¿Una ola verde en Europa?

En medio del habitual ruido mediático en torno al crecimiento de los partidos de extrema derecha, algunos medios y analistas han llamado la atención sobre el buen resultado que algunos partidos verdes vienen cosechando en varios países europeos. El ejemplo de Alemania, donde los Verdes han obtenido recientemente cerca del 20% de los votos en dos elecciones regionales (Baviera y Hesse) es quizás el caso más paradigmático. Asimismo, a nivel nacional las encuestas sitúan ahora mismo a los Verdes en Alemania como la segunda fuerza, por encima de los socialdemócratas y la extrema derecha, con casi un 20% de intención de voto.

Por su parte, en Holanda el partido verde (GroenLinks) se disputa el segundo puesto en las encuestas con la extrema derecha de Geert Wilders, con alrededor del 17% de los sufragios. Los Verdes de Luxemburgo (Déi Gréng) tambien obtuvieron en las elecciones de octubre el mejor resultado de su historia, con el 15,1%. En los comicios parlamentarios en Finlandia, que se celebran en abril de este año, los verdes prevén también conseguir su mejor resultado hasta la fecha.

En el gráfico 1 he incluido 11 países de Europa occidental donde distintos partidos verdes han obtenido, en elecciones parlamentarias celebradas entre 1978 y la actualidad, al menos el 5% de los votos. En primer lugar, observamos que estas formaciones son actores relevantes principalmente en el centro y norte de Europa.

En estos países, desde finales de los 70 las cuestiones post-materiales como el ecologismo, los derechos civiles o la emancipación de la mujer han formado parte de la discusión pública. Ello propició una ventana de oportunidad para la formación de partidos con este tipo de agendas. Estas demandas, aupadas primero por los movimientos sociales y canalizadas después a través de las instituciones, surgen como resultado del proceso de secularización, la revolución educativa y el aumento de los niveles de vida que se produjo en la Europa democrática en las décadas de la posguerra. Al mismo tiempo, unos sistemas electorales especialmente proporcionales facilitaron la llegada a los parlamentos de partidos verdes y/o de nueva izquierda en estos países, así como de de partidos de derecha radical. A día de hoy, el clivaje cultural, en la que se incluyen también las actitudes hacia la inmigración o la Unión Europea, sigue ejerciendo un papel muy importante en la competición política de estos países.

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En segundo lugar, llama la atención el caso de dos países donde los partidos verdes han seguido la tendencia contraria en los últimos años. En Austria, los verdes de Die Grünen perdieron en las elecciones parlamentarias de 2017 casi el 10% de su apoyo y no tienen representación parlamentaria, a pesar de que sustentan la Presidencia del país desde 2016.

En Dinamarca, el partido verde (Socialistisk Folkeparti, SF) ha tenido una gran relevancia desde finales de los 90, moviéndose entre el 8% y el 15%. Sin embargo, en las últimas elecciones de 2015 obtuvieron su peor resultado desde 1977 (4,2%), mientras que la izquierda radical (Enhedslisten), uno de sus principales competidores, consiguió su mejor resultado, con cerca del 8% de las papeletas y 14 escaños.

Estos dos ejemplos quizás ejemplifican que, a pesar de que existan elementos estructurales o institucionales que permitan un buen resultado de los partidos verdes, también hay que prestar atención a la agencia (como sugería Luis Ramiro hace unos días) y a cuestiones más coyunturales como el tipo de liderazgo.

En tercer lugar, los países del sur de Europa (Portugal, España, Italia y Grecia) no aparecen en el gráfico dado el escaso éxito electoral que tienen aquí los partidos verdes. A menudo, aquí los partidos verdes se integran dentro de coaliciones junto a partidos de izquierda radical o nueva izquierda, como es el caso de Equo y Podemos o la coalición electoral de los ecologistas portugueses con los comunistas (PCP–PEV).

La ausencia de una tradición en estos países se explica en gran parte por las particularidades de su desarrollo político, económico y social. Las transformaciones socioeconómicas (secularización, terciarización de la economía y aumento de los niveles de vida) que se produjeron en el norte de Europa en las décadas de la posguerra no tuvieron lugar de forma simultánea en países gobernados entonces por dictaduras. También es cierto que países como España, Grecia o Portugal destacan por la unidimensionalidad de su competición política, por lo que los asuntos post-materiales no han formado parte de una dimensión cultural independiente de la económica, sino que ambas han ido de la mano.

Las posiciones ideológicas de los partidos verdes

Con el paso de los años, los partidos verdes han ido incorporando muchas más materias a su agenda política como el feminismo, el apoyo a las sociedades abiertas, la defensa de las minorías o el europeísmo. Estas posiciones son hoy más centrales y transversales que hace dos o tres décadas, lo que aumenta el atractivo potencial de estos partidos entre el electorado joven, urbano y con estudios superiores preocupado por un abanico de cuestiones que incluyen el medioambiente, pero van más allá.

Como muestra la mitad izquierda del gráfico 2, estos partidos ofrecen propuestas económicas moderadas, cercanas al centro-izquierda. Así sucede en Alemania, Finlandia, Suecia, Luxemburgo, Austria y Holanda, donde su dimensión económica se sitúa entre el 2,5 y el 5, de acuerdo con la encuesta elaborada por los expertos del CHES (Chapel Hill Expert Survey). Sin embargo, en la dimensión cultural (GAL-TAN, o Green-Alternative-Libertarian y Traditional-Authoritarian-Nationalist), los partidos verdes se sitúan claramente en el extremo izquierdo, es decir, en los postulados más claramente cosmopolitas.

Por otro lado, en el gráfico 3 observamos que la dimensión cultural continúa siendo más importante en el discurso de los partidos verdes que las cuestiones redistributivas, aunque estas últimas también son particularmente relevantes en los verdes alemanes o belgas.  

¿Qué elementos favorecen el ascenso de los partidos verdes en Europa?

En un artículo académico reciente, Zack P. Grant y James Tilley tratan precisamente de averiguar cuáles son los elementos que explican la variación en el éxito de los partidos verdes en Europa. Observan que acostumbran a ser más exitosos en países con un mayor desarrollo económico y altos niveles de producción de energía nuclear que en países con niveles altos de desempleo.

Desde el punto de vista de las instituciones, Grant y Tilley concluyen que los partidos verdes reciben más votos en las elecciones nacionales de países con sistemas de gobierno descentralizados. Esto se debería, por un lado, a que estos partidos utilizan las elecciones regionales para dar a conocer su proyecto político y saltar después a la arena nacional con mayor credibilidad y, por otro lado, a su compromiso político con la descentralización del poder. Por último, los autores señalan que los partidos verdes lo tienen más complicado allí donde existe un partido de izquierda radical relativamente asentado, ya que compiten por un electorado similar.

Todavía es pronto para saber en qué medida el éxito de estos partidos irá en aumento o si acabarán emergiendo en países donde no están presentes a día de hoy. El hecho de que el grupo de los verdes en el Parlamento Europeo no vaya a crecer en las elecciones de mayo –se espera que pierda algunos diputados– invita al escepticismo, en comparación con el crecimiento de los grupos que integran partidos de derecha radical (según las proyecciones el ENF –Europe of Nations and Freedom– pasarían de 37 a alrededor de 60 escaños).

En cualquier caso, conviene no olvidar que la evolución al alza de estos partidos es parte de un proceso más amplio que se resume en el aumento de la fragmentación política alrededor de Europa. Un fenómeno que ha llegado para quedarse y que los partidos políticos en España deben entender cuanto antes para empezar a actuar en consecuencia desde las instituciones.

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