernamental. Creo que hay que atribuirlo a dos cosas. En primer lugar, existe una cierta complejidad latente en el sistema federal burocrático. Hay un centro de control fuerte ejercido por diferentes agencias administrativas (por ejemplo, la Food and Drug Administration y el Centro para el Control y Prevención de Enfermedades) que han sido objeto de recortes presupuestarios; y, por otra parte, un segundo actor, el Department of Health and Human Services. Se necesita mucha coordinación incluso con un buen presidente. Estos problemas inherentes al sistema federal americano han sido compensados, en parte, por los gobernadores y los alcaldes. Ésa es la fortaleza del sistema americano.

Sin embargo, dicho esto, el principal responsable es Trump, que vio claramente que el coronavirus podía ser una amenaza para su reelección porque podía asustar a los mercados financieros. Desde entonces, con el fin de sostenerlos, ha estado negando la realidad, señalando que nunca sería un problema en Estados Unidos. Por consiguiente, desperdició entre seis y ocho preciosas semanas de preparación contra el virus que iba llegar de todas maneras al país. Es un acto de negligencia grave. En retrospectiva, quizás podremos medir cuántas personas sufrieron a causa de esta pérdida de tiempo, cuántas vidas se perdieron por ello. Sin embargo, saber si a Trump le van a exigir responsabilidades es una cuestión totalmente diferente.

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H. G.- ¿La economía de los EE.UU. tiene los medios para afrontar en solitario esta pandemia o necesita la cooperación de China y la eurozona?

E. L.- Evidentemente, la cooperación mundial es necesaria en cuanto a compartir el equipo médico, así como para acordar no imponer controles de exportación, de medicamentos, alimentos y otros productos esenciales. Con cualquier otro presidente, incluyendo a George W. Bush Jr., habríamos tenido ese liderazgo americano, asegurando así que esto no se convierta en una espiral proteccionista. También creo que sería importante una coordinación fiscal y, en particular, monetaria. Y finalmente, una comunicación global de los líderes de todo el mundo, incluyendo China y Rusia, en coordinación con Trump y otros líderes occidentales, difundiendo el mensaje de que estamos ante un problema global que requiere soluciones y cooperación globales. Esto es indispensable en estos momentos. Sin embargo, eso no va ocurrir con Trump, no lo va a hacer, su instinto político le lleva a utilizar la globalización, a China y a los liberales como chivos expiatorios de esta pandemia. Sería lo ideal pero, desafortunadamente, no va a suceder.

H. G.- Existe la percepción generalizada de que, para que la lucha contra la epidemia tenga éxito, se requiere un alto grado de cohesión social y solidaridad. Muchos se preguntan si cuatro años de división social han mermado la capacidad de EE.UU. para luchar eficazmente contra la epidemia.

E. L.- Sin duda, los Estados Unidos son una sociedad profundamente polarizada y Trump es el resultado de ello. No fue él quien concibió esta polarización, pero la ha utilizado y empeorado para sus propios intereses; hasta el punto de que incluso los expertos más neutrales, sin afiliación partidista, son vistos ahora por gran parte de los estadounidenses como burócratas del deep state, gente involucrada en conspiraciones y complots. Existe un profundo deterioro de la confianza en la experiencia.

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También quiero subrayar que Trump es el beneficiario de la reacción a la crisis del 2008/09, cuando Wall Street fue rescatado, no hubo procedimientos penales contra algunas de sus figuras de alto nivel ni tampoco se impusieron límites respecto a cómo los grandes bancos de inversión podían usar el dinero del rescate. Y me temo que vamos a ver una repetición de este escenario en el primer proyecto de ley de estímulo por importe de dos billones de dólares que la Administración Trump ha estado negociando con el Congreso. ¿Quiénes van a ser los beneficiarios de los, al menos, 500.000 millones de dólares de dinero de rescate corporativo, incluyendo algunas disposiciones secretas en las que se puede ayudar a empresas o industrias específicas sin revelarlo al público durante seis meses? Esto genera el tipo de resentimiento y desconfianza que no se necesita ante una pandemia. Debes inculcar un sentido de solidaridad entre las personas y confianza en la autoridad. Y esto podría ser muy tóxico. Así que me preocupa que no se hayan aprendido las lecciones de 2008/09 y, peor aún, que se perciba como una oportunidad para las empresas de hacer negocio y obtener más subsidios a expensas de los que no la tienen. Esto puede ser una terrible y peligrosa señal que se transmite en este frágil momento de la historia democrática estadounidense.

