Venezuela necesita prudencia

Venezuela requiere soluciones de corto plazo que no perjudiquen el mediano ni el largo plazo. Para esto, el primer elemento que se requiere es cautela y prudencia.

La rapidez con la que los gobiernos de Estados Unidos, Canadá, Brasil, Colombia, Argentina, Perú, Paraguay, Ecuador y Chile legitimaron al presidente de la Asamblea Nacional, Juan Guaidó, puede no contribuir a una transición pacífica, ni muestra cautela. El hecho de que el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, haya sido el primero en reconocerlo tendría que haberles indicado prudencia a los presidentes latinoamericanos. Uruguay y México no lo han legitimado y promueven un diálogo.

El presidente del gobierno de España, Pedro Sánchez, si ha mostrado cautela al apoyar a Guaidó sin reconocerlo. Junto con Francia y Alemania presionan a Nicolas Maduro a convocar a elecciones en un plazo de ocho días. En caso contrario, los tres gobiernos europeos reconocerán a Guaidó como presidente. El reconocimiento o no del Asambleísta ha polarizado una política doméstica despedazada por un extremismo que no deja lugar al diálogo.

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Venezuela se encuentra en una situación de transición política. Sin embargo, es probablemente precipitado considerar que es una transición democrática. A pesar de esto, el dilema que Samuel Huntington presentaba en su libro “La tercera ola: la democratización a finales del siglo” publicado en inglés en 1991 es relevante. Frente a las violaciones de derechos humanos, Huntington proponía juzgar y penalizar o perdonar y olvidar. Los países latinoamericanos siguieron diversos caminos: Uruguay a través del Pacto del Club Naval de 1984 perdonó y olvidó mientras que Argentina, juzgó, penalizó, perdonó y volvió a juzgar. Este dilema es una de las primeras políticas que tiene que aclararse en una transición como la venezolana donde el poder parece estar bastante equilibrado ¿Cuál es el futuro que le espera a Nicolas Maduro, sus ministros y la cúpula de las Fuerzas Armadas Bolivarianas? No se puede desconocer que todos ellos querrán evitar la cárcel o un final como el que enfrentó el líder rumano, Nicolae Ceausescu, fusilado en 1989.

Con las armas todavía en sus manos, Maduro y los militares pueden confrontar una propuesta que no les garantice su vida y su libertad. Aún si esto significa provocar una alta cifra de muertos en las calles. Este razonamiento indica que la solución inmediata debería considerar un futuro para ellos que no sea ni una cárcel ni un paredón. Juan Guaidó dio el primer paso al impulsar en la Asamblea una ley de amnistía y garantías democráticas a los funcionarios civiles y militares que colaborasen con la restitución del orden constitucional. Estas soluciones son injustas e implican que los nuevos gobiernos comienzan realizando concesiones desafortunadas. De todas maneras, las experiencias de la región latinoamericana mostraron que la resolución del dilema de Huntington es crucial. La democracia no se establece de un día para otro. Ni siquiera con la celebración de elecciones limpias. Hay legados autoritarios que persisten junto con las consecuencias de los desastres económicos y sociales. Conociendo aquellas experiencias de la década de los ochenta, la prudencia debería prevalecer en la región. La solución a la crisis venezolana no será fácil. Una economía desbocada, una polarización política extrema y una lucha salvaje por el poder no se resolverá en un par de semanas. En este contexto, ¿qué va a pasar con los culpables? es una pregunta que no se puede ignorar.

Aun encontrándole una solución al futuro de Maduro y sus colaboradores, Guaidó enfrentará el problema de la falta de unión de la oposición. Hay que reconocer que las culpas están repartidas en Venezuela, si bien no de manera equitativa, pero si es cierto que la oposición política no ha sido capaz de presentar una alternativa al gobierno. Hay persecución política y hay presos políticos pero la clase política venezolana tiene mucho que reflexionar, no sólo en el surgimiento de Hugo Chávez, sino también en su incapacidad de presentar alternativas en vez de proseguir con sus enfrentamientos internos.

A quien hay que seducir con el cambio de régimen es a la cúpula militar. Tanto Juan Guaidó como Nicolás Maduro tienen que asegurarles los privilegios que sustentan hasta ahora o la libertad. Las militares no dejaran el poder con las manos vacías, porque hasta ahora no parece que hayan perdido el poder. Es muy probable que la mayoría de los militares crea que hay más probabilidad que Maduro pueda cumplir ese acuerdo. Después de todo, el futuro de Maduro depende de los jerarcas militares.

Es mucho más probable que las Fuerzas Armadas chavistas desconfíen de un gobierno de la oposición apoyado por Donald Trump y Jair Bolsonaro. Tratando de crear confianza, el opositor Guaidó, en un mensaje a las Fuerzas Armadas, expresó que “en Miraflores esperan que ustedes los defiendan, pero no van a defenderlos a ustedes”, claramente intentando separar a la jerarquía militar de los rangos medios y bajos. Estos últimos viven como el resto de los venezolanos y sufren las penurias diarias de una economía con hiperinflación. Guaidó espera poder quebrar su lealtad al régimen.

Sin embargo, romper la relación de la cúpula militar y el gobierno requiere una negociación más sofisticada. La jerarquía militar tiene acceso al petroestado, al sistema cambiario, la importación y distribución de alimentos. Una amnistía los liberaría de la cárcel, pero los beneficios económicos formarían parte de su pasado ¿Estarían dispuestos a volver a los cuarteles y perder todas sus prerrogativas? ¿Dejarían de lado su identidad “chavista”? ¿Podrían obedecer a un gobierno civil no chavista?

Otro tema del que mucho se habla y poco se conoce es el rol del servicio de inteligencia cubano en la seguridad del presidente Maduro y en las Fuerzas Armadas Bolivarianas en general. Sin entrar en especulaciones, la caída del gobierno de Nicolás Maduro sería un golpe económico y político a la presidencia de Miguel Diaz Canel y a la continuidad de la Revolución Cubana. ¿Puede ser que esto prolongue el gobierno de Maduro? ¿Se pondrá sobre la mesa de negociaciones con la oposición venezolana la relación especial con Cuba para evitar un colapso económico de la Revolución?

¿Puede negociar Guaidó con las Fuerzas Armadas Bolivarianas? ¿Qué puede ofrecerles para que consideren que un cambio de presidente no va a despojarlas de sus privilegios y sus poderes? ¿Están dispuestos los militares chavistas a reprimir y asumir el costo de un número alto de muertos y heridos con el fin de preservar el status quo?

Sin duda, Juan Guaidó abrió una puerta que estaba cerrada. Parecería haber una alternativa política. Pero todo esto podría ser también un nuevo fracaso. Guaidó tiene que enfrentar a las Fuerzas Armadas Bolivarianas, dueñas de las armas y administradoras de los escasos recursos que le quedan a la economía. En ese camino, debe unir a una oposición política que ha demostrado mas incapacidades que cualidades de liderazgo. El camino no es fácil. Por esto, prudencia y cautela deberían dominar los análisis y las estrategias hacia Venezuela.

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