Vieja y nueva política

Hubo una vez en España un numeroso grupo de intelectuales con evidente vocación política que, por distinguirse de sus mayores (bautizados hacía poco como generación del 98), no encontraron mejor forma de presentarse en público que identificándose como «la nueva generación». Este grupo celebró su ceremonia bautismal acudiendo un día de mayo de 1914 al Teatro de la Comedia, de Madrid, a escuchar la voz de José Ortega, que ejerció como notario de la muerte de la Restauración proclamando el fin de la vieja política, a la par que dirigía una llamada a la gente joven y le proponía los lemas de liberalismo y nacionalización como marca de una política nueva.

Vieja y nueva política fue el correlato de vieja y nueva España, o de España oficial y España vital, dicotomía que exactamente un siglo después, y en parecidos términos, reprodujeron los jóvenes líderes de los nuevos partidos que probaron fortuna por vez primera en las elecciones al Parlamento europeo de 2014, presentándose como otra nueva generación dispuesta a barrer de la escena pública a los partidos protagonistas de la segunda Restauración.

No, no se trata de la conocida sentencia que Marx atribuyó a Hegel sobre la repetición por dos veces de la misma historia; la primera como tragedia, la segunda como farsa. Se trata de que el momento, ahora como entonces, anunciaba un fin de ciclo político en medio de una creciente desafección hacia el sistema de partidos manifestada desde la calle en la irrupción de potentes movimientos sociales.

Y es que, en efecto, la evolución desde el multi-partidismo moderado de los años de transición de la dictadura a la democracia, pasando por la fase de partido predominante de la larga era socialista hasta el bipartidismo imperfecto consolidado en el periodo 1993-2011, había dado lugar a un sistema político caracterizado por un fuerte presidencialismo, con gobiernos de un solo partido, legislaturas estables y turno en el poder de socialistas y populares; apoyados, cuando fue necesario, por partidos nacionalistas de Cataluña y Euskadi.

[Recibe diariamente los análisis de más actualidad en tu correo electrónico o en tu teléfono a través de nuestro canal de Telegram]

La política de este sistema había favorecido la multiplicación de cargos de libre designación en las administraciones central y autonómicas, el control absoluto del Poder Legislativo por el Ejecutivo, la fuerte crispación entre los dos partidos turnantes y la colonización de las altas instituciones del Estado con el reparto por cuotas en los nombramientos de presidentes y vocales. El resultado fue la formación de gobiernos estables, sí, pero nada respetuosos de la separación y el equilibrio de poderes, sostenidos en partidos ‘cartelizados’, muy proclives a favorecer las prácticas corruptas en el trato con intereses privados y muy dados a descalificar al otro en una creciente espiral hacia una bipolarización excluyente.

Si bien se mira, este sistema, recusado en su totalidad por la nueva generación de políticos, denostándolo como régimen del 78, tenía sus semejanzas con el recusado por la generación del 14 cuando tildaban a la clase política al mando de los partidos liberal y conservador de actuar como consejo de administración de una sociedad de socorros mutuos. Pero el resto de la historia no tiene nada ver; entonces, en 1914, aquellos jóvenes irritados botaron una liga de educación política de la que nunca más se supo: la vieja política siguió campando por sus respetos hasta que un general, vistiéndose de cirujano de hierro, acabó con ella, se llevó por delante la Constitución y luego cayó la Monarquía y quienes todavía eran jóvenes en el 14 resurgieron maduros en el 31 al frente de la República.

Ahora, un siglo después, al cabo de cinco años de recusación de la vieja política y tras dos elecciones generales, la aparición de gente nueva al frente de nuevos partidos ha culminado su incorporación a las instituciones del Estado y se ha completado con la sustitución de las cúpulas de los viejos partidos por dirigentes de su misma generación. Ya no hay viejos políticos, todos son nuevos; por orden de nacimiento: Sánchez (1972), Abascal (1976), Iglesias (1978), Rivera (1979) y Casado (1981), todos hombres, todos llegados a la edad de la razón política cuando alcanzaba su plenitud el sistema ahora denostado; todos convencidos de que con ellos se iniciaba un nueva etapa en la historia de España.

Y algo de esta convicción alentaba en los anuncios que acompañaron la llegada de todos ellos a la cúspide de sus respectivos partidos, que entrábamos en una fase nueva de nuestra historia. ¿También alienta sus prácticas? Bueno, eso es siempre otro cantar, el de la distancia entre lo que se promete en la oposición y lo que se realiza desde las instituciones del Estado. Ante todo: no hay nadie en el grupo que no haya extremado hasta límites indecorosos el presidencialismo en la política, reflejado en ese VUELVE del cartel de Podemos, en el narcisismo que rezuma cierto manual de resistencia, por no hablar de las abominables estampas del jinete a caballo, el fusil de caza o el muro que marca fronteras. Presidencialismo que se adorna, en quienes han tocado poder, con el ancestral reparto de cargos y prebendas entre amigos políticos, sea en ayuntamientos, en comunidades, en instituciones públicas o en altos organismos del Estado, donde se multiplican asesores y animadores culturales, se reparten por cuotas las vacantes o se sustituye sin mayor miramiento a gestores competentes por leales a la causa.

De hecho, siempre al alza, la única novedad digna de nota de la nueva política es que de un sistema bipartidista imperfecto hemos pasado a uno multi-partidista fragmentado a izquierda y derecha con un enorme vacío en el centro, que es siempre el  terreno de la negociación y el compromiso. Nada de extraño, pues, que lo más notorio hasta ahora de esta nueva generación, dejando aparte la apelación a sentimientos y el gusto por el espectáculo, típicos de toda política de masas, haya consistido en hundir el debate público en el peor barrizal de la vieja política española, el del ascenso a los extremos, con el retorno del lenguaje de exclusión materializado en un ‘nosotros’ contra ‘ellos’, ‘nosotros’ jamás con ‘ellos’. En medio de movilizaciones que no cesan (mujeres, pensionistas, personal sanitario, docentes, jóvenes), los nuevos partidos y las nuevas cúpulas dirigentes de los viejos están perdiendo en ese combate una oportunidad de oro para mostrar que, en efecto, la vieja política de personalismo, corrupción, crispación, vetos, colonización de instituciones, confusión de poderes, y demás horrores que llevaron a la gran recesión está bien muerta y enterrada.

Y no, no lo está, sino todo lo contrario: ¡qué antigua parece en sus modales la joven generación y qué olor a viejo despide en su lenguaje la nueva política!

Autoría

Dejar un comentario

X

Uso de cookies

Esta página utiliza cookies propias y de terceros para mejorar nuestros servicios y mostrarle información relacionada con sus preferencias mediante el análisis de sus hábitos de navegación. Si continua navegando, consideramos que acepta su uso.. Puede cambiar la configuración u obtener más información aquí.