H. G.- Entonces, ¿cabe la posibilidad de que esta crisis ayude a la reelección de Donald Trump?

E. L.- Creo que si continúa haciendo lo que ha hecho esta última semana, es decir, la de dar la impresión de que es un líder y de que en todo momento ha manejado la situación, y es reelegido sobre esta base, significaría que la democracia de los EE.UU. es básicamente inútil, porque lo habría logrado gracias a una propaganda escandalosa. Ha sido el responsable de crear esta crisis, porque disponía de la información necesaria para planificar en EE.UU. como en Alemania. Desde finales de enero podía haber empezado a importar tests, ordenar al Cuerpo de Ingenieros del Ejército que colaborara en la lucha contra la epidemia, aumentar la capacidad de los hospitales y ordenar la producción de material sanitario (mascarillas, respiradores). Todo podría haberse preparado con antelación, y ahora mismo EE.UU. tendría la situación más o menos bajo control. Por consiguiente, si es reelegido sobre la base de que ha manejado correctamente la gestión de la pandemia, hay que preguntarse lo siguiente: ¿qué entendemos por una democracia liberal sana?

H. G.- Usted dio una conferencia hace unos meses en la que sostuvo que si Trump fuera reelegido, significaría que su victoria en 2016 no fue un accidente.

E. L.- Exacto. Meses atrás, antes del coronavirus, sostuve que la reelección de Trump sería la prueba positiva de que el país no cometió una aberración en 2016, sino que fue un cambio deliberado y consciente en la dirección de la política estadounidense. Por consiguiente, esto refuerza que su eventual reelección supondríaun cambio permanente en la política norteamericana.

H. G.- ¿Qué impacto, si es que lo hay, cree que la epidemia puede tener en la situación geopolítica de EE.UU. en el mundo? ¿En su política exterior? Por ejemplo, Trump califica el coronavirus como un “virus chino”.

E. L.- Cuando empieza a llamarlo así, nos hace discutirlo y decir que es indignante, racista y un chivo expiatorio; pero eso es precisamente lo que quiere. Quiere que discutamos sobre la incorrección política porque siempre gana en la discusión con los votantes. Además, busca ese tipo de debate porque desvía la atención de las preguntas que se le deberían hacer a cada minuto: ¿dónde están las mascarillas?, ¿dónde están las camas?, ¿dónde están los tests?, ¿cuál es la dirección de la política federal en esta pandemia?

Los economistas llaman a lo que estamos viviendo un shock exógeno, como un meteorito que llega del espacio exterior. Esto no era inherente al sistema. Pero lo que hace es acelerar las tendencias estructurales que ya estaban presentes. Y la más importante de ellas, desde el punto de vista geopolítico, es un mundo en el que Estados Unidos privilegia de forma competente sus intereses nacionales estrechos de miras. Sin embargo, una cosa es ser amable con la gente e intentar, utilizando la diplomacia, conseguir lo que quieres de ellos, y otra cosa muy distinta hacerlo de manera irritante y acusatoria, como está haciendo Estados Unidos.

Esa actitud demuestra que no era sólo un juego de Trump de cara a la galería. Ésta es una nueva cara, muy sincera y aparentemente popular, que EE.UU. está mostrando al mundo. Es la cara más fea del país. Y lo que hace es acelerar los esfuerzos de los gobiernos de otras partes del mundo, tanto aliados como rivales (Rusia y China), para prepararse para un mundo en que Estados Unidos siempre será así, que no es una especie de distracción pasajera. Es un cambio consciente de su rostro hacia el mundo, y creo que llevará a mucha más competencia geopolítica, a mayor confusión. Es una oportunidad para China, que en estos momentos está claramente tratando de aprovecharla al máximo. Y creo que todo esto hace que el mundo sea mucho menos estable.

