Una victoria política, pero no estratégica

La muerte del líder del Estado Islámico, Abu Bakr al Bagdadi, en el marco de una operación de las fuerzas especiales de Estados Unidos, supone una victoria política sin paliativos para el presidente Trump. Llega en el momento más oportuno para el líder estadounidense, que afronta el cuestionamiento de su política exterior debido a la retirada de las tropas estadounidenses en Siria y el debate sobre el proceso de impeachment provocado a raíz de la solicitud, a las autoridades ucranianas, de que investiguen las actividades del hijo del ex vicepresidente y candidato a las primarias demócratas, Joe Biden.

A pesar de su importancia, más simbólica que real, el fin de Al Bagdadi supone la culminación de la estrategia puesta en marcha por Estados Unidos en 2014. Fue ese año cuando, a raíz de la debilidad del Estado en Irak, las políticas sectarias atribuidas al primer ministro Nuri al Maliki y de la guerra civil en Siria, esta entidad desgajada de Al Qaeda alcanzó una enorme notoriedad al conseguir expandirse en Irak y Siria, incluyendo ciudades de la relevancia de Tikrit o Mosul, proclamar un califato y ostentar el control sobre su población y el territorio, suponiendo un polo de atracción de combatientes yihadistas procedentes de diferentes partes del mundo.

Este auge supuso un momento de crisis para la política exterior del presidente Obama, que afrontó críticas desde los sectores más intervencionistas del establishment de la política exterior de Washington. Éstos habían cuestionado previamente la no implementación de la línea roja en Siria marcada por el presidente estadounidense, a raíz del uso de armas químicas por parte del régimen, y plantearon que la retirada de tropas estadounidenses de Irak en 2011 había sido un error que permitió la materialización de las políticas sectarias de Al Maliki y el ascenso de dicha entidad.

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La estrategia que se puso en marcha después de la Cumbre de Cardiff de 2014 se componía de diferentes dimensiones que abarcaban desde el plano militar al político o diplomático hasta incluso el de ayuda al desarrollo, según los documentos estratégicos de la propia Administración Obama. Asimismo, se puso en marcha una coalición de estados entre los que se incluyó España, que contribuiría a la lucha contra el Estado Islámico de diferentes formas, incluyendo el adiestramiento de tropas del Ejército iraquí.

Con el paso del tiempo, la estrategia iría mostrando su éxito y, poco a poco, las ganancias del Estado Islámico fueron revirtiéndose tanto en Irak como en la vecina Siria, donde Rusia y otros actores también participarían a la hora de combatir a esta organización. El propio Obama calificaría en su entrevista en The Atlantic de 2016, ya a finales de su segundo mandato, al Estado Islámico como amenaza “no existencial”.

Esta lucha fue uno de los pocos asuntos de política exterior a los que el entonces candidato Donald Trump concedió cierta relevancia durante la campaña presidencial, defendiendo una política exterior enérgica para su derrota que, sin embargo, no modificaría en lo sustancial los planteamientos de su predecesor, suponiendo uno de los principales puntos de continuidad en la política exterior de ambas administraciones.

La cada vez más evidente pérdida de territorio y poder del Estado Islámico llevaría a la Administración estadounidense a tratar de hacer efectiva una de las principales promesas que el presidente Trump hizo en materia de política internacional durante la campaña: el fin de las “guerras interminables” en las que Estados Unidos se había visto envuelto durante años e incluso décadas y de las que la Guerra de Afganistán se había convertido en ejemplo prototípico.

En el caso de Siria, donde el cambio de régimen ya había sido descartado como objetivo principal de la intervención estadounidense, se intentó llevar a cabo una retirada de las tropas estadounidenses en enero de este año, cuando salió a la luz una conversación telefónica con el presidente turco Erdogan en presencia del consejero de Seguridad Nacional, John Bolton. Sin embargo, dicha retirada fue pospuesta y no se haría efectiva hasta el anuncio a principios de octubre, ante la ofensiva turca contra las fuerzas kurdas que habían sostenido la ofensiva frente al Estado Islámico con el apoyo estadounidense, y a las que Turquía considera una amenaza para su seguridad nacional.

Esta retirada produciría una notable controversia entre el establishment político de Washington, llevando a acusaciones de abandono de los aliados kurdos y críticas tanto entre los líderes demócratas, que ya estaban impulsando el proceso de impeachment, como entre los sectores del Partido Republicano más próximos a posiciones intervencionistas, como es el caso del senador Lindsey Graham.

Estas críticas, similares en el contenido a las recibidas en su momento por el presidente Obama a raíz de la retirada de tropas de 2011, iban más allá del lógico cuestionamiento de la forma en que se realizó. Llegarían, incluso, a sobrevalorar tanto el papel de Rusia en la región como la relevancia estratégica que Siria supone para la política internacional estadounidense, de hecho bastante limitada, o a obviar que la alianza con los kurdos se fundamentaba en cuestiones de mutuo interés como era la necesidad de combatir a un enemigo común como es el Estado Islámico. También se utilizó el posible retorno del EI como una justificación para una presencia estadounidense a largo plazo, sin atender al coste o consecuencias de la misma.

La muerte de Al Bagdadi, dada su naturaleza esencialmente simbólica en la lucha contra el Estado Islámico, no supone su desaparición como organización terrorista, pero sí una victoria política para el presidente Trump, que le permite reivindicar el éxito de su política exterior ante la opinión pública y los sectores de su partido que defienden una estrategia enérgica en este ámbito, justo cuando más los necesita.

No obstante, la muerte de Al Bagdadi podría haber supuesto, además, una victoria si hubiese conseguido justificar la reducción de la presencia estadounidense en una región en la que Estados Unidos se ha visto empantanado desde hace décadas, constriñendo la posibilidad de confrontar desafíos estratégicos de mucha más relevancia como el ascenso de China.

Es en este aspecto, precisamente, donde los errores de la política regional de la Administración (como la retirada del acuerdo nuclear con Irán) han impedido que la victoria política de la Administración se transformase en una victoria relevante para la política exterior estadounidense. Eso sí, en este caso con una menor oposición de los círculos políticos de Washington y del establishment de su política exterior.

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