«Una Europa no politizada no es una Europa democrática»

El profesor J. H. H. Weiler (NYU School of Law) es un jurista de prestigio mundial. Se ha dedicado mayoritariamente a la Academia y, dentro de ella, a estudiar y favorecer tanto el desarrollo de la disciplina de Derecho de la Unión Europea como la consolidación de las bases jurídico-políticas de la propia Unión.

Como experto europeísta, está preocupado por los problemas institucionales y políticos a los que la UE y sus instituciones deben hacer frente. Se trata, en realidad, de problemáticas globales o transversales, que afectan a todos los regímenes democráticos del planeta: los nacionalismos, el populismo, la desafección ciudadana, entre otros. Sin embargo, en el ámbito de la Unión Europea hay que añadir una debilidad de serie: su déficit democrático. Éste ha estado siempre presente en la creación y desarrollo de las comunidades y después en la Unión. Es cierto que se han ido adoptando medidas, de mayor o menor calado, tendentes a su superación. Sin embargo, las propias lógicas y funcionamiento de las instituciones europeas y de los estados participantes no permiten eliminarlo definitivamente; es más, parece un elemento que viene y va.

Sobre este déficit democrático y el panorama europeo al que deberán hacer frente los nuevos miembros del Parlamento Europeo tras las elecciones de este domingo han conversado el profesor Weiler y nuestra colaboradora Ruth Ferrero. A ambos debemos agradecer su disponibilidad y buen hacer. !Disfruten de la lectura!

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Ruth Ferrero (RF): Me gustaría que habláramos sobre varias cuestiones que tienen que ver con  dos ejes de análisis: por un lado, la estrategia europea, y, por otro, la revisión o pseudo-revisión institucional del marco comunitario. En esta línea, por ejemplo, la elección de los Spitzenkandidaten; las propuestas que vienen de Francia o de Alemania, especialmente de Macron. Estas propuestas tienen la intención de revertir lo que se puso en marcha con Lisboa y, más concretamente sobre la reversibilidad del proceso de elección del Spitzenkandidat en su forma actual y cómo casaría con las críticas en relación con el déficit democrático de la Unión Europea, a ese intento de venta de la democratización institucional post Lisboa hacia la ciudadanía ¿Hasta qué punto considera que son determinantes las elecciones de finales de mayo en relación con estos procesos que se abrieron con Lisboa relativos a la democratización de la Unión Europea? Éstas son las segundas elecciones que se celebran con ese marco normativo ¿Hasta dónde cree que van a ser determinantes para definir realmente el procedimiento de elección del presidente de la Comisión? 

Joseph Weiler (JW): El dato más importante en estos comicios no es quién va a ganar y cuántos escaños van a conseguir los populistas, pese a que todo el mundo habla de eso, sino cuánta gente va a votar. ¿Por qué en cada elección europea menos y menos personas van a votar? En 2014, después de Lisboa, con el Parlamento Europeo con poderes plenos, votó el menor número de personas. Menos de 50%, en algunos países menos de 25% y en todos países mucho menos que en sus elecciones nacionales. ¿Qué legitimidad tiene un Parlamento con estos datos? Es una señal de enfermedad en el politeia europea.  

RF: ¿Y qué enfermedad es ésa? 

JW: En lo  esencial, que en la UE persiste un profundo déficit democrático. Yo soy europeísta, convencido. Pero el déficit democrático no se puede negar. El error más grave que comete la gente, también los políticos, es decir, si el Parlamento, directamente elegido, es hoy co-legislador pleno junto con el Consejo de Ministros. Entonces, ¿dónde está ese déficit? Tristemente, está, vaya si está. 

Pese a la diversidad de sistemas políticos que conviven en Europa, todos cumplen con dos principios básicos. El primero, que la ciudadanía es la que tiene el poder de decidir quién va a gobernarles. La Unión Europea es un sistema de gobierno enorme, creciente, y determina el 30% o 40% de la normativa en el contexto nacional; pero, como decía,  la ciudadanía europea no puede determinar quién va a gobernarles. No se puede esconder esta realidad. 

