Una Unión Europea en transición

Con el mandato recién estrenado, la Comisión geopolítica de Ursula von der Leyen se vio desafiada por una crisis global. En pleno azote de la pandemia del coronavirus en Europa, y con el liderazgo comunitario obligado a lo que ya se ha bautizado como la diplomacia del Zoom –por el uso obligado y masivo de los programas de videoconferencias–, el primer ministro italiano, Giuseppe Conte, advertía a través de la pantalla a sus homólogos europeos de que se encontraban ante “una cita con la historia” que corría el riesgo de terminar en fracaso. Y no empezó bien para la UE: el distanciamiento social y político marcó las primeras semanas de emergencia en unos estados miembros a la defensiva, que optaron rápidamente por el repliegue y la priorización de las agendas nacionales.

La pandemia hizo reaparecer el legado mal digerido de todas las crisis anteriores: el choque norte-sur en la eurozona y el de este-oeste en la llamada crisis de los refugiados. Así que con la Unión Europea de nuevo al límite –tanto a nivel sanitario como político o económico–, el desgaste institucional que conlleva la gestión de crisis y la desconfianza inicial entre estados miembros se sumó a una lista larga de agravios recientes acumulados.

En un primer momento, la crisis pasó factura a la lenta reacción comunitaria. Sin embargo, el nuevo liderazgo institucional, especialmente el binomio de presidentes, Von der Leyen y Charles Michel, intensificaron los esfuerzos para la coordinación de la acción europea: repatriando ciudadanos comunitarios atrapados por el confinamiento fuera de la Unión, flexibilizando las reglas del pacto de estabilidad o estableciendo una guía para un levantamiento escalonado y organizado del cierre. Además, Von der Leyen se apresuró, ante la Eurocámara, a pedir disculpas a Italia por la falta de reacción y solidaridad inicial, demostrando más capacidad de autocrítica y cintura política que sus predecesores en crisis anteriores. Pero, sobre todo, con la valentía de su plan de recuperación post-pandemia, la nueva presidenta de la Comisión –con el apoyo evidente de la canciller alemana, Angela Merkel– puso las bases del último gran salto hacia delante en la integración política y económica de la Unión. Las 90 horas de negociación en la cumbre maratoniana de mediados de julio hicieron mucho más que sellar un ambicioso fondo de recuperación de 750.000 millones de euros: confirmaron también el rescate de la idea de Europa; de la solidaridad como instrumento; de la capacidad de idear y consensuar nuevas respuestas –en forma de ayudas, fiscalidad o endeudamiento común– a la altura del desafío que tenemos encima.

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El acuerdo alcanzado por los 27 jefes de Estado y de Gobierno es una respuesta también a un relato global de la pandemia que se formuló, en un primer momento, en forma de dilema de modelos políticos que interpelaba directamente a la UE y a su visión del multilateralismo y de un mundo basado en reglas: entre los defensores de una solución colectiva –a pesar de las vulnerabilidades de las grandes organizaciones globales, como la OMS o la ONU– y los que propugnan el repliegue y el refuerzo del poder del Estado para una mejor protección de los territorios; entre el modelo de vigilancia digital y control social de la ciudadanía, para aislar el virus, y el derecho a la privacidad de nuestros datos personales. El mismo alto representante para la Política Exterior Europea, Josep Borrell, se refirió a una “batalla global de narrativas”, que obliga a la UE a tomar una mayor conciencia del “componente geopolítico que incluye una lucha por la influencia a través del relato». Es en este contexto de confrontación donde la restructuración del orden global ha entrado en fase de aceleración y digitalización.

Atrapada en una rivalidad sistémica

Para desarrollar una visión geopolítica, la Unión Europea necesita recursos, aliados y estrategia. Pero, ¿quiénes son los aliados de la UE en este nuevo orden global de cuestionamiento del multilateralismo? ¿Cómo puede esta Europa abrumada por el nuevo horizonte económico y social escapar de la lógica bipolar que exige tomar partido entre las esferas comerciales y tecnológicas de Estados Unidos o China? ¿Dónde puede o aspira a situarse Europa –y sus estados miembros– en este nuevo orden global digital?

Las relaciones de la UE con las tres grandes potencias de influencia global están, en estos momentos, atrapadas en contradicciones. La desconfianza política transatlántica seguirá como mínimo hasta después de las elecciones presidenciales en Estados Unidos, y está por ver si incluso más allá, a pesar de que existe una dependencia económica mutua. La relación con Rusia sigue siendo uno de los puntos de tensión internos debido a las visiones confrontadas entre París y Berlín, con Emmanuel Macron como partidario de rehacer el vínculo con Moscú y garantizar una “arquitectura de la seguridad europea” que comprenda “desde Lisboa a Vladivostok”, y con Angela Merkel marcando los límites del re-acercamiento.

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Si Rusia supone un desafío geopolítico clásico de esferas de influencia territoriales, el poder tecnológico chino ha ampliado el concepto a una nueva dimensión. El poder digital, el control de los flujos de datos y el acceso a los bienes y servicios digitales construyen nuevas áreas de influencia tecno-política, ante la cual la UE se siente desprotegida y atrapada en sus propias contradicciones; entre la necesidad y la desconfianza ante una China que pretende salir de esta crisis fortalecida tecnológicamente y en la nueva bipolaridad frente a los Estados Unidos.

