Un ‘Brexit’ sin acuerdo es más probable que nunca

A finales del 2018 y principios de 2019, la discusión sobre un Brexit sin acuerdo fue intensa. ¿Se separaría el Reino Unido de la Unión Europea (UE) sin un acuerdo de salida? Al fin y al cabo, hubo pacto después de múltiples solicitudes de extensiones por parte de Theresa May y su sucesor, Boris Johnson, logró acordar la salida con los líderes europeos a finales de 2019.

Sin embargo, aún no ha desaparecido la amenaza de un Brexit sin acuerdo. Se han resuelto, al menos en parte, asuntos importantes como la frontera irlandesa, y se consiguió un periodo de extensión de 12 meses. Pero este acuerdo no definió (no podía hacerlo) la relación futura.

Probablemente, el periodo de transición finalizará a final de año. Existe la posibilidad de extenderlo hasta dos años más, pero esto tendría que decidirse antes de que termine este mes, y Reino Unido se resiste. El jefe negociador europeo, Michel Barnier, ya ha asumido la necesidad de una extensión por la falta de progreso en las negociaciones. Pero incluso sobre los asuntos más básicos, como cuánto tiempo se requiere para completar las negociaciones, no logran el consenso.

Así que el próximo 1 de enero ambas partes pueden enfrentarse a otro ‘Brexit’ sin acuerdo, esta vez sin tratado comercial (o de seguridad, pesca, etcétera), que es más relevante para la relación a largo plazo que el propio acuerdo de salida.

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¿Por qué puede ser diferente esta vez?

Después de todo, el Brexit ya es una realidad (al menos por el hecho de que Reino Unido ya no es miembro de la UE) y su relevancia pública se ha desplomado entre los británicos. ¿Representa esto una oportunidad para despolitizar las negociaciones? Parece que no.

La llegada de la Covid-19 ha tenido como consecuencia que ambas partes estén distraídas. El ‘Brexit no es la prioridad’ en ninguna de las dos orillas. La atención de la ciudadanía de las islas se centra en la respuesta al virus. Francamente, los británicos han oído ya bastante de la UE en los últimos años y consideran zanjado el asunto.

No hay mucho interés por repetir las batallas del pasado. Hubo unas elecciones generales en diciembre con un resultado decisivo: victoria de los pro-Brexit. Ya no hay resistencias conservadoras en la Casa de los Comunes. Johnson quitó del partido a 21 representantes europeístas antes de los comicios y todos los candidatos han de prometer su lealtad al eslogan Get Brexit Done. Johnson obtuvo luz verde para hacer lo que quisiera respecto al Brexit.

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Y no sólo se ha desintegrado la resistencia en la bancada conservadora, sino también en la laborista, el mayor partido de la oposición. Su nuevo líder, Keir Starmer, que fue el portavoz del partido sobre el Brexit en la legislatura anterior, sabe de la importancia de la primera impresión. No quiere que los ciudadanos lo cataloguen como un remoaner, o que sea definido por el Brexit. Starmer se ha resistido a criticar a Johnson por su gestión de este asunto después de las elecciones y no ha demandado una extensión del periodo de transición. Si hay daño económico, inevitable con una salida sin acuerdo, atacará al primer ministro, pero no quiere dar la impresión de estar obsesionado por el tema. Es inteligente desde el punto de vista político, pero también bastante cínico.

Hay otros partidos más críticos –los nacionalistas escoses y galeses, y los liberales y verdes–, pero no pueden tener ningún impacto sin el Partido Laborista; y, aun así, un cambio de rumbo de los conservadores sería improbable. Las patronales han sido también renuentes a criticar al Gobierno, reconociendo el esfuerzo de éste y la necesidad de reconstruir las relaciones después del Brexit .

Además, ¿quién felicitará a Johnson en su propio partido si alcanza un acuerdo? Tal acuerdo llevaría aparejados compromisos, y él ha construido su imagen a base a no adquirirlos, al menos respecto a su primera preocupación: la soberanía. Y los acuerdos comerciales siempre producen cesiones y restricciones de un tipo u otro y para ambas partes.

Johnson puede beneficiarse de la falta de interés público. Él aceptó separar económicamente a Irlanda del Norte de la Unión Británica después de haber predicado que nunca haría eso. No tuvo ningún coste político en el resto del país. ¿La lección aprendida? Los ciudadanos sólo prestan atención a los titulares, y los detalles son bastante irrelevantes, aunque las implicaciones en Irlanda del Norte y en toda la economía británica sean distintas.

Otro factor importante es lo que piensa el equipo de Johnson. Puede ser verdad o no, pero cree que la Covid-19 les ha otorgado una oportunidad, que no se repetirá, para camuflar el daño económico del ‘Brexit’ con el del virus. Este equipo también ha aprendido la importancia del factor tiempo en las negociaciones con la Unión Europea. Entienden que, sin la presión de una fecha límite, no sería posible alcanzar los compromisos necesarios para terminar en acuerdo. Así que una extensión no tiene mucha razón de ser porque, simplemente, retrasa el momento de la toma de decisiones.

¿Todo esto significa que una salida sin acuerdo es inevitable?

No, pero las barreras para la salida sin un acuerdo sí que son mucho menos altas que antes. Al final, el Partido Laborista tendrá que enfrentarse al Gobierno en otoño, pero para entonces será más débil que antes. Los empresarios también se harán más visibles, pero su influencia es muy reducida. Quizá, la acumulación de más datos económicos catastróficos por la Covid-19 podría hacer al Gobierno cambiar su enfoque, pero es muy dudoso.

La realidad es que faltan más de cuatro años hasta la próxima elección. La Covid-19 ha mostrado claramente que el mundo puede cambiar completamente casi en un instante. La presión reciente en las encuestas sólo remarca que un retorno a las batallas de los años anteriores (es decir, sobre Europa) podría ayudar a Johnson a reconstruir sus apoyos en el grupo parlamentario conservador, que ha sido bastante crítico con la gestión de la pandemia, y con ello su ventaja electoral.

La razón podría prevalecer. Hay compromisos establecidos por ambos lados. Pero yo preguntaría: ¿cuáles son los incentivos de Johnson para alcanzar un acuerdo? Pocos, en mi opinión. Los intereses materiales no han cambiado desde principios de 2019, pero la política sí.

Por fin, la reunión de alto nivel de este lunes entre los líderes de las instituciones europeas y el primer ministro británico no ha insuflado ningún ímpetu, justo lo contrario de lo que se había prometido. De hecho, en la declaración conjunta se ha reconocido que ambas partes aún no están de acuerdo en los puntos básicos de la negociación. El verano se presenta ya crítico, con un mayor intensidad de discusiones y negociaciones. Donde sí están de acuerdo es en que el pacto tendrá que alcanzarse a mediados de octubre para permitir su ratificación.

Es verdad que en la primera fase del Brexit hubo dificultades, pero muy concentradas en uno o dos asuntos y, además, con la posibilidad de alargar los tiempos. Ahora, el contexto no es comparable. Tienen cuatro meses para lidiar con una situación más compleja y, además, con menos motivación política.

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