El segundo principio de cualquier democracia es que la ciudadanía debe tener el poder de determinar cómo va a ser gobernada. Si hay una mayoría parlamentaria a favor del Partido Socialista Europeo (PSE), tendría que haber una política de centro-izquierda, no de centro-derecha. Sin embargo, en la UE las elecciones al Parlamento Europeo no determinan su orientación política posterior

La esencia mas primitiva de la democracia es el choice –elección entre opciones diferentes. Es también la esencia de la política. Sin choice no hay ni política ni democracia. Y en el sistema europeo actual la ciudadanía no tiene, en un sentido real, esta choice. Y eso es para mí la razón principal para la indiferencia mantenida hasta ahora hacia las elecciones europeas. ¿Por qué no van a votar? Porque son inteligentes. ¿Para qué hacerlo en lugar de ir a la playa? Si nuestra decisión no determina quién va a gobernarnos y cómo vamos a ser gobernados, ¿por qué debo ir a votar? 

RF: ¿Pero el ejercicio de los Spitzenkandidaten no da por lo menos una respuesta a la primera exigencia? 

JW: Es una primera etapa fundamental puesto que otorga a la ciudadanía la capacidad de determinar, por lo menos, un elemento importante del poder europeo: al menos en teoría, el nombre de la persona que dirigirá la Comisión Europea. 

Sin embargo, hay dos peros importantísimos: en primer lugar, el sistema de Spiztenkandidaten no funciona bien porque, por ejemplo, si se hace una encuesta en España preguntando quiénes son los candidatos para la presidencia de la Comisión, puede ser que el 10% diga «pues por el centro-derecha Weber y por el centro-izquierda Timmermans». El resto no sabrá contestar.  Y, ¿por qué no lo saben? Porque no hay partidos europeos.  Si el PPE o el PSE lo fueran, la gente habría percibido que son elecciones europeas, que hay un partido europeo, no español: los socialistas o los democristianos. Por ello, esta fase de Spitzenkandidaten sin partidos europeos es importante, pero todavía muy débil. 

Hay más. En España, Sánchez ha ganado las elecciones. Va a nombrar ministros del PSOE, a pesar de la voluntad de Podemos la mayoría o todos van a ser socialistas. Por tanto, en principio, sabemos cuál va ser la orientación política del nuevo Gobierno. En cambio, si Macron no consigue estropearlo, aunque gane las elecciones europeas Weber o Timmermans, la Comisión no va a ser una Comisión de centro-derecha o de centro-izquierda. Weber sería, en su caso, el presidente de la Comisión, del Partido Popular, pero el Gobierno español, pongamos, designaría a Josep Borrell como comisario. Esto es, la Comisión no es de un color político o de otro; sólo lo es la Presidencia.

Además, hasta ahora, el etos político en las instituciones europeas es que la Comisión no debe ser política en el sentido ideológico (ni derecha ni izquierda), sólo funcional, lo que es una tontería. Yo le dije a Barroso, el presidente de la Comisión anterior a Juncker: «Cuando se elija al Spitzenkandidat, si es un socialista debería empujar para tener una Comisión socialista”. Y él respondió: «¡Ah!, no, Europa es políticamente neutral». Ontológicamente, no existe una situación de gobernanza que sea políticamente neutral. Simplemente, la política es escondida bajo la alfombra

En todo caso, el problema más básico es que no hay una discusión realista del estado de la democracia de la Unión Europea. Todos aceptan que es democrática, y no lo es. Y lo digo siendo un convencido europeísta.  Como consecuencia, el grito de batalla populista (taking back control) tiene una fuerza muy movilizadora: porque los ciudadanos europeos sienten que no tienen casi ningún impacto sobre la dirección de la Unión Europea. Somos objetos, no sujetos. 

RF: Por tanto, ¿es más relevante una mayor participación o que los partidos nacional-populistas saquen mejores resultados que en anteriores elecciones? 

JW: Si tuviera que elegir, hipotéticamente, qué es mejor o peor para Europa, diría que prefiero una participación más elevada, aunque sea a costa de que entren más populistas. Porque en unas elecciones europeas en las que participa mucho menos de la mitad de la población (en algunos países el 20%)… eso no es democracia.

RF: Llama especialmente la atención la baja participación de los jóvenes… 

JW: Es así. Porque los jóvenes, a pesar de lo que dicen los viejos tontos como yo, son inteligentes. Es la prueba de que el ciudadano de los países de la UE no se siente europeo. Es español, es italiano, francés, lituano. La democracia de la indiferencia es lo contrario de la imagen del ideal de democracia republicana. 

RF: Y ¿qué se podría hacer? Asistimos estos días a declaraciones muy rimbombantes llamando a la participación electoral, alabando las bondades que transmite Europa, siempre desde el europeísmo más acrítico con la forma en la que se ha desarrollado el proceso de integración, con cómo se están dirimiendo determinadas cuestiones en el marco institucional de la Unión. ¿Cómo se podría revertir el desapego de los ciudadanos?

