Tsipras y Europa, segunda parte

El referéndum del domingo se fraguó como una apuesta a todo o nada. O se cambiaba la relación de poder en Europa partiendo de un mandato popular reforzado o caía el gobierno de Tsipras.  Su convocatoria supuso romper las negociaciones sobre la extensión del rescate a Grecia y fue considerada un chantaje inadmisible por los líderes europeos. La economía griega quedó privada de mayores cuotas de liquidez de emergencia del BCE y se aplazaron hasta después del referéndum las negociaciones sobre un tercer rescate. Por si fuera poco, la convocatoria del referéndum fue recurrida en los tribunales griegos, se enfrentó a una opinión contraria del Consejo de Europa por sus escasas garantías democráticas y fue tachada de irrelevante por referirse a un paquete de reformas caduco.      

Pero si arriesgada fue la convocatoria, más arriesgada fue la campaña del sí. Poco después de convocarse, el Presidente de la Comisión Europea Jean Claude Juncker recomendó el voto afirmativo en el referéndum, argumentando que votar no significaba dar un portazo a Europa. Resultó ser un diagnóstico equivocado por dos motivos. En primer lugar, una opinión pública griega mayormente favorable a permanecer en el Euro no compró la amenaza del Grexit. Los partidarios del sí intentaron hasta último momento un trasvase de votos de los griegos favorables a permanecer en la moneda común (un 63% según el Eurobarómetro) a la opción conservadora con Europa. Pero las campañas negativas, más aún si van revestidas de una percepción de amenaza, no acostumbran a cuajar en momentos de alto voltaje político.

En segundo lugar, la campaña del sí pasó por alto que, a ojos de los ciudadanos griegos, lo que estaba en juego era la capacidad del gobierno de Tsipras de negociar unos nuevos términos de negociación con Europa. El campo del sí apostó por una caída Tsipras en caso de derrota en el referéndum, con la vista puesta en un gobierno de coalición nacional o incluso en unas nuevas elecciones generales. Lo que no tuvo en cuenta fue que estas hipotéticas nuevas elecciones las volvería a ganar Tsipras, y muy probablemente con mayoría absoluta. Tsipras se erigió como el híper-líder de un país que se consideraba objeto de agravio por parte de Europa y necesitado de mayores cuotas de mandato nacional en las negociaciones. Los ciudadanos acabaron votando lo que su líder les prometía.  Ello, sumado a la fragmentación del sistema político griego, creó el caldo de cultivo necesario para una victoria abrumadora de la opción del gobierno y, en particular, de su primer ministro. 

Que de todo ello se desprendan mejores perspectivas de acuerdo está por ver. El gobierno griego continúa siendo la parte débil en el Eurogrupo, necesitado de una nueva inyección de liquidez de emergencia por parte del BCE para evitar la bancarrota de sus bancos y de un nuevo rescate -a cambio de reformas profundas- que aleje el riesgo de suspensión de pagos. El clima político enrarecido, la falta de confianza y los elementos de guerra psicológica entre las partes negociadoras de las últimas semanas deberían dejar lugar a un clima de negociación más desapasionado. La renuncia Varoufakis a su puesto de Ministro de Finanzas puede allanar el camino. Pero, además, Tsipras deberá tejer mejores relaciones con el resto de líderes del Eurogrupo (en particular Renzi y Hollande). La falta de alianzas a escala europea fue uno de los mayores errores  del gobierno Tsipras antes del referéndum. Modificar las reglas del juego de la zona Euro y trasladar el debate democrático del plano nacional al europeo requerirá un mejor clima negociador, pero también un buen puñado de aliados.

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