Una visita a dos Españas distintas

“Hay dos Españas muy distintas y una de ellas está al límite”. Así de contundente se mostraba Philip Alston, relator especial sobre la extrema pobreza y los derechos humanos de la ONU, tras visitar durante dos semanas nuestro país. Ésta es la visión que destaca de un país en el que una parte de ciudadanos vive en una situación de prosperidad y bienestar, mientras la otra sufre situaciones de pobreza y vulnerabilidad “al borde de sus posibilidades”, en palabras del propio Alston.

La visita del relator especial ha vuelto a centrar en el debate público una de las grandes prioridades de España: acabar con la polarización social, atender las necesidades de los colectivos excluidos del sistema y que se sienten olvidados y dejados a su suerte, y fortalecer los mecanismos de protección social y redistribución, tomando como base los pilares del Estado del Bienestar y la garantía de la igualdad de oportunidades. Tras las conclusiones de Alston (que, no obstante, también ha destacado la calidad y el buen funcionamiento de la sanidad en España), cabe hacer una reflexión sobre esta situación.

Cuando hablamos de los altos niveles de pobreza, exclusión y desigualdad social, lo hacemos de problemas con relevantes implicaciones sociales, económicas y políticas que van más allá de la carencia de ingresos monetarios. Si buscamos el origen, las causas o los factores que explican estas situaciones de desigualdad y vulnerabilidad social, rápidamente pensamos en el impacto de la última crisis económica; cuyos peores efectos, además, sacudieron con fuerza a ciertos colectivos sociales. Pero pensamos también en los efectos de las políticas que se pusieron en marcha, que acentuaron dichas consecuencias negativas del propio ciclo económico y que, además, fueron dejando un poso de vulnerabilidad y de incremento de la desigualdad que han ido excluyendo del sistema a ciertos colectivos.

No obstante, debemos recalcar el preocupante componente estructural de esta situación. Los datos reflejan que la desigualdad en España, e incluso la pobreza, tienen este componente, con datos altos ya antes de la crisis económica. Así lo afirma con rotundidad el informe sobre desigualdad de la Fundación Alternativas: «Existen elementos de tipo estructural que hacen que en las etapas expansivas, la desigualdad no se reduzca sustancialmente y que aumente muy rápidamente en las recesiones».

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Hemos visto, por tanto, que detrás de esta situación hay una explicación coyuntural y otra de carácter estructural. En este último caso, no debemos olvidar el papel del modelo redistributivo y de protección social. Los mecanismos tradicionales están siendo incapaces de dar respuesta a fenómenos como el de los trabajadores pobres, por lo que no bastaría sólo con actualizar los mecanismos vigentes, sino que se hace necesaria la búsqueda e inclusión de nuevos instrumentos. Como ejemplo de ello, en este informe del Observatorio Social de La Caixa, se analizan distintas propuestas que van desde el ingreso mínimo hasta la renta básica.

Hay un elemento sobre el que debiéramos reflexionar en profundidad: el ‘ascensor social’ y su “mecanismo averiado”, como advertía la OCDE el pasado año. La movilidad de ingresos no está funcionando correctamente (los datos reflejan cómo gran parte de los movimientos se producen en sentido descendente) y se están perpetuando peligrosas dinámicas de transmisión intergeneracional de la pobreza y de situaciones de vulnerabilidad social y económica. El hogar en el que se nace se convierte así en un elemento cada vez más importante, que determina el proyecto de vida de un individuo, cuestionando con ello el esfuerzo personal como mecanismo para el progreso social y económico a lo largo de la vida. Y, con ello, pasamos de hablar de meritocracia a hacerlo sobre “heredocracia”, como afirma Thomas Piketty, 

Junto a la igualdad de oportunidades, cuando hablamos de vulnerabilidad cabe analizar los propios conceptos de libertad y justicia social: defensa de la libertad del individuo, entendida ésta como una condición imprescindible para la dignidad humana y su desarrollo individual, y garantizar la justicia social sobre los pilares de la igualdad de oportunidades y la igualdad de resultados.

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Cuando el relator de la ONU afirmaba rotundamente que en los años posteriores a la crisis «han gobernado para los ricos y se han olvidado de los pobres», detrás de sus palabras se esconde, además, otra dura y peligrosa realidad: la quiebra de la cohesión social e, incluso, la pérdida de calidad democrática por la polarización social, la desvinculación de gran parte de la población y la tendencia hacia sentimientos contrapuestos. En ese sentido, hablamos del auge de sentimientos de insolidaridad e individualismo frente a los de frustración, desvinculación y, también, resignación y normalización del problema. A este último punto se refería el último informe Foessa cuando habla de una gran desvinculación que ha derivado en una crisis de pertenencia de gran parte de la población. “Lo que más me han dicho es que se sienten abandonados”, afirmaba el relator de la ONU.

Abundan también, y cada vez con más fuerza, las voces que cuestionan, e incluso niegan, los problemas de desigualdad y pobreza en España, atribuyendo la causa al propio ciclo económico, así como relativizando el grado de importancia en comparación con otras economías. Pero, ¿qué sentido tiene negar un problema cuyas consecuencias salpican al conjunto del país? No olvidemos que cuando hablamos de estas situaciones, España, en su conjunto, renuncia a una parte de su talento y de su potencial de crecimiento.

Y si miramos al futuro, la reflexión y la búsqueda de soluciones es si cabe más urgente. Tenemos por delante importantes retos a nivel global, como son la digitalización/revolución tecnológica y la lucha contra la emergencia climática/transición ecológica, que plantean cambios, retos y oportunidades ante los que los mecanismos redistributivos, la protección social y el sostenimiento de la cohesión social se convierten en elementos clave que no sólo debemos cuidar, sino también reforzar. Porque una sociedad más vulnerable en el presente será más frágil en el futuro y tendrá más dificultades para adaptarse a las nuevas realidades cuyos efectos comenzamos a percibir.

La visita de Philip Alston ha sacado los colores a España. Toca tomar nota y adoptar medidas. Es el momento, y España tiene un horizonte de oportunidades por delante que debe abrazar garantizando el bienestar, la igualdad y la cohesión social.

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