Urgencias y desafíos económicos del próximo Gobierno en Argentina

Es difícil subestimar el sentido de urgencia e incertidumbre económica que marca el próximo cambio de Gobierno en Argentina. El presidente que surja de las elecciones presidenciales del domingo 27 de octubre (o de una eventual, aunque improbable, segunda vuelta el 24 de noviembre) asumirá con el contexto económico más complejo desde la crisis de finales de 2001. Las expectativas apuntan a una victoria en primera vuelta del candidato peronista Alberto Fernández (que lleva de candidata a la vicepresidencia a Cristina Fernández de Kirchner), posiblemente ampliando la diferencia del 15% obtenida en las Primarias, Abiertas, Simultáneas y Obligatorias (Paso) el 11 de agosto pasado. El relevo se hará el 10 de diciembre.

En resumidas cuentas, los próximos gestores se encontrarán, como indicadores más alarmantes, con una situación de default de la deuda a corto plazo en pesos y en dólares; una caída en las reservas internacionales que acrecienta la incertidumbre sobre el valor del dólar; una caída del PIB por segundo año consecutivo, que se sentirá también en la primera mitad del 2020, por lo menos; una inflación que rondará, y probablemente supere, el 50% anual también por segundo año consecutivo; una tasa de desempleo que supera los dos dígitos y creciendo; y una pobreza que se encamina a superar el 40%. Argentina no está sólo en medio de un estancamiento económico desde el 2011, sino en retroceso. Los primeros seis meses del próximo Gobierno serán decisivos para poder imaginar un freno a este descalabro.

En este contexto, se pueden identificar los asuntos más urgentes que esperan a Alberto Fernández en caso de que gane. Y la lista debe empezar por el endeudamiento externo.

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Según calcula la Oficina de Presupuesto del Congreso, para el año que viene hay vencimientos por valor de 60.900 millones de dólares en capital e intereses. Este monto incluye deudas que debían ser pagadas este año y cuyo vencimiento fue prorrogado. Durante 2019 todavía faltan afrontar pagos por 16.800 millones. Las reservas internacionales (que al 11 de octubre ascendían a 47.844 millones de dólares) son a todas luces insuficientes, y más si se restan conceptos como los encajes de depósitos en dólares del sistema bancario, entre otras partidas.

Ya empezaron los contactos entre acreedores internacionales, bancos, y miembros del equipo de Fernández para una renegociación de la deuda. Pero hasta no conocer los resultados oficiales de las elecciones, y sobretodo las condiciones financieras al asumir.

Lo que se proponga en esas negociaciones también dependerá de lo que se negocie con el principal acreedor argentino, el Fondo Monetario Internacional. El FMI lleva desembolsados ya alrededor de 44.000 millones de dólares como parte de un programa de 56.000 millones. Pero postergó el desembolso de 5.400 millones, en un reconocimiento implícito de la caída del acuerdo, que incluía un severo ajuste fiscal. Ya desde el principio el FMI admitía que la deuda argentina era sostenible “pero con baja probabilidad”, y las sucesivas devaluaciones no hicieron más que agravar ese cuadro.

Es muy probable que el FMI exija una reestructuración de la deuda con el sector privado que incluya reducciones en los montos de capital adeudados para poder asumir que la deuda está en niveles “sostenibles”. Es muy temprano, en cambio, para especular sobre qué tipo de acuerdo habrá con el Fondo, y qué condicionalidades incluirá.

También los controles de capital implementados por el Gobierno actual serán parte de la discusión. Por más que buscó evitarlos, son el resultado inevitable de una fuga de capitales virtualmente descontrolada. Justamente ahí está una de las principales causas de la crisis que vive Argentina: la total desregulación del mercado cambiario. Para ponerle cifras: desde enero de 2016 a agosto de 2019, la Formación de Activos Externos del Sector Privado No Financiero (o sea, la compra de dólares por parte de residentes argentinos) alcanzó los 79.000 millones de dólares. El año pasado hubo un récord de 27.000 millones (alrededor del 4% del PIB) y en los primeros ocho meses del 2019 se computaron 19.741 millones.

La incertidumbre sobre la deuda externa, sobre la disponibilidad de dólares, no hace más que alimentar un rasgo estructural de la economía argentina como es la fuga de capitales. Y con ello aumenta la incertidumbre sobre el dólar, retroalimentando otro de los principales desafíos de la próxima gestión: la inflación. En 2018, ésta fue de 47,1%; en los primeros ocho meses de 2019 ya se ha acumulado una tasa del 30%, entre agosto de 2018 y mismo mes del presente ejercicio fue del 53,6%. Calmar al dólar y frenar la inflación, o al menos su ‘espiralización es uno de los problemas más urgentes que afrontará el próximo Gobierno.

No es de extrañar, en medio de sucesivas devaluaciones, saltos inflacionarios, recesión económica y salarios reales en caída que la pobreza haya aumentado. En el primer semestre de 2019, un 35,4% de la población estaba por debajo del umbral de pobreza, en comparación al 27,3% de igual período de 2018. Los analistas esperan que ronde el 40% al final de año. La tasa de indigencia es del 7,7% (frente a un 4,9% un año atrás). En sólo un año el número de nuevos pobres es de cuatro millones. La tasa de desempleo superó el 10% en el segundo trimestre de este año y seguirá subiendo.

En definitiva, Argentina está en medio de una aguda crisis social, otra de las urgencias con las que tendrá que lidiar la próxima gestión. El Gobierno ha recurrido al otorgamiento de planes sociales y refuerzos temporales de algunos subsidios, como la Asignación Universal por Hijo (AUH). Pero estas medidas no compensan el impacto de la crisis económica. Por su parte, Fernández ha anunciado que implementará un Plan contra el Hambre como una de sus primeras medidas.

Finalmente, además de lidiar con todas estas urgencias, el Gobierno entrante tendrá el enorme desafío de recuperar una economía que lleva una década con un PIB ‘per cápita’ estancado. La principal restricción es la carencia estructural de dólares. Las devaluaciones no han incrementado las exportaciones, mientras que las importaciones sólo han caído por causa de la retracción económica. Por cada punto porcentual que aumenta el PIB, las importaciones aumentan tres. Y esto sin contar el aumento del turismo al exterior cada vez que se estabiliza el tipo de cambio, ni la fuga de capitales. Encauzar a la economía por un sendero de crecimiento sostenido será el principal desafío económico de la próxima Administración, mientras trata (al comienzo del camino) de escalar las montañas de urgencias que tiene enfrente.

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