Unir para dividir

Las elecciones europeas de mayo pasado parecen confirmar varias tendencias políticas que llevábamos observando en los últimos años: i) el declive, salvo algunas excepciones, de los partidos políticos conservadores y socialdemócratas; ii) el auge de las formaciones verdes y liberales; y iii) la consolidación electoral de la derecha radical en el continente europeo.

En relación con este último fenómeno, estas formaciones obtienen desde hace más de una década buenos resultados en los comicios al Parlamento Europeo (PE). No obstante, esta fortaleza electoral no ha venido acompañada de una cooperación transnacional sólida como en el resto de familias políticas, socavando en buena medida su capacidad de actuación a nivel europeo.

El PE opera como una arena para estimular la cooperación transnacional de los partidos políticos, siendo impulsada ésta por tres motivaciones principales (Startin, 2010): i) ideológica, por la cual se persigue una serie de valores e ideas compartidas; ii) de legitimación y obtención de reconocimiento en la escena política; y, iii) utilitarista o práctica, es decir, para garantizar la supervivencia y prosperidad de las organizaciones. Este último aspecto resulta de vital importancia para las formaciones de derecha radical en tanto que la pertenencia a un grupo político en el PE conlleva, además de una mayor influencia institucional, la obtención de financiación pública.

En este sentido, cabe señalar que estas formaciones no solían obtener la representación institucional que obtienen en la actualidad a nivel nacional (salvo contadas excepciones), por lo que la consolidación y formación de grupos a nivel europeo suponía un elemento básico de supervivencia para estos actores.

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En relación con la motivación ideológica de la cooperación transnacional, el sistema de partidos a nivel europeo ha seguido una lógica más ideológica que nacional por la cual prevalecen los cleavages ideológicos frente a posibles alianzas entre partidos que comparten nacionalidad. De este modo, conservadores, socialdemócratas, liberales, verdes e izquierda radical se han organizado a nivel europeo siguiendo criterios ideológicos. Asimismo, los niveles de cohesión intragrupo de estas familias de partidos –especialmente entre los grupos más grandes- han ido aumentando con el paso del tiempo en el Parlamento Europeo (McElroy y Benoit, 2011). Las formaciones de derecha radical, sin embargo, han mostrado serias dificultades para organizarse y actuar de forma conjunta. Comparten un núcleo ideológico denominado nativismo, esto es, una combinación de nacionalismo y xenofobia (Mudde, 2007). Esto les lleva a compartir una agenda anti-inmigración, nacionalista y, en consecuencia, euroescéptica. No obstante, es precisamente este nacionalismo el que obstaculiza, en muchas ocasiones, alcanzar posiciones conjuntas y que prioricen los intereses de grupo frente a los nacionales o partidistas.

A modo de ejemplo, comparten una agenda euroescéptica, pero difieren sustancialmente en el grado de oposición que mantienen hacia la Unión Europea. Estas diferencias vienen explicadas, en buena medida, por los diferentes intereses y contextos nacionales. Así, frente a formas duras de euroescepticismo como la del Partido por la Independencia del Reino Unido (Ukip), un país tradicionalmente euroescéptico y atlantista, podemos encontrar otras formas más suaves de oposición como, por ejemplo, la del Interés Flamenco (VB), el cual representa a un país fundador y beneficiario de la presencia de instituciones comunitarias en suelo nacional, o la del partido nacionalista polaco Ley y Justicia (PiS), representante de un país que siente como beneficiosa la pertenencia a la UE en términos económicos-.

(A modo de contexto, según la Encuesta de Expertos de Chapel Hill de 2014, Ukip obtiene un 1,1 en la posición hacia la UE, donde 1 significa máxima oposición y 7, completamente a favor; así como un 9,14 en salience, indicando que está entre las máximas prioridades de la formación. Por su parte, las notas de VB son de 2,6 y 4,5, respectivamente, y de 3,8 y 5,6 las de PiS).

Las diferencias nacionales entre los partidos de la extrema derecha también se han puesto de manifiesto en la gestión de la crisis económica. En este sentido, la crisis de la deuda pública mostró las diferencias entre aquellos partidos procedentes de países acreedores, que demandaban más disciplina fiscal a los países del sur (ejemplos, Verdaderos Finlandeses y Alternativa por Alemania), frente a otros procedentes de países deudores, que pedían más flexibilidad en los ritmos de reducción de la deuda (la Liga, especialmente tras entrar en el Gobierno, y el partido griego Anel).

