Viejos conflictos, nuevos escenarios en Taiwán

El pasado 11 de enero se celebraron elecciones en Taiwán. La presidente Tsai Ing-wen, del Partido Progresista Democrático (DPP) fue reelegida por una amplia ventaja del 57% sobre el 39% de Han Kuo-yu del partido pro chino Kuomingtang (KMT). Además, aunque no por un margen estrecho, el DPP continúa teniendo mayoría en el parlamento. Durante su primer mandato comenzado en 2016 Tsai desconoció el “consenso de 1992”, un acuerdo laxo entre ambos países que consideraba a Taiwán parte de China pero no especificaba cómo se iba a resolver la cuestión de las soberanías nacionales. A partir de allí, China ejerció todo un repertorio de represalias: cortó el diálogo oficial, aumentó los ejercicios de provocación militar, le quitó aliados diplomáticos y complicó el turismo chino a la isla.

El resurgimiento en junio pasado de las protestas pro democráticas en Hong Kong, esta vez incluso con incidentes violentos, fue sagazmente utilizado por Tsai para revertir la tendencia que la ubicaba un 20% por debajo de su adversario Han del KMT. La recuperación de la Presidente fue extraordinaria. Menos de  un año atrás, se dudaba incluso de que ella pudiera ganar las elecciones internas y se mantuviera al frente de su partido. 

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El Partido Comunista chino sostiene que Taiwán es parte de su territorio. Durante la campaña que la llevó a la reelección, Tsai supo capitalizar las demandas de mayor democratización y menor injerencia de China en los asuntos de Hong Kong. En particular, sembró dudas sobre la capacidad de su contrincante Han de proteger la soberanía de Taiwán y su independencia de hecho. China siempre ha pretendido igualarlo al arreglo político de “un país, dos sistemas” que intenta mantener con Hong Kong pese a las intensas protestas. Han se ha quedado corto en su ensayo de mantener una posición intermedia, no comprometiéndose ni con un arreglo político similar al que Hong Kong mantiene con China, ni jugándose políticamente por la independencia de Taiwan. Su campaña se centró en fortalecer la economía de la isla buscando profundizar sus lazos con China.

El Estrecho de Taiwán es uno de los escenarios en los que se juega la guerra comercial entre China y los Estados Unidos. Allí se acumulan años de fricción y de equilibrio. Taiwán es parte del cinturón de aliados que dificultan el acceso de China al Pacífico, y sus semiconductores alimentan a la industria tecnológica y militar americana.

Taiwán queda, con costos y oportunidades, navegando entre las aguas de ambos gigantes. Como ejemplo, para escapar a la amenaza de tarifas a las exportaciones chinas a los Estados Unidos, algunas empresas taiwanesas basadas en China han diversificado sus inversiones en otros países del Sudeste asiático, o bien repatriado sus operaciones a Taiwan. 

Los Estados Unidos han ejercido tradicionalmente una presencia cultural que moldeó la globalización. En términos de Joseph Nye, los Estados Unidos cimentaron su liderazgo en el mundo cooptando a través de influencia ideológica, cultural e institucional más que por la coerción del poder militar. Mientras asistimos a un retroceso durante la administración de Trump en la destreza del uso de la influencia cultural, China en su ascenso como poder global comienza a construir soft power y una reputación de potencia responsable

Es este nuevo contexto el que nos brinda algunas pistas analíticas frente a la incertidumbre de cómo China responderá a la provocación que significa el abrumador triunfo del DPP en Taiwán. Apenas comenzado el año, previo a las elecciones en Taiwán, el premier chino Xi Jinping hizo una declaración que pareció ser una amenaza tanto a la intervención de los Estados Unidos en los asuntos internos de Taiwán como a los defensores de la independencia de la isla. Sostuvo que, con miras a la reunificación pacífica con Taiwán, y para impedir su independencia, no prometía renunciar al uso de la fuerza.

Sin embargo, se da aquí una paradoja: el ascenso de China como poder global responsable desaconseja a sus líderes de realizar acciones bélicas unilaterales. De este modo, es posible que las operaciones militares directas sobre Taiwán queden en simple amenaza: un poder global tiene que construir confianza. China seguramente proseguirá en su intento de aislar a Taiwán políticamente, de neutralizar a sus aliados diplomáticos, de atraer a profesionales taiwaneses y de lograr que las empresas multinacionales reduzcan sus operaciones en Taiwan. 

De este modo, relegará sus poderes duros a ejercicios militares y a alguna escaramuza aislada. Además hay que tener en cuenta que en China se realizarán en el 2022 esas elecciones indirectas (tan indirectas) y ya ha comenzado el proceso en el que se decidirá si Xi puede mantenerse en el poder a través de la cancelación de los límites constitucionales al mandato presidencial, o se abre la lucha por su sucesión. Aquí, más que nada, será evaluada la capacidad de su liderazgo para continuar con el ascenso global del gigante que ya lleva varias décadas despierto.

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