Vivir en la nave espacial Tierra

Muchas cosas dependen del punto de vista, según el perspectivismo del que hablaba Ortega. Miremos, pues, a la Tierra como si fuera una gran nave espacial. ¿Cuáles serían los problemas esenciales para garantizar la supervivencia de quienes vivimos en ella? Sin duda, dos: de dónde obtener la energía suficiente para mantener  las actividades vitales y qué hacer con los residuos que se generan, incluidos aquéllos que pueden dañar las estructuras básicas de la propia nave.

Fue el economista Kenneth Boulding quien habló, en 1966, de la economía de la “spaceship earth”, criticando con ello el punto de vista ortodoxo que veía la economía como un sistema con recursos escasos sólo a muy corto plazo, pero en un contexto de amplios espacios con horizontes lejanos e inabarcables (la economía del cowboy la llama) donde podía tener cabida un crecimiento ilimitado. Si analizamos los problemas económicos desde la perspectiva de una nave espacial entonces, sugiere Boulding, es preferible consumir energía solar o eólica, que es externa a la ‘nave’, antes que el petróleo, carbón o gas guardados en la ‘bodega’. En sus palabras, es mejor vivir de rentas antes que ir comiéndonos la herencia de la abuela.

Respecto a los desperdicios, se plantea la necesidad de reducirlos mediante la internalización de los costes asociados a las basuras y a la contaminación del aire generadas por la actividad humana. En esa época, el saber convencional todavía no había establecido más relación entre el tipo de energía consumida y los desperdicios generados que la derivada de la contaminación ambiental, a la que tantos estudios dedicó el análisis de las externalidades negativas.

[Con la colaboración de Red Eléctrica de España]

El informe encargado por el Club de Roma sobre los límites del crecimiento, publicado en 1972, fue un aldabonazo que ayudó a replantearse el modelo de vida que habíamos elegido, basado en un consumo abusivo de recursos energéticos finitos; con grandes reservas, como se demostró en los años siguientes, pero finitos. Desde esa perspectiva, los límites al crecimiento y el consiguiente replanteamiento del modelo económico y de vida lo marcaban esos recursos naturales finitos. En términos de Boulding, si seguíamos comiéndonos la herencia de la abuela en forma de petróleo, gas y carbón, pronto o tarde se agotaría.

La brusca subida de los precios del petróleo a mediados de esa década apuntaló la debilidad del modelo económico vigente construido sobre un supuesto equivocado: recursos energéticos baratos e ilimitados. En esos años, se teorizó mucho sobre el crecimiento cero como objetivo que políticos de izquierda como el secretario general del Partido Comunista Italiano, Enrico Berlinguer, tradujo en la defensa de unas políticas de austeridad en el consumo de recursos escasos, pero que no fuera incompatible con la redistribución de renta y la mejora del nivel de vida de los menos favorecidos.

En 1988 se constituyó el Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático que, bajo el patrocinio de Naciones Unidas, reunió a centenares de científicos de todo el mundo para evaluar los efectos del cambio climático sobre la vida en la nave espacial Tierra. A partir de entonces, se fue generando un amplio consenso científico, primero, y político, después, que vinculaba de manera inequívoca las dos cuestiones claves de la vida en la nave al establecer que el consumo masivo de fuentes energéticas que emiten CO2 y otros gases a la atmósfera genera, como desperdicio, un efecto invernadero en forma de calentamiento global en el sistema que provoca cambios climáticos con unos costes elevados sobre los habitantes de la nave; a la vez que puede resultar incompatible, a largo plazo, con la vida humana en la misma.

Los científicos dicen que ha habido cambios climáticos a lo largo de la historia del planeta, pero que el actual es el más rápido y el primero que es antropogénico, es decir, causado por la acción humana; en especial, por la abundante emisión a la atmósfera de gases de efecto invernadero desde el siglo XVIII, con los inicios de la industrialización.  

Economistas como Martin Weitzman, en su libro ‘Shock climático’ (2015), utiliza el símil de la bañera con un grifo que suelta agua (gases de efecto invernadero) a mayor ritmo del que es capaz de vaciar el desagüe (la naturaleza). El nivel va subiendo, amenaza con desbordarse y, sobre todo, para bajar el stock de agua acumulada en la bañera no es suficiente con equilibrar los flujos del grifo y del desagüe. Por eso, el objetivo de ‘neutralidad de emisiones’, asumido como un éxito por muchos gobiernos, es insuficiente porque no contribuye a rebajar el nivel existente de gases de ‘efecto invernadero’ ya emitidos y que resulta altamente perjudicial.

Si vivimos una situación mundial de emergencia (las medidas para hacer frente al cambio climático sólo pueden ser eficaces si son globales), los gobiernos, las empresas y los ciudadanos deberemos asumir cambios radicales en nuestros comportamientos, actitudes, modos de producir, transportar y consumir bienes y servicios. Ese cambio será costoso, sin duda, y más vale que no lo ocultemos. Pero no hacerlo también está teniendo costes y los está teniendo ya, ahora, no sólo en el futuro: el coste de los desastres naturales se ha multiplicado por cinco desde 1980. Sin embargo, el coste de hacerlo y el de no hacerlo ni es el mismo ni recae sobre los mismos sujetos sociales, ni sobre los mismos espacios geográficos (países), por lo que hay que establecer mecanismos compensatorios adecuados.

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Estamos ante una compleja gestión de riesgos a escala planetaria; un asunto de políticas públicas sin equiparación posible con nada que hayamos abordado hasta ahora; un problema político de primera magnitud mundial, con muchos jugadores participando en las decisiones y en su implementación, que no puede dejarse en manos exclusivamente del desarrollo tecnológico, aunque éste pueda ayudar a resolverlo; ni sólo en los mecanismos del mercado, aunque incorporemos algunos instrumentos de éste como los precios de emisión.

Vivir en la nave espacial Tierra tiene sus reglas: el bienestar no depende de consumir más, ni de crecer más, ni de usar más energía. Las fuentes energéticas se seleccionan no por comodidad o precio, sino por su impacto sobre la vida en la nave espacial; el sistema económico determina sus decisiones en virtud no sólo de beneficios privados a corto plazo de los dueños del capital, sino por sus necesidades de reproducción a largo plazo, es decir, de sostenibilidad del modelo y su compatibilidad con el ecosistema y la vida humana en la nave espacial. Tomemos nota y actuemos en consecuencia.

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