Un Gobierno centrado

Concluido el agotador ciclo electoral, podríamos dedicarnos a analizar los concretos resultados de cada partido político para extraer conclusiones, inevitablemente parciales, acerca de su presente y/o futuro, en función (entre otras cosas) de los posibles acuerdos a que puedan llegar para formar los correspondientes gobiernos estatal, autonómicos y municipales. No obstante, y sin ignorar que eso será seguramente lo que acabe imperando en los próximos días en el debate público, quizás no esté de más que, desde ya mismo, procuremos descifrar el significado no partidista de dichos resultados electorales a partir de los mismos.

En términos generales, de los grandes partidos de ámbito nacional los que más han crecido han sido el PSOE y Ciudadanos (al margen de Vox, lógicamente, cuya irrupción electoral no se puede en absoluto despreciar, pese a que se ha quedado por debajo de sus expectativas) y los que más han bajado han sido el PP y, sobre todo, Podemos (en sus múltiples variantes y manifestaciones).

Aunque es posible extraer otras conclusiones de esos datos, creo que hay una evidente: representan una indudable muestra de la moderación que, hasta el momento, ha mostrado el pueblo o, más precisamente, el cuerpo electoral español, que en lugar de deslizarse por la peligrosa pendiente resbaladiza de las posturas extremistas y populistas, tal y como temíamos, ha sido capaz de dar una oportunidad para que se produzca la necesaria recuperación del consenso perdido en torno a dos proyectos políticos que, con sus indudables diferencias, pueden, no obstante, ser capaces de ofrecer una salida razonable al país, proporcionando un Gobierno estatal y varios gobiernos autonómicos y municipales sólidos y estables para los próximos cuatro años.

Como es lógico, para lograr algo así hace falta, por un lado, una gran dosis de humildad y de generosidad políticas, y, por el otro, ser capaz de anteponer los intereses del país a los personales y partidistas. El país, en efecto, tiene que hacer frente en los próximos años a grandes retos, entre los que los provenientes del independentismo catalán y del extremismo de ultraderecha, sin ser los únicos, no son, sin embargo, los menores. Y para superar con éxito estos desafíos y otros, cuyo recorrido tiene, sin duda, una gran relevancia para nuestro futuro bienestar (reforma del sistema económico productivo, mantenimiento del poder adquisitivo de las pensiones, reducción de la desigualdad socio-económica, la precariedad laboral y la pobreza infantil, mayor protagonismo en las cada vez más importantes instancias europeas de decisión, etc.), parece que lo mejor es construir gobiernos sólidos y estables que, fundamentados en el viejo y añorado consenso, puedan proporcionar en los próximos años respuestas sosegadas y adecuadas en la buena dirección; es decir, alejadas de los nacionalismos separatistas, excluyentes e insolidarios, y de los populismos disolventes que pretenden conducir al país por una senda desconocida en la que se ofrecen soluciones simplistas a problemas muy complejos, lo que, en último término, podría acabar polarizando la sociedad en la temible dicotomía amigos-enemigos.

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En toda noche electoral los corazones de izquierdas o de derechas se exaltan y gritan sus penas o alegrías. Pero tras la agitada noche llega siempre, con sus rutinas, la mañana. Después del día electoral, con sus emociones, vienen los días del análisis, que necesita calma. Por eso, en estos próximos cabe esperar que quienes tienen la responsabilidad de ofrecer una respuesta al país sean capaces de anteponer a sus más íntimos deseos, que suelen seguir el ritmo del corazón, sus más ponderadas decisiones, que para ser acertadas han de dejarse guiar por la razón.

Si pensamos en el Gobierno de España, es muy difícil que Pedro Sánchez se resista a intentar un Gobierno de izquierdas, aunque dependa para ello de Unidas Podemos (y PNV y CC-PNC y PRC, con la abstención de los independentistas de ERC, que de izquierdas tienen muy poco, dicho sea de paso). De igual modo, es extraordinariamente complicado que Albert Rivera se resista a mostrarse como el líder en ascenso de la derecha (dado el serio batacazo electoral del PP, aunque se intente ocultar tras el resultado de Madrid, y el aún relativamente escaso peso del ultraderechista Vox), negando su apoyo, por tanto, al PSOE. No obstante, a pesar de tales dificultades, de lo que también deben de ser conscientes tanto Sánchez como Rivera es de que su apuesta por el bloque de izquierdas (y demás) o de derechas (más o menos extremas) les lleva a alejarse del centro, que ha sido precisamente el gran ganador en estas elecciones generales, europeas, autonómicas y locales.

Perder el centro político persiguiendo el sueño de una sociedad hecha a imagen y semejanza de nuestros deseos (de izquierdas o de derechas) tiene un alto riesgo, porque, en el mejor de los casos, puede llevarnos al mundo cómodo (y ficticio) en el que sólo nos comunicamos con nuestros semejantes (los que comparten nuestras ideas), y en el peor de ellos puede conducirnos a legitimar un discurso cada vez más extremista que, enfrentado a otro igualmente radical, puede acabar en la incomunicación, antesala del enfrentamiento.

Toda democracia necesita, para seguir siendo tal, de ciertos consensos que, como es natural, sólo se pueden construir en torno al centro (izquierda y derecha), lo que conlleva renunciar a personalismos y partidismos sectarios. El cuerpo electoral español (el pueblo) ha ofrecido a PSOE y Ciudadanos la oportunidad de recuperar, a nivel estatal y en un número importante de relevantes comunidades autónomas y municipios, ese consenso (político y social) que tanto se ha resquebrajado en los últimos años. Ojalá la aprovechen, aunque tengan que tragarse algunas desafortunadas palabras pronunciadas en plena contienda electoral. ¿Pero qué son esas palabras en comparación con el interés general del país?

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