Trump y el fetichismo del automóvil

El próximo episodio de la guerra comercial se jugará en el campo del automóvil. Es más que probable que Estados Unidos establezca aranceles sobre sus importaciones y la Unión Europea debe estar preparada para responder. Lo más importante (y difícil) será evitar enfrentamientos internos entre una Alemania que tiene mucho que perder en este conflicto porque exporta muchos vehículos y una Francia que apenas exporta coches a Estados Unidos y que lo que tiene como prioridad es no abrir sus mercados a los productos agrícolas norteamericanos, que es lo que Trump pretende lograr utilizando la amenaza de aranceles sobre los automóviles como herramienta de presión. Veamos cómo se ha llegado hasta aquí.

Una de las pocas cosas buenas de la Presidencia de Trump es que ya lleva más de dos años en el cargo y, en algunos asuntos, empieza a ser más fácil anticipar su comportamiento, que al principio parecía totalmente errático. En el caso del comercio, más allá de que tenga profundas convicciones mercantilistas (exportar es bueno e importar es malo) y una muy limitada comprensión de la vinculación entre comercio y geopolítica (no considera como aliados a los países con los que tiene déficit comercial), queda claro su modus operandi.

Primero, critica los acuerdos comerciales existentes (como el antiguo Nafta o la Organización Mundial del Comercio, OMC) y promete al votante estadounidense que los modificará para defender el empleo nacional (America First), cosa que al parecer sus antecesores no hicieron. En la práctica, sabemos que el cambio tecnológico ha destruido mucho más empleo que las importaciones, pero lo importante para Trump es construir un relato, no exponer hechos.

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A continuación, establece una primera ronda de aranceles saltándose la normativa internacional, y propone no aumentarlos si el país al que le han afectado abre sus mercados a las exportaciones estadounidenses y establece mecanismos para exportar menos a Estados Unidos. El objetivo siempre parece ser reducir el déficit comercial de Estados Unidos, pero éste, de momento, sigue aumentando porque Trump ha hecho una política fiscal expansiva (bajando los impuestos a los más ricos), lo que aumenta la demanda de importaciones.

Por el momento, esta estrategia le ha funcionado con Canadá, México y Corea del Sur. Y pudiera ser efectiva con Japón y con China, con los que actualmente está negociando. La clave es cantar victoria ante el electorado, aunque en la práctica los cambios acordados sean menores y, además, nada asegure su cumplimiento porque se han hecho de forma bilateral y al margen de la OMC (que sí tiene un mecanismo para asegurar el cumplimiento de sus acuerdos).

Pero en el caso de la UE las cosas son diferentes. Se trata del principal mercado del mundo y de un aliado tradicional de Estados Unidos, cuyos líderes se sienten especialmente dañados por el hecho de que Trump haya orquestado una estrategia para que su Departamento de Comercio declare el acero, el aluminio y los automóviles europeos amenazas para la seguridad nacional estadounidense.

Sobre el tema de los automóviles parece existir un particular fetichismo en la cabeza del presidente. De los muchos productos que Alemania, Japón o Corea exportan a Estados Unidos parece haber algo especial sobre los vehículos que obsesiona a Trump. Por si quedaran dudas sobre su estrategia, el pasado 25 de febrero, en una cena con gobernadores, afirmaba en relación al comercio que “la UE es una de las más duras, tal vez la más dura. Posiblemente más dura que China, aunque algo más pequeña desde nuestro punto de vista. Y les hemos dicho que tenemos que reunirnos. Y que si no nos reunimos vamos a machacarlos a aranceles” (en inglés en el original “we are going to tariff the hell out of you).

Por lo tanto, todo parece indicar que, en los próximos meses, la Administración Trump establecerá aranceles sobre los coches europeos, que se producen mayoritariamente en Alemania pero que emplean componentes de muchos países de la Unión, desde la República Checa hasta España. Trump amenazará después con elevar los aranceles si la UE no abre sus mercados agrícolas a los productos estadounidenses. Y ahí la UE se enfrentará a una disyuntiva.

Francia no exporta coches a Estados Unidos y, por tanto, su economía prácticamente no se vería afectada por los aranceles. Además, es el país de la UE más proteccionista en agricultura. Por su parte, los otros 27 preferirían, tras reaccionar a los aranceles de Estados Unidos con medidas equivalentes, negociar un acuerdo comercial amplio que eliminara totalmente las barreras al comercio de bienes (coches incluidos), e incluso contemplarían abrir el mercado agrícola europeo a los productos estadounidenses (siempre que éstos cumplieran con los estándares europeos) si los norteamericanos también abren sus licitaciones públicas a las empresas europeas.

Sería muy importante que todos los países de la UE estuvieran plenamente alineados para que su estrategia sea creíble y consistente. Pero eso pasa por que Francia modifique su posición y por que ningún otro país europeo se afrancese, volviéndose más proteccionista. Al fin y al cabo, los estándares agrícolas europeos no se van a rebajar y lo que la UE necesita es presentar una posición común y aprovechar el tamaño de su mercado para hablar de tú a tú a Estados Unidos, en vez de sentirse intimidado ante la estrategia de matón de patio de Trump, como han hecho otros países más pequeños por miedo a perder acceso al mercado estadounidense.

Al hacerlo, la UE estaría mandando un importante mensaje y podría colocarse en situación de liderar una nueva coalición a favor del orden liberal internacional basado en reglas que todavía está imbricado en la OMC y que Estados Unidos parece querer destruir.

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