Agenda Pública

Un nuevo Alto Representante para un nuevo mundo

El cargo de Alto Representante de la Unión para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad (que es, al mismo tiempo, Vicepresidente de la Comisión Europea, Presidente del Consejo en su formación de Asuntos Exteriores y máxima autoridad del Servicio Europeo de Acción Exterior), popularmente conocido como Alto Representante, es uno de los cargos más importantes de la Unión Europea (UE). Uno de los cinco famosos “top jobs”, cuya designación trae estos días de cabeza a los líderes europeos. Sorprendentemente, en algunos ambientes de la burbuja bruselense circula el mensaje de que el nombramiento del Alto Representante no se encuentra entre las máximas prioridades de las diferentes capitales (¿Por qué nadie pugna por el cargo de ‘ministro’ europeo de Exteriores?). Es verdad que para los Estados Miembros alguno de los otros grandes puestos en liza, como los de Presidente de la Comisión, del Consejo Europeo y del BCE, pueden resultar más atractivos porque tienen una influencia indiscutible en el futuro devenir del proyecto Europeo. Sin embargo, la idea de que obtener el puesto de Alto Representante no iría mucho más allá de un premio de consolación resulta, cuanto menos, cuestionable. Se trata nada menos que del “Ministro de Asuntos Exteriores de la Unión Europea”, una figura que entró en vigor en 2009 con el Tratado de Lisboa, y que va bastante más allá del cargo que, con el mismo nombre pero mucho menor poder, ocupó en su día Javier Solana.

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La aportación  principal del Tratado de Lisboa en lo que respecta a la acción exterior de la UE fue unir en una misma persona – con “doble sombrero” – la posición de Alto Representante del Consejo, responsable de la política exterior y de seguridad común (la llamada PESC), y el de comisario de relaciones exteriores, encargado de coordinar dentro de la Comisión la proyección exterior de las políticas comunitarias. Se trataba de dotar a la UE de mayor coherencia, visibilidad y continuidad en la política internacional. O, lo que es lo mismo, ayudar  a que los Estados miembros y la UE como tal hablen con una sola voz en el mundo. Al mismo tiempo, en su faceta de Vicepresidente de la Comisión, también estaría llamado a ejercer autoridad sobre los grandes poderes y recursos de la Comisión en el ámbito exterior (comercio, desarrollo, clima etc.) y de la dimensión internacional de las políticas comunes (inmigración, energía, innovación) multiplicando así la efectividad de los instrumentos de la política exterior europea.

La diferencia entre la acción exterior de la Comisión y la PESC (que es la acción en materia típicamente diplomática y de seguridad) es que esta última es la única política intergubernamental de la UE, lo que implica que los Estados Miembros tienen la última palabra y poder de veto. Los Estados Miembros más grandes de la UE, que son los que cuentan con mayor proyección internacional, poder militar e influencia en las instituciones  (particularmente dentro del Servicio Europeo de Acción Exterior, el servicio diplomático de la UE), han tratado de determinar las líneas marco y agenda de la política exterior de la UE. Además, han sido, a menudo, los interlocutores directos de los grandes líderes mundiales como Donald Trump, Xi Jinping o Vladimir Putin. Esta dinámica se ha visto favorecida por el nombramiento de dos primeras Altas Representantes (Catherine Ashton (2009-2014) y Federica Mogherini (2014-2019)) que tenían un perfil político e internacional más bien bajo. Hasta ahora, los Jefes de Estado y de Gobierno no han querido nominar a una figura políticamente relevante como Alto Representante que pudiese “hacerles sombra”. No han estado dispuestos a designar a un verdadero líder que marque una línea clara de política exterior europea.

Sin embargo, el contexto internacional actual necesita a la UE más que nunca para que haga de contrapeso a los gigantes como China y Rusia, que a su vez son rivales sistémicos,  o al desafío estratégico en el ámbito comercial y de la seguridad occidental que supone la actual Administración en EEUU. Actualmente, la UE es el  único actor global relevante que  defiende el multilateralismo y un orden mundial basado en reglas. Además, los retos globales como: cambio climático, migraciones, demografía, delincuencia organizada, inteligencia artificial, etc. transcienden la dimensión nacional. Los Estados Miembros individualmente no serán capaces de dar respuesta a estos problemas. El reto fundamental del próximo Alto Representante será pues el de superar la fragmentación entre los Estados Miembros y promover una posición única y coherente hacia el exterior.

En este cometido no solo deberá liderar la política exterior de la UE en el seno del Consejo, sino que deberá desempeñar eficazmente sus funciones de Vicepresidente de la Comisión, lo que necesariamente implica una mayor coordinación e impacto en las tareas que la Comisión ejerza con una dimensión exterior. La única opción que tienen los Estados Miembros de la UE y sus instituciones para seguir jugando un papel relevante en el escenario global es actuar conjuntamente. Para alcanzar ese objetivo el futuro Alto Representante deberá contar más que nunca con autoridad política, recursos institucionales y la confianza tanto del presidente de la Comisión como de las capitales, especialmente de las más poderosas. Solo de este modo estará en disposición de alcanzar consensos y marcar la agenda exterior europea.

La relevancia del cargo depende fundamentalmente de la persona elegida como Alto Representante y ello determinará, en gran medida, el papel que la UE quiere jugar en el mundo. Por ello, los jefes de estado y de gobierno europeos deben aprovechar este nombramiento como su gran oportunidad para lanzar un mensaje claro de compromiso con los retos globales y la defensa de los valores e intereses europeos en un entorno cada vez más complejo. En este sentido, España, como país grande, claramente pro-europeo y con claro liderazgo entre los socialdemócratas, tiene una oportunidad de oro para marcar el rumbo a seguir. España no debe vacilar en jugar todas las cartas de las que dispone con el fin de situar a alguna de sus destacadas figuras políticas como futuro Alto Representante, y de ese modo, contribuir decisivamente a conformar la acción exterior que la UE, y nuestro país, necesitan.