Venezuela: revolución a cámara lenta

En Venezuela pasa mucho y no pasa nada. Al menos ésa es la sensación que puede tener quien aspira ver a un país que ha perdido su rumbo democrático regresando a una senda de relativa normalidad, con cierto grado de funcionalidad y, por lo tanto, con algunos vestigios de esperanza para sus ciudadanos. Quizás el último factor, la esperanza, es lo que dificulta ver que, de hecho, en el país suramericano sí ha venido ocurriendo mucho desde hace varios años, sólo que los eventos se han dado a cámara lenta, a una velocidad que ha hecho imperceptible para el ciudadano el paso de una democracia (imperfecta) y un Estado medianamente funcional a un sistema autoritario en un contexto de Estado frágil.

Para evidenciar lo anterior, basta ver la variación del Índice de Democracia Liberal de Venezuela provisto por el V-Dem, que desde 1998 ha caído un 88%. Lo interesante de este deterioro es que ha sido paulatino a lo largo de dos décadas; no en un periodo muy corto, como pudiera esperarse de una revolución. De hecho, puede decirse que el retroceso democrático venezolano se ha dado en dos tiempos, cada uno con características propias. Cuando se analiza el periodo de Hugo Chávez (1998-2012), la caída en los indicadores de democracia liberal fueron mucho mayores que los relacionados con la participación y los procesos electorales, mientras que en el caso de Nicolás Maduro (2013-) la disminución de los espacios de deliberación pública ha sido la variable más afectada negativamente.

Lo anterior no significa que uno y otro gobernantes, en sus respectivos periodos, hayan sido más o menos democráticos; ambos han significado un retroceso importante en todos los aspectos considerados. Sin embargo, entender esta diferencia es clave para poder plantear escenarios futuros para el país. En sentido amplio, lo que ha ocurrido en Venezuela ha sido el paso de un Gobierno autoritario con apoyo popular a otro autoritario sin ese apoyo, lo que tiene implicaciones importantes desde el punto de vista de las estrategias para frenar, y revertir, el retroceso democrático.

Para ilustrar esta diferencia, es útil el artículo de Javier Corrales (2020), dado que muestra un marco teórico sobre el retroceso democrático venezolano a través del uso del sistema electoral. En este trabajo, Corrales muestra cómo las irregularidades electorales han ido aumentando a lo largo de los años, hablando de tres períodos: a) etapa temprana/luna de miel (1999-2000); b) etapa competitiva (2005-2012); c) etapa no competitiva (2012-2019; el autor no define explícitamente ese periodo). En el mismo artículo, describe cómo las irregularidades electorales se duplicaron al comparar el periodo de Chávez y el de Maduro. En este sentido, se puede decir que, dado el apoyo popular con el que con el que contaba el primero, era menos necesario recurrir a esas irregularidades, aunque se hiciera igual uso de ellas.

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Reconocer que ha habido al menos dos grandes etapas del retroceso democrático experimentado durante el chavismo obliga a plantearse las opciones estratégicas que tienen quienes adversan al Gobierno. La paradoja es que la oposición era minoritaria cuando pudo competir electoralmente, aun en desventaja por las irregularidades; y hoy que es mayoría, o al menos el rechazo al Gobierno es masivo, no sabe hacer uso de un sistema electoral viciado y, además, desprestigiado por ellos mismos. En ese sentido, las pasadas elecciones parlamentarias del 6-D debieran marcar un punto de inflexión definitivo, en el que se renuncia definitivamente a la vía electoral o se decide construir un suelo de apoyo suficientemente robusto capaz de derrotar electoralmente al oficialismo, aun sabiendo que se trata de un sistema parcializado. En esta tónica de fin de ciclo, Maryhen Jiménez señalaba recientemente que “la agenda de los tres pasos está llegando a su fin. Con ello quizás también termine la era de las salidas unipersonales y se inicie una etapa de moderación que conlleve mayores probabilidades de construir la transición democrática en Venezuela”. Pero, ¿qué es una etapa de moderación?

Una nueva etapa

Parte del drama de la ‘la agenda de los tres pasos’ es que se basó en supuestos errados: su eje central estuvo en primera instancia en el quiebre militar a partir de un amplio respaldo popular, luego se paseó por un levantamiento militar que no tuvo mayor apoyo, e incluso, aunque sea de manera indirecta, estuvo vinculada a una incursión armada con mercenarios. Todos estos intentos fueron dejando claro que el primer punto de la agenda, el cese de la usurpación, no sería tan sencillo de lograr. Ante esta realidad, la oposición en torno a Juan Guaidó, así como sus aliados internacionales, se quedaron en el limbo, que de alguna manera intentó sortearse mediante algunas negociaciones que permitieran unas elecciones libres (tercer punto de la agenda). Esto, como era de esperar, no prosperó.

