Trump vuelve a la carga con aranceles contra Argentina y Brasil

Las guerras comerciales de Donald Trump empezaron en 2018, con el establecimiento de aranceles sobre las importaciones de Estados Unidos de acero y aluminio del 25% y del 10%, respectivamente. Aunque estas barreras no eran demasiado significativas, marcaron el inicio de las tensiones comerciales porque el presidente las justificó por razones de seguridad nacional (algo absurdo, habida cuenta de que la mayoría de dichas importaciones venían de aliados como Canadá o los países europeos) y forzaron a los demás países a tomar represalias.

Tras este primer encontronazo vino la guerra comercial con China y el bloqueo estadounidense a la nominación de jueces para el mecanismo de apelación de la Organización Mundial del Comercio (lo que, en la práctica, está suponiendo herir de muerte a la institución), entre otras muchas acciones unilaterales. La última de ellas, anunciada  el 2 de diciembre, abre la puerta al establecimiento de aranceles a las importaciones francesas con el argumento de que su impuesto digital discrimina a las grandes empresas tecnológicas estadounidenses.

Brasil y Argentina fueron de los pocos países que quedaron exentos del primer paquete arancelario sobre el aluminio y el acero importado. Ahora, sin embargo, Trump ha anunciado que les impondrá los aranceles alegando que están manipulando sus divisas para que sus exportaciones agrícolas sean más competitivas (en realidad, se están reemplazando cuotas por aranceles). Los interesados por la explicación técnica pueden ver este hilo de Chad Bown. Trump aprovechó también la ocasión (siempre vía tuit) para criticar a la Reserva Federal por no hacer una política monetaria más expansiva que abarate el dólar.

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Aunque es difícil entender qué pasa por la mente del errático presidente de Estados Unidos, parece que estos nuevos aranceles responden a que los agricultores estadounidenses están reduciendo sus ventas a China por la guerra comercial con el gigante asiático y Trump –que ha entrado en campaña electoral– tiene que mostrarles que los está defendiendo, para lo que ataca a los dos grandes productores agrícolas de América Latina. Es cierto que las monedas de Brasil y Argentina han perdido valor últimamente, pero eso se debe a las crisis económicas por las que están pasando (muy grave en el caso argentino) y no porque los bancos centrales estén depreciando sus monedas (¡qué más quisiera el argentino que el peso no llevara meses depreciándose por la salida de capitales del país!). Además, los movimientos de tipo de cambio son necesarios para que los países puedan absorber los shocks económicos y realizar ajustes; y, aunque en algunas ocasiones pueden tener como objetivo mejorar la competitividad externa, éste no es el caso de los países del Mercosur en estos tiempos.

Ahora veremos si Brasil y Argentina optan por establecer aranceles equivalentes sobre productos estadounidenses. En todo caso, haya o no escalada arancelaria, esta medida es una mala noticia económica: reducirá (marginalmente) el crecimiento, ya ha hecho bajar las bolsas (que reaccionan pasando de la manía al pánico con cada anuncio comercial de Trump) y demuestra que el presidente no tiene ningún respeto por las reglas multilaterales o las alianzas con países amigos.

En la UE debiéramos estar preparados para aranceles sobre los automóviles y asumir que los que se han establecido sobre los productos agrícolas, que son especialmente perjudiciales para España, no se van a revertir. De hecho, cada vez parece más claro que la Administración estadounidense tiene como objetivo volver al sistema comercial internacional imperante durante la época del GATT, entre 1947 y 1994, en el que los países tenían mucha más discrecionalidad para establecer barreras proteccionistas cuando lo consideraban oportuno y no existía un tribunal internacional como el de la OMC para dirimir conflictos. Creen que eso les permitiría lidiar con el auge de China, que es lo que más les preocupa, sin verse sometido a la molesta regulación supranacional.

El problema es que, en un mundo económicamente cada vez más interconectado y donde el crecimiento del comercio de servicios va a ser exponencial, tener una globalización sin reglas y flirtear con el proteccionismo de manera recurrente es demasiado peligroso, tanto para el crecimiento y la prosperidad como para la estabilidad política internacional. La UE lo sabe y está trabajando para liderar una reforma de la OMC que permita hacer compatible el inevitable auge económico de China con el mantenimiento de un campo de juego equilibrado.

Además, pretende utilizar la política comercial en la lucha contra el cambio climático, a ser posible mediante un acuerdo multilateral. Mientras Trump ocupe la Casa Blanca, nada de esto será posible. Pero habrá vida después de Trump; lo que no sabemos es si en 2021 o en 2025.

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