¿Puede Beijing ser un ‘aliado’ para la Unión en su estrategia de defensa del multilateralismo? Su relación oscila entre la captura de inversiones bilaterales y la necesidad de una estrategia coordinada de concertación global. En su última posición oficial, de marzo de 2019, Bruselas calificó a China de “competidor económico” y de “rival sistémico”, por su promoción de modelos alternativos de gobierno. La crisis del coronavirus ha amplificado aún más la desconfianza europea en cada uno de estos actores. La falta de transparencia y la maquinaria propagandística china, la desinformación rusa que se ha infiltrado en el debate público sobre la pandemia en Europa y el negacionismo científico mostrado por Donald Trump dificultan la necesidad de una solución colectiva al desafío existencial que la Covid-19 supone para el proyecto europeo.

La Europa vaciada

La agenda de Bruselas tiene un hilo conductor que deberá vertebrar el trabajo de los próximos cuatro años. Con su priorización del Pacto Verde europeo y la transición digital, Von der Leyen consiguió ofrecer un relato político y estratégico para la nueva Comisión y, con ello, identificó dos de los grandes retos globales que son, a su vez, dos riesgos internos vitales para la Unión. Ambas agendas tienen un efecto directo en la cohesión territorial europea, en las brechas geográficas, las desigualdades sociales y en la confrontación entre zonas urbanas y rurales, que ya tensan hoy en día políticamente a la UE.

Estamos inmersos en una transición ecológica que puede cambiar las bases de la economía, hacer emerger nuevas potencias y relegar a otras de los escenarios de influencia global; que puede cambiar modelos de consumo, de producción, incluso de subsistencia para algunas regiones.

La segunda transición, la de la aceleración tecnológica, ha adquirido ya una dimensión geoestratégica. La tecnología está fijando nuevas fronteras del poder. Ha transformado la producción, difusión, consumo y credibilidad de la información, el mercado laboral o el concepto de amenaza. Pero todo esto ocurre en una Unión Europea donde todavía hay países con casi una cuarta parte de su población que no usa nunca internet. A pesar de ello, las medidas de confinamiento decretadas en los inicios de la crisis del coronavirus han acelerado el proceso de digitalización de una gran parte de la población europea, obligada a reorganizar su cotidianidad laboral, educativa o de ocio a través de aplicaciones y de oferta en línea.

A medida que arreciaba la pandemia, sobre todo en países de la UE con un menor índice de conectividad entre la ciudadanía, se ensanchaba también la asimetría de posibilidades entre aquellos ciudadanos con acceso a internet y los que no. Una desigualdad que se suma a los costes sociales acumulados de crisis anteriores. Por ello, la UE debería afrontar los desafíos geoestratégicos de esta transición digital –desde la carrera por la inteligencia artificial, el negocio de los datos de los ciudadanos europeos (que también es una de las prioridades de la Comisión) o, incluso, el debate sobre la ética de la tecnología–, sin amplificar las brechas internas.

A nivel exterior, las transiciones ecológica y digital de Europa también tienen otro factor en común: son dos retos globales en plena crisis del multilateralismo. La renuncia de los Estados Unidos a los acuerdos de París, la crisis en la Organización Mundial del Comercio y el cuestionamiento de un mundo basado en reglas, el choque por la implantación de Huawei, la tecnología 5G o la nueva bipolaridad digital entre Estados Unidos y China dibujan un contexto que limita los avances comunitarios en estas dos agendas y la capacidad transformadora de la Unión Europea a escala global.

Hace tiempo que en Bruselas se debate cómo puede la UE construir un modelo tecnológico y de gestión y análisis de datos que no suponga tener que escoger entre el capitalismo de Silicon Valley, que acumula información social en manos privadas para beneficios lucrativos, o el sistema chino, que las concentra en manos del Estado para imponer un control social; entre la autocracia digital y el capitalismo de plataforma. Hasta ahora, la UE ha demostrado tener mucha más capacidad reguladora que de desarrollo industrial de su propia tecnología. Su dependencia del exterior en este terreno determina sus límites geopolíticos.

Polarización versus consenso

A finales de marzo, en pleno espectáculo de desunión europea por la emergencia del coronavirus, el expresidente de la Comisión, Jacques Delors, se lamentaba de que “el microbio ha vuelto» y amenaza a la UE con un «peligro mortal». El microbio en cuestión era el de la desconfianza entre los socios, la tentación de repliegue, de retorno a las fronteras internas y al debate sobre los límites de la solidaridad. La descoordinación entre estados miembros dañó, una vez más, la legitimidad del proyecto comunitario. La retórica nacionalista se apoderó de una parte de la respuesta de los estados miembros y las tentaciones autoritarias siguieron avanzando en países como Hungría o Polonia, al amparo de las medidas extraordinarias decretadas para combatir la pandemia.

En los últimos años la naturaleza de la UE ha ido cambiando por los efectos de las continuas crisis, la polarización del debate político y la erosión de principios y valores que definían el proyecto europeo. Estamos ante una Unión Europea en transición; pero ¿hacia dónde?

Resiliencia es la nueva palabra clave de la narrativa comunitaria. La UE ha demostrado más capacidad de resistencia de lo que le auguraban la depresión post-referéndum del Brexit y los costes sociales y políticos de tanta concatenación de crisis. Éste es el “momento de imaginar lo inimaginable”, aseguraba en abril el presidente francés, Emmanuel Macron, en plena negociación de un Fondo de Recuperación. El 21 de julio, los líderes europeos, forzados por el agotamiento y la necesidad, pero también desde la conciencia de que había que dar una respuesta a la altura de la pandemia que nos azota, supieron hacerlo.

(Ésta es una versión actualizada del artículo del Anuario Internacional Cidob 2020. Accede a todos los contenidos del mismo en: anuariocidob.org)

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1 Comentario

  1. Manuel Fernández Vílchez
    Manuel Fernández Vílchez 09-02-2020

    ¿La Finlandización de Europa?

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