Además de estas diferencias entre norte y sur, los diferentes contextos que caracterizan a los países del centro y este de Europa con respecto a los más occidentales (por ejemplo, diferentes niveles de penetración de los valores liberales y democráticos) han hecho proliferar lazos de cooperación informales que ponen de manifiesto las diferencias entre el este (Grupo de Visegrado) y el oeste (el acto en Koblenz).

Por último, las diferentes sensibilidades nacionales dentro de los países miembros limitan también el potencial colaborador de estas formaciones a nivel transnacional. Por ejemplo, el nacionalismo centralista de Vox dificulta su cooperación con otras formaciones de derecha radical que mantienen nacionalismos de carácter separatista como el del Interés Flamenco.

Además de las dificultades que plantea el nacionalismo a los partidos de derecha radical, hay que sumar también la heterogeneidad ideológica que mantienen en el eje conservadurismo/liberalismo y, especialmente, en la dimensión socioeconómica. Por lo que respecta a las posiciones que mantienen hacia los diferentes estilos de vida, estas formaciones son generalmente conservadoras, si bien existen importantes diferencias entre partidos ultraconservadores y extremistas, como Jobbik, y otros más liberales, como el Partido por la Libertad holandés. Volviendo a la Encuesta de Chapel Hill, en la escala de conservadurismo/liberalismo (social lifestyle), el primero obtiene un 9,7, siendo 10 máximo conservadurismo y 0, liberalismo; mientras que el del segundo es un 3,7.

En la dimensión económica, las diferencias son todavía más pronunciadas. Así, por ejemplo, encontramos partidos neoliberales en la dimensión económica (Alternativa por Alemania), otros con posiciones centristas (Frente Nacional) e incluso formaciones de centro-izquierda (Verdaderos Finlandeses) y de izquierda (Amanecer Dorado). Los expertos de Chapel Hill puntúan al partido alemán con un 8,33, siendo 10 extrema derecha y 0 extrema izquierda, con un 5,9 al francés y con un 4,11 y un 2,8 al finlandés y griego, respectivamente.

Por último, la tercera motivación que lleva a estas formaciones a establecer lazos de cooperación transnacionales está relacionada con la obtención de respeto y legitimación en la política europea y nacional. Este aspecto resulta hoy esencial, en la medida en que el extremismo político quedó completamente deslegitimado por los estragos que causaron los totalitarismos del siglo XX. En este sentido, el alejamiento de estas formaciones de cualquier vínculo extremista, violento y anti-democrático ha resultado ser uno de los factores que explican el éxito de la derecha radical contemporánea (Mudde, 2007).

Paradójicamente, el deseo de ser reconocido como un actor respetable y asumible para la política democrática europea ha sido precisamente uno de los elementos que más ha dificultado la cooperación transnacional de la derecha radical. Por ejemplo, el Partido de la Libertad austríaco (FPÖ) no quiso cooperar inicialmente con el Frente Nacional francés (FN) y el Bloque Flamenco (ahora, VB) por el estigma extremista que tenían entonces ambas formaciones. En consecuencia, FPÖ quedó relegado dentro de los partidos no inscritos cuando entró en el Parlamento Europeo a mediados de los años 90.

De forma similar, el Partido Popular Danés (DF) decidió integrarse en Europa de las Naciones en vez de formar parte del grupo que intentó organizar Jean Marie Le Pen a finales de los 90. De forma más reciente, la actual líder del FN, Marine Le Pen, tuvo que llevar a cabo una campaña de moderación para facilitar las negociaciones con otros partidos políticos, como el Partido por la Libertad holandés (PVV). Algunas de las consecuencias más sonadas de esta estrategia de moderación fue la expulsión del fundador del partido, Jean Marie Le Pen. El grupo resultante de esas negociaciones fue Europa de las Naciones y de las Libertades, fundado en 2015, y del cual quedaron descartadas algunas formaciones extremistas como el partido húngaro Jobbik o el griego Amanecer Dorado (XA).