Ante esta realidad, en la que los aliados internacionales basaron su apoyo en el cumplimiento de una agenda, es sencillo imaginar que cualquier proceso electoral en las condiciones actuales no será reconocido por ellos. Pero también es posible imaginar que los países que se opusieron a la agenda liderada por Guaidó sí reconozcan los comicios del pasado 6-D. De hecho, si se observa el mapa de los países que han reconocido o no los resultados de las pasadas elecciones parlamentarias no hay sorpresas, siendo lo más evidente el rechazo de Estados Unidos y del Grupo de Lima, en tanto que Rusia y China sí las reconocen como legítimas. En este sentido, con respecto a la comunidad internacional sigue teniendo mayor peso el poder de veto de Rusia y China que la posibilidad real de alguna acción concreta que cambie el equilibrio de poder en Venezuela.

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La incógnita real en este momento está en Estados Unidos, que probablemente mantenga su rechazo al Gobierno de Maduro, pero que pudiere cambiar la política de sanciones implementada durante la Administración Trump. En los últimos meses ha habido debates intensos entre académicos venezolanos sobre el impacto de estas sanciones y, más allá de las diferencias, parece claro que agravan la situación económica de la población. Esto, a su vez, hace que el contexto de fragilidad del Estado sea mayor, lo que obliga a pensar en un contexto en el que el interrogante clave es cómo revertir el deterioro democrático cuando hay una gran debilidad institucional.

Éste es el contexto sobre el que se deben construirse escenarios para Venezuela después de los últimos comicios, jornada en la que quedó claro que la población ha perdido interés por la vía electoral. A partir de esa realidad, ¿qué opciones le quedan a la oposición? Hay un sector que sigue apostando por elecciones, otros plantean insistir con los tres pasos de la agenda, y probablemente haya algunos que continúan acariciando la idea de una intervención extranjera. Lamentablemente ninguno de estos grupos tiene la fuerza suficiente para, por sí solos, imponer un cambio, como tampoco pueden lograr que las otras fuerzas opositoras se unan a sus respectivas agendas. En ese sentido, siguen prevaleciendo las posiciones particulares desde sus respectivos extremos y, con ellas, la fragmentación. Bajo esa óptica tiene sentido apelar, o aspirar, a una nueva etapa de moderación, entendida en términos de la posibilidad de construir acuerdos no sólo entre el Gobierno y la oposición, sino entre las oposiciones.

El mayor punto débil del escenario anterior es su horizonte temporal. Ante la grave situación económica y social que atraviesa Venezuela, parece complicado pedirle a la población que piense en términos de medio y largo plazos. Sin embargo, su punto fuerte es que aparenta ser la opción más realista y menos traumática. Esto último es particularmente importante en un contexto de fragilidad, pues las opciones ‘rápidas’ podrían meter al país en el callejón sin salida de la violencia. También se debe insistir en que moderación no implica renunciar a las aspiraciones democráticas y de libertad, sino a la búsqueda de un piso común sobre el cual construir una salida viable.

Un escenario de moderación también apela al Gobierno; quizás no en el sentido que muchos quisieran de mayor democracia, pero sí en torno al interés de darle una mayor funcionalidad al Estado. Parece claro que parte del interés gubernamental por recuperar la Asamblea Nacional pasa por tener la opción de endeudarse y, en general, de reincorporarse al sistema internacional. Así, sin renunciar al poder, podría estar dispuesto a hacer algunas concesiones a cambio de acceder a recursos. Es justamente en ese aspecto donde se abre la incógnita sobre lo que hará Estados Unidos, el principal promotor de las sanciones.

En este momento, la mejor apuesta en Venezuela parece ser el de una contrarrevolución a cámara lenta. En ese escenario, muchos de los actores actuales pierden vigencia, tanto en la oposición como en el Gobierno, por lo que unos nuevos deberán apartar a los extremistas. Sin duda encontrarán obstáculos importantes, pero también aliados valiosos entre aquellos que hayan pasado a ser la nueva élite y que, como tal, quieran legitimarse. No debe olvidarse que, tras cada revolución, surge una nueva élite que busca mezclarse con la anterior para, así, limpiar el apellido. Aceptar esto es difícil para muchos, pues es reconocer que a la larga tocará convivir con los que hoy son vistos como enemigos; pero, aunque cueste imaginarlo, no sería la primera vez en la historia que eso ocurre.

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