JW: La propaganda no ayuda, porque la ciudadanía es inteligente. Lo que ayuda, lo que es esencial, lo que funciona, es cuando la gente siente que votar es importante. Si los socialistas hubieran dicho «si hay mayoría socialista en Europa, garantizamos políticas de no austeridad y crecimiento, pero sin ella, eso no podrá ocurrir», la gente iría a votar. Pero no pueden decir eso, porque la estructura institucional de la Unión Europea no lo permite, porque el partido que gana las elecciones europeas no va a determinar el color político de Europa.

RF: Quizá eso también enlaza con la ausencia de debate en los estados nacionales sobre la cuestión europea. 

JW: En esta ocasión, por primera vez, hay en muchos países un debate sobre Europa. Y por eso pienso que el nivel de participación va a aumentar. Pero es un debate un poquito primitivo: soy pro o contra Europa en términos muy generales y vagos. El debate maduro hubiera sido qué Europa quiero, con planes concretos y posibilidad de elegir entre ellos.  

Vi hace dos o tres días el resumen del debate sobre el Parlamento Europeo. Borrell fue el más impresionante, un estadista. Pero el segundo más interesante fue el candidato de Vox, porque por lo menos decía algo. El resto de candidatos se limitó a decir obviedades (lo que en EE.UU. llamamos motherhood and apple pie). Evidentemente, todos queremos empleo, todos queremos cuidar el medio ambiente, pero no marcaron diferencias políticas sustanciales. 

RF: Por tanto, sería posible un proceso de politización de la cuestión europea para fomentar la participación electoral, pero la institucionalidad no lo permite.  

JW: Podrían hacerlo, pero no quieren. Tienen mucho miedo a esta opción. Y no totalmente sin razón. Un Europa politizada conllevará seguramente riesgos en el periodo de transición. Sería una Europa nueva, a la que no estamos acostumbrados. Es preciso hacerlo de manera evolutiva, no revolucionaria; y, por eso, la maniobra de Macron y otros líderes contrarios a los Spitzenkandidaten es regresiva. Pero si tuviera que elegir entre el statu quo de indiferencia y una seria falta de proceso democrático, y un futuro más participativo y democrático, elegiría por el segundo a pesar de los riesgos. 

RF: ¿Qué le diría a los teóricos de la Unión Europea como Majone o Moravcsik cuando apuntan que una politización y polarización ideológica de la Unión Europa llevaría a su destrucción? 

JW: Es un error. Están desacreditando la democracia para mantener una estructura. Y no lo creo, no va a destrozar Europa. Europa no se destruye, sería una Europa diferente, mejor. El principio más básico de la democracia es la elección, tener opciones. Repito, no se puede tener una democracia sin política.

RF: ¿Qué les dice a los que quieren una Europa más inter-gubernamental como solución a la situación actual? 

JW: En la realidad europea, más ‘inter-gubernamentalidad’ significa más poder para Alemania y Francia. Triste, ¿no? Dos ‘blancanieves’ y 25 ‘enanos’. Es decirle a Macron o a Merkel que tienen el mando. Durante la crisis fue Merkozy, Merkel y Sarkozy, y ahora sería Mercron.

RF: ¿Vamos a ejercer los españoles un papel importante, más relevante, en este nuevo ciclo político? 

JW: Puede. Los españoles son muy críticos con España, a pesar de que es un país increíble. La democracia española, incluso con el problema catalán vigente, está sana. Es una democracia viva, la gente no es indiferente. España es el modelo de mayor éxito de entre los países que hicieron la transición de la dictadura a la democracia en lo que hace a su cultura política.

La diplomacia española es muy muy hábil. Pero, sobre todo, para defender la posición española.

Hasta ahora, España no se ha considerado a sí misma un líder europeo. ¿Por qué hay un ‘plan Macron’ o un ‘plan Merkel’ y no hay un ‘plan español’? Los italianos sufren del mismo mal. No hubo un plan Renzi cuando Renzi tuvo el mayor partido socialista de Europa. No había estrategia europea, había estrategia italiana. 

Hoy, el papel histórico de España es liderar el bloque filo-europeo, pero como contrapeso a ‘Mercron’; de forma sutil, como sabe hacer la diplomacia española mejor que otras. 

RF: Para terminar, ¿no le parece su idea central (una Europa más politizada) un poco radical? 

JW: ¿Radical? ¿La idea de democracia es radical? 

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