H. G.- Hace unas semanas, publicó un reportaje sobre el socialismo en EE.UU. que terminaba con la siguiente frase: “Incluso cuando Sanders está perdiendo, está ganando”. La traigo a colación para preguntarle si considera que la epidemia puede tener un impacto en la actitud de los estadounidenses respecto a su sistema de salud.

E. L.- Estamos en una situación que Barack Obama solía denominar como “momento de enseñanza”, por no ser una situación abstracta. Está epidemiológicamente demostrado que si las personas no tienen baja por enfermedad, van a poner en peligro a todo el mundo. La gran mayoría de estas personas va a ir a trabajar y, al carecer de servicios médicos básicos a los que puedan acceder de forma gratuita, van a propagar innecesariamente el virus.

Si ahora no soy tan contundente como hace dos semanas es porque me preocupa el relativo silencio de Joe Biden estos últimos días. La razón de este silencio puede deberse a que quiera exponer este argumento con más fuerza. No hay que olvidar que Bernie Sanders está todavía técnicamente en la carrera y, claramente, la primera prioridad de Biden es tratar de persuadirle para que se retire, acuerde un precio y lo apoye. Me imagino que ese precio será un compromiso mucho más fuerte respecto al cuidado de la salud universal, contra el capitalismo amañado y, tal vez, un impuesto sobre la riqueza. Tal vez el precio de Bernie sea demasiado alto y ni siquiera se hablen, no dispongo de esta información.

Pero cuanto más tiempo dure la falsa guerra de Sanders contra Biden o el virtual empate, más tiempo se dejará un escenario abierto para que lo domine Trump. Guste o no la opción de Biden contra Trump, aquél necesita estar en posición de martillear, usando el momento de enseñanza que mencionaba antes para demostrar que EE.UU. es un país de segunda clase para la mayoría de sus ciudadanos. El reflejo que ve cuando se mira en el espejo no es la de la nación más grande, el país más rico de la faz de la tierra. Toda esa retórica es como escuchar a un sacerdote dar el catecismo repetido en latín, como una especie de ritual. La realidad es que Estados Unidos es un país de segunda en muchos aspectos: su sistema de salud, sus infraestructuras, la calidad de sus políticas públicas, etcétera. Y necesitamos que un candidato demócrata martillee constantemente con esta realidad. Ahora se está desperdiciando un tiempo precioso. Espero que cambie pronto.

H.G.- ¿Hay que ser optimista?

E. L.- Creo que puede ser el acontecimiento determinante que cierre el ciclo de la codicia y el culto al egoísmo; una sociedad en la que la medida de tu trabajo está basada puramente en tu riqueza. Este egoísmo orgiástico se ha vuelto más y más dominante y se ha convertido en una bancarrota moral a medida que ha progresado desde la psique de Reagan. Es una realidad hoy en día, estamos teniendo una especie de reductio ad absurdum con Trump y espero que sea el punto final de este payaso ridículo. 

También espero que esto nos enseñe, de nuevo, el valor de la solidaridad comunitaria, el sentimiento de compañerismo y la conexión entre nosotros, una especie de textura real en la que la sociedad no es una palabra abstracta. Es algo real que todos habitamos, que el virus del que estamos hablando ahora es capaz de abrirse camino desde los Hamptons hasta un lugar recóndito de Nuevo México, es una amenaza igualitaria. Así que espero que ese tipo de epifanía, en la forma de innumerables pequeñas dosis, pueda estar calando en la gente y pueda aumentar la conciencia de lo que podemos hacer colectivamente frente al calentamiento global, que sigue siendo la mayor amenaza compartida globalmente por toda la humanidad.

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