Otro factor que ha dificultado la cooperación de la derecha radical a nivel europeo ha sido la propia inestabilidad electoral que tradicionalmente ha caracterizado a estas formaciones. Ello ha impedido en ocasiones llegar al número mínimo de europarlamentarios para formar grupo. Así ocurrió, por ejemplo, en 1994, cuando el Grupo Técnico de la Derecha Radical no pudo reeditarse por la incapacidad de los Republicanos Alemanes (REP) para obtener representación en el PE. Asimismo, las constantes disputas internas dentro de las formaciones políticas de derecha radical han dificultado la creación y la estabilidad de los grupos europeos. A modo de ejemplo, el Frente Nacional perdió la mitad de sus escaños en el Parlamento Europeo en 1999 como consecuencia de la escisión de Bruno Megret (fundador del Movimiento Nacional Republicano), dinamitando así el proyecto del FN para formar grupo.

Como consecuencia de los diferentes niveles de extremismo y nacionalismo mencionados, así como de la heterogeneidad ideológica y la propia inestabilidad electoral y organizativa, la cooperación transnacional de la derecha radical europea ha estado caracterizada por la fragmentación y la falta de cohesión intra-grupo. A modo de ejemplo, en la octava legislatura (2014-2019), su presencia europarlamentaria se encontraba dividida en varios grupos políticos. Las dos organizaciones principales eran: i) Europa de las Naciones y de las Libertades, formado por el FN, el PVV, el FPÖ, la Liga Norte italiana, el VB, el polaco Congreso de la Nueva Derecha y un ex miembro del Ukip; y, ii) Europa de la Libertad y la Democracia Directa, formado por el Ukip, el ideológicamente ambiguo Movimiento 5 Estrellas, Alternativa para Alemania (AfD), el lituano Orden y Justicia, el Partido del Brexit, el checo Partido de los Ciudadanos Libres, Los Patriotas (escisión del FN), los Franceses Libres y el polaco Libertad.

Asimismo, existían otras formaciones de derecha radical inscritas en el Grupo de Conservadores y Reformistas Europeos (Verdaderos Finlandeses –PS-, Demócratas Suecos –SD-, DF y Todo para Letonia!) y otras organizaciones de extrema derecha dentro de los no inscritos (por ejemplo, XA, Jobbik y el Partido Nacionaldemócrata alemán).

Estos grupos presentaron, además, los niveles más bajos de cohesión intra-grupo en las votaciones emitidas durante la octava legislatura en el PE (Cherepnalkoski et al, 2016). La novena ha comenzado con una mayor coordinación de las principales formaciones de derecha radical, si bien han fallado nuevamente en integrar en un único grupo a todos los partidos que comparten una agenda nativista. Y es que, a pesar de que el nuevo grupo Identidad y Democracia ha aumentado considerablemente la representación parlamentaria de su antecesor Europa de las Naciones y de las Libertades (de 36 a 73 europarlamentarios), quedan todavía importantes formaciones por integrar. El nuevo grupo queda compuesto por los antiguos miembros de Europa de las Naciones y las Libertades, así como por algunos ex miembros del grupo de Conservadores Reformistas Europeos (DF y PS), de Europa de la Libertad y la Democracia Directa (AfD) y el Partido Popular Conservador de Estonia.

Entre las ausencias más destacadas en este nuevo grupo se encuentran la de los Demócratas Suecos, el español Vox (inscritos en los Conservadores y Reformistas Europeos), el Partido del Brexit, así como los partidos extremistas XA y Jobbik (no inscritos).

Identidad y Democracia comparte una agenda común que busca fortalecer las competencias de los estados frente a las instituciones comunitarias, así como endurecer las políticas de inmigración y asilo. No obstante, mantienen importantes diferencias por lo que respecta a la gestión de la deuda pública, la política social e, incluso, la protección medioambiental. Durante esta legislatura comprobaremos si estas organizaciones son finalmente capaces de superar estas diferencias ideológicas e impulsan una actuación conjunta y duradera a nivel europeo. Otro fracaso pondría en evidencia la incompatibilidad del ultra-nacionalismo con el compromiso que requiere establecer una cooperación de carácter transnacional.

Artículo elaborado en colaboración con CC.OO., en el marco del proyecto de formación de dirigentes sindicales de la Escuela de Trabajo

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