Victoria liberal en un Canadá dividido

Las elecciones celebradas este lunes en Canadá han deparado una victoria de los liberales del primer ministro Justin Trudeau, que no obstante deberá buscar apoyos entre las otras formaciones –notablemente, el NDP– para construir una mayoría parlamentaria que le permita gobernar. El Partido Liberal ha obtenido 157 escaños –sobre 338 y con un 33,1% del voto–, por encima del Partido Conservador de Andrew Scheer (121 y el 34,4%) cuya victoria en voto popular no le ha servido para llegar al Gobierno. En tercer lugar ha quedado el Bloc Québécois (BQ), con 32 escaños y un 7,7% de los sufragios, por delante del NDP (24 y un 15,9%). Completa el Parlamento el Partido Verde (tres escaños y 6,5%) y la diputada independiente Wilson-Raybould.

Con respecto a 2015, los liberales han perdido 27 diputados, mientras que los conservadores ganan 22. El NDP pierde su condición de tercera fuerza al ceder 20 escaños, superado por un BQ que gana 22. El partido Verde pasa de uno a tres.

Trudeau ha obtenido una victoria agridulce cuatro años después de su inesperada mayoría absoluta en 2015. Lejos quedan ya las expectativas de cambio que encarnaba el líder liberal hace cuatro años. Aunque puso en marcha una política progresista con el feminismo, el medioambiente o la reconciliación con los pueblos indígenas como banderas principales, la efervescencia y el efectismo que caracterizaron sus primeros meses al frente del Ejecutivo federal –la Trudeaumania, que llevó a algunos a trazar paralelismos con el carisma de su padre– se ha ido apagando poco a poco. Los escándalos que han asolado al líder liberal han minado a un Trudeau que encaraba 2019 liderando cómodamente las encuestas, con un Scheer que no acababa de despegar y un NDP a la baja, especialmente en Quebec, donde el porte del turbante sij por parte de su líder generaba controversia.

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Sin embargo, esta inercia ganadora se detuvo al revelarse que primer ministro habría presionado a la ministra de Justicia, Wilson-Raybould –expulsada posteriormente del partido– para que SNC-Lavalin, una constructora de Quebec, evitara un juicio por corrupción. El escándalo del blackface impulsó a los conservadores en las encuestas camino de los tres debates electorales –dos de ellos en francés–, que dejaron dos ganadores claros: el BQ y el NDP, en claro contraste con los dos grandes partidos, que fueron incapaces de imponer su agenda.

Un país dividido

Las elecciones dejan un Canadá totalmente dividida en torno a dos ejes. Por un lado, el territorial, con un este de mayoría liberal y un oeste conservador, recordando los tiempos de la ‘western alienation’ con la política energética como uno de los asuntos que más división causan en la política canadiense. Por otro lado, una marcada división urbana-rural, con los liberales totalmente enclavados en las grandes ciudades y sus coronas metropolitanas, incapaces de disputar el voto rural al Partido Conservador.

El reparto regional dispar de sus apoyos augura problemas para el Ejecutivo de Trudeau a la hora de poner en marcha puntos clave de su programa. Es el caso de la política medioambiental, pues la construcción de los oleoductos demandados por Alberta y Saskatchewan suscita un rotundo rechazo en Quebec, la Columbia Británica y las provincias atlánticas.

Los liberales han perdido apoyos en todas las provincias, si bien continúan siendo mayoritarios en el Atlántico y en Ontario. Esta última provincia ha sido el único bastión liberal que ha resistido, revalidando 78 de los 79 diputados que tenían. Ello implica que prácticamente la mitad del caucus liberal proviene de Ontario y, en particular, de la ciudad de Toronto, donde los liberales han cimentando su victoria gracias a los ataques a la política de recortes del líder provincial, Doug Ford.

En cambio, entre la Columbia Británica y Manitoba los liberales cuentan únicamente con 15 diputados por 71 del Partido Conservador. Esta formación ha vuelto a tener su principal granero de votos en las provincias de las praderas, ganando todos los diputados en juego en Alberta y Saskatchewan, con un apoyo superior al 60%. Sin embargo, Scheer ha sido incapaz de hacer calar su conservadurismo social y económico en Ontario y Quebec –una provincia donde tenían grandes esperanzas–, lo que ha sepultado cualquier opción de victoria conservadora.

El ascenso del Bloc Québécois impide la mayoría liberal 

En una noche electoral en la que la mayor parte de los partidos no cumplieron las expectativas, el gran ganador fue el Bloc. Blanchet ha conseguido revitalizar en tiempo récord un partido que parecía muerto hace año y medio. No sólo ha superado con creces el objetivo de recuperar el estatus de partido –fijado en 12 diputados–,  sino que ha acabado convirtiéndose en tercera fuerza con 32 escaños, rozando la victoria en Quebec al quedarse a dos diputados y apenas a un punto y medio de los liberales.

Blanchet ha seguido el mismo patrón que la CAQ hace un año: dejar la independencia a un lado en pos de un nacionalismo pragmático, centrando la campaña en lo que distingue a Quebec del resto de Canadá. Bajo el eslogan Le Quebec, c’est nous, ha conseguido presentarse como la voz de la CAQ en Ottawa, siendo su partido garantía de la defensa de los valores nucleares de la identidad québécoise: la lengua francesa y la laicidad. Su cerrada defensa de la Ley 21, una norma que prohíbe portar símbolos religiosos a aquellos funcionarios públicos en posición de autoridad, le ha granjeado el apoyo mayoritario del electorado francófono, clave en su éxito electoral.

En clave española, Cataluña también ha estado presente en el discurso triunfal de Blanchet, instando a Trudeau a pedir la liberación de los políticos presos, el fin de la violencia contra los independentistas y el reconocimiento del derecho de autodeterminación de Cataluña en lo que parece una soflama destinada al consumo interno de las bases independentistas más que una demanda real.

La encrucijada de la gobernabilidad

A pesar de la victoria liberal, la gobernabilidad se presenta difícil. En Canadá no existe una cultura de coaliciones, por lo que Trudeau deberá tejer acuerdos no sólo con otras formaciones, sino con sus propios backbenchers, algunos de ellos muy dados a romper la disciplina de voto. Para empezar, el primer ministro deberá armar un Discurso del Trono –en Canadá no hay votación de  investidura– y conseguir el apoyo de la Cámara. En caso contrario, deberá presentar su renuncia a la gobernadora general quien, dada la correlación de fuerzas y la inexistencia de una mayoría alternativa, seguramente opte por unas nuevas elecciones.

Un acuerdo de legislatura con el NDP parece la única alternativa para un Gobierno estable. Ambos partidos comparten ideario en muchos asuntos, con la construcción de nuevos oleoductos como el mayor obstáculo para un acuerdo. Además, el NDP cuenta con representación en aquellas provincias donde los liberales están ausentes. Sin embargo, un apoyo caso por caso es la opción más probable, con Trudeau apoyándose en una geometría variable que incluya al NDP, el BQ –que condiciona su apoyo a los intereses de Quebec–, los Verdes o incluso la ex-ministra Wilson-Raybould.

A pesar de todo, la historia dice que los gobiernos minoritarios suelen tener una duración de entre seis meses y dos años, por lo que es muy probable que los canadienses se reencuentren con las urnas más pronto